Bajo el ventilador desvencijado,
en cada imperativo
había incertidumbre,
máscaras esculpidas
entre el fulgor y la aniquilación.
Al nombrar, sin premura,
caléndula, deriva,
luz de granja en silencio,
primer té negro al alba,
labios abstemios demandaban himnos.
Desoladamente
nos ha dejado solos...
No vemos el Jardín de nuestro ocio.
¿Apagose del fuego la gran rama,
o Dios se la llevó fuera del aire?
Habrá luna. Él creaba estrellas,
las que en el agua florecían veloces
buscándome los dedos vegetales.
Habrá su sol.
La líquida corola derramándose
encima de las selvas inholladas
que yo caminaré descalza siempre.
Junto al árbol que lleva doce frutos,
dando uno cada mes, nunca hubo noche.
Ni urgencia de la antorcha ni la brasa.
¡Dios lo alumbra todo! Hizo astros
para nosotros en destierro de sus síes.
Tibias sombras apaciguan las memorias.
Frío de soledad. Ven a mi pecho,
que yo seré tu tierno prado tibio,
y seguro soñarás en mi corteza.
Allá no ululan lobos. Allí lamían dulces
mis pies sobre tomillos aceitosos.
Aquí se encienden ojos y dientes amenazan
modernos calcañares desgarrados.
Ladran los chacales. ¡Oh, las hienas
que lúgubres husmean nuestro sueño!
Toma el paraíso de mi cuerpo:
mis labios son de ascua, mis hogueras
serán lo único vivo de la noche.
Más fuerte que el amor no será el cierzo.
Más dura que tu pecho no es la sombra.
Defiéndete de mí, estoy buscando
olvido de las selvas que no huelo.
¡Noche, cueva negra de la tierra!
Vamos a bebérnosla de un trago
que deje descubiertas las auroras.
En ese incauto instante que antecede
al olvido, ¿qué ocurre
por las densas cavernas
de la imaginación, dónde termina
la lenta luminaria de los años
y comienza el vacío
a ocupar las rendijas remotas del recuerdo?
Tantas noches en blanco, tanta
fugacidad sobrevenida, tanta aplazada
lucidez, ¿de qué han servido?
Oh memorial de nadie, oh tentación
de desandar el tiempo cuando ya no subsisten
sino tercas opciones a rescindir la vida.
Tú, desde lejos, mirando
pasar lo mismo que un río
mi corazón mientras llegan
abriéndose en grandes círculos
de brazos todas las cosas
que pudieron ser testigos
sin nosotros. Tú, tan lejos,
y yo, tan cerca, te miro
como a un sueño. Tú, tan cerca,
yo, tan lejos —vives— vivo
de ti, sintiendo tus ojos
de par en par detenidos
sobre mi memoria. Lejos
estás, pero yo te sigo
teniendo cerca, sintiéndote
cerca como los latidos
de mi corazón. Y llamo
tu nombre a voces, a gritos
por el aire, que tan cerca
lleno tus ojos de olvido.
Decirle adiós a la oficina
sobre la niebla densa
de las montañas.
A las horas que inventaron
la dicha de ser
una apasionada de la literatura,
del fútbol, de las colecciones
de secretos y cosas diminutas.
A la estela de los grandes trofeos,
las cajetillas de fósforos, los bastones,
las perchas, los abanicos y las peinetas.
Decirle adiós al recorrido
de la bicicleta eléctrica
que simula el pedaleo
en los tramos en cuesta.
Al susurro vertical
del asfalto húmedo
en los deshielos matutinos.
A los cuadros, a las esculturas,
a la invención de las teorías y los tratados
que explican
la naturaleza creativa
del gesto misericordioso
del académico
que promete cuidar
el pulso de los libros
y acaricia sus lomos
con ternura y nostalgia.
Decirle adiós a la rutina
de los compromisos banales,
a la gestión desbordada
que germina en encuentros
y ratos luminosos.
A la vida que evoca las metáforas,
y se mira en el espejo de los siglos,
y encuentra su lugar
en el reflejo de todo lo que ama.
La tristeza es arena de desierto,
sombra de soledad, sombra del aire,
larga ausencia de Dios que nos circula
por el llanto olvidado de la sangre.
Todo está triste hoy y es un desierto
mi corazón, que apenas si es de alguien;
todo está triste, sí, todo está triste
en esta inmensa y desolada tarde.
Madera de ataúd es lo que crece
en esta primavera de los árboles,
mientras proyecta el cielo largamente
su soledad vastísima en mi carne,
en mi alma sin dueño, en esta pena
que me crece y me crece interminable.