¿Recuerdas
cuando era el teléfono un pájaro
cantando en el alambre... ?
Nunca creíste
que sólo se trataba de un vil artefacto.
Eras insoportable.
Por eso hasta quisiste un lunes
regalarte.
Tenías la mirada llena de barcos.
Dabas de comer
a los perros del parque
y te sabías de memoria el número
de árboles,
a fuerza de ser viento,
de ser hoja,
de husmear
no sé qué estrella entre las ramas.
Eras
un raro espécimen,
una degeneración futura,
un grifo siempre yéndose,
ya ni sé qué decirte,
eras
algo bastante feo que me gustaba.
Te pregunto,
por preguntarte,
porque sí,
porque llueve
y algún entremetido te ha empujado:
¿Qué harías si te dejara libre,
si de un manotón quitara la montaña ...?
De ley
irías a refugiarte en la ternura,
a estrellarte en el borde de un retrato.
A escabar en el suelo un sucio anillo
del que nacieron rosas,
lombrices,
telarañas.
Tú,
siempre serás tú.
No habrá abracadabra que te cambie.
No habrá
reencarnación que te libre del lodo de los sueños.
No habrá forma
de librarse de ti
ni estrangulándote.
Oye:
no vayas
a suicidarte.
Me es indispensable tu presencia:
triste,
desafiante.
Terminada en punta
-como una hoja-
detrás de la ventana.
Archivo de la categoría: Poesía Ecuatoriana
Tempestad secreta II – Alfredo Gangotena
¡Abrid de juntas, de par en par las puertas,
Y las alas tiernas del encuentro, abridlas!
De llegada me sorprenden tu latido,
Las urgencias consabidas de la noche.
¡Oh mundo, cuán cargado está mi pecho!
¡Ay! tan corto voy de brazos,
¡Corto y lento en poquedad de mis primicias,
Poquedad de las miradas!
Ni lámparas en zaguanes,
Ni las flores en su asunto.
¡Qué ceñiglos, qué albañales!
Daos prisa de esponsales, dadme al punto
Acicalada de umbrales la morada,
Las delicias de encontrarla
Toda adentro de jardines y rumores.
No hay pregón de luz que la compare.
Ya se cumplen las edades.
En las huellas de su paso reverberan los leones;
Ya sus senos encendidos me circundan de inmanencia.
¡Heredad tan seca, oh tienda de desierto!
Acudid, vosotros todos los del soto, con palmeras y cristales,
Con la fiebre de los ojos y otras tantas claridades.
¡Oh ímpetu total de ansias
En los senos temblorosos de la espera!
Las manos agobiadas a expensas de este peso duro de los montes.
Vedme el pecho jadeante,
Y la boca en su premura.
Cerrado bosque, atiende unánime al sol de mi llamada,
Como un solo golpe de alas.
El velamen se acrecienta
Y alza vuelos en mi sangre.
A sien de muros el cortinaje oscuro de la estancia
Tal se empaña en los alientos
De un sudor sanguinolento.
Altas horas de este mundo,
Dadme aviso: ¿Cuánto llega?
Vuestro péndulo mortal de movimiento
Únicamente late en la cavidad de mis latidos.
Con rojo mirar de sentimiento,
A poco, la veréis:
Bajo el indijado manto de sus párpados,
En la oculta transparencia de los muros.
Dadme esfuerzo.
¡Ya en la sed de los ijares
Un derrame tan profundo
De estos senos!
Y aquel rayo de los altos,
Desnudo y devorante como el tiempo, de parte en parte me atraviesa.
¡Perdí, en ascuas, cuánta imagen de la vista?
Y las puentes alabadas;
Grandes plazas y caminos, los cerrojos;
En gonces de alas, las puertas entornadas.
¡Oh quejido de mis ansias!
¡Qué profundidad de soplo!
Adentro, tan adentro, me sorprendes, me das caza.
El mundo está a la mira, la noche en vela,
Y el espíritu
Desatado en los arrecios, Adorada, de tu cuerpo.
¡Sobrada noche de cuita y menester!
¡Oh secretos esponsales de este sumo conocer!
Ni la sal de mis heridas,
Ni entrañas éstas como pulso de sangre de otras lágrimas,
Nada queda de poder si hoy aliño mis enojos:
¡Abridme a vida las puertas, los portales,
Cuantos lechos,
Los holanes!
¡Dadme aliento!
Es de cena la holganza:
Ya en mi cauce, a grandes vasos,
Se desborda, a plena fuente,
Tan adentro,
La inaudita, deseada,
Sangre viva de la Amada.
Los amotinados – Alfredo Gangotena
¡Ah, risa loca!
¿Henos aquí tus compañeros
Ilustres en la ciudad de los políperos?
¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte!
Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso.
¡La tierra para nosotros! ¡Y en nuestra angustia
Más bien el cieno de los cerdos
Que el hueso que flota
Como leño podrido del alud!
Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca,
Encenegada, después de los calados.
Pero cuídate, sostén de nuestro amor:
Los perros que te rodean
Sabremos allanar los caos y los letargos.
¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar!
El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre,
¡El anillo constrictor para extenuarte!
Basta de palabras de embrujo
Y del filtro que extraemos de nosotros mismos.
¡Ah! ¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe
En el artificio de tus canciones!
La mariposa negra – Antonio Preciado
La mariposa negra
vino temprano.
Llegó la misma noche
y se fue volando.
¡Ah, niño, si algún lucero
llenara de luz tu cuarto!...
La muerte viene cerrando
una sombra que te alcanza.
Ves, niño, la mariposa
te abrió sus alas.
¡Ah la lumbre de un lucero
en el filo de tu cama!...
Pero, ya ves, los luceros
crecen a mucha distancia,
y tendríamos que andar
abismos para alcanzarla.
¡Ay, niño, la mariposa
hacía tiempo te buscaba!...
Escondites – Roy Sigüenza
Los hoteles no permiten
parejas de hombres
enamorados en sus cuartos
(aunque presuman de heterosexualidad
el recepcionista siempre tiene sus dudas)
para ellos están las casas abandonadas,
el monte, los parques,
los asientos traseros de los cines,
los autobuses
(las luces apagadas)
hasta donde acude el amor,
los llama y los acoge.
Sabana de injusticia – Ana María Iza
La antesala del orgasmo – Eduardo León
Tu boca siempre está oportuna para mi beso
es mi dulce favorito, me gusta y lo demuestro
es el origen del erotismo, el motivo romántico,
el sueño del poeta, el manantial del inspirado,
el momento excitante, tus labios incendiados.
Me gusta morder el deseo, despertar mojado,
el destello alucinante, fantasía del enamorado,
la pasión excesiva, la antesala del orgasmo,
la sensación impredecible, el calor del verano,
la ansiedad del travieso, la virtud del descarado,
el premio para el astuto, la locura del espontáneo,
la gloria para el tímido, el hecho consumado.
Lobo azul – Ana María Iza
No quise detenerte
pensaste que era el viento
la fuerza de gravedad que te empujaba
Y era el impulso mío
la sed de lo que parte
Bien puede ser
el sol tras la montaña
o la montaña en sombra desteñida
la ciudad que se esfuma en la ventana
la estela en barco convertida
el olor de los muelles
la hora cero
la caída del Dios que nos levanta
La dulzura de las manos solas
la mancha
en los pañuelos blancos
No quise detenerte
me gustabas por agua
Llévate el lobo azul
Déjame el lila pálido
La invitación – Roy Sigüenza
llega Ángel del Señor
ven y búscame
no diré nada si afilas en mi cuerpo
tu espuela de esmeralda
con la que en la noche me herirás
dulcemente me herirás
Soneto del amor absoluto – Fernando Cazón Vera
Ya poniendo mi pie sobre el estribo
o al desandarle un mes al calendario,
sobre los días siempre sucesivos
te amo sin beneficio de inventario.
Que con la roja sangre que te escribo,
del breve surco al cielo planetario,
te amará entre los muertos y los vivos
este pequeño amor extraordinario.
Te amo con mi alegría dolorosa,
en la delgada sombre de la espiga,
en el desnudo fuego de la rosa.
Y yo que te amo infinidad de veces,
sin treguas, sin cansancio y sin fatiga,
de nuevo estoy en este amor que crece.