Las hojas otoñales, en su huida,
borraron el camino
que se hizo visible a tu llegada.
Oh momento dichoso,
contemplación de todo lo creado
a la luz del sepulcro,
con arena, rocío, brisa y lumbre
como cuatro elementos
para enmarcar el fin de la materia.
Alrededor, un claro
blanquecino donaba su espejuelo
a quien vino a rendirse
ante una sencillez inagotable.
El paso de las hojas
te trazó la mañana nuevamente,
mientras tu senda desaparecía.
Oh sol inmerecido,
celebración de todo lo sagrado,
luciente tras un hombre
cuya razón de arder aún imita.
Este mínimo sol que te acompaña,
su manto desvaído,
recubrió tu tenaz melancolía
hace ya muchas tardes, muchos versos.
Entiendes asimismo la presencia
de la rama desnuda y su naufragio
a orillas de un invierno sin salida,
igual que ese abandono
donde la lluvia nace
y enluta su temblor recién caído.
Pero este sol, atado a tu costumbre,
decide en solitario
el modo de llegarte
hasta abrirse por ti, crear memoria
de cuanto iluminabas
hace ya muchos días, muchos sueños.
Nada explica tu suerte.
Hay ausencias que acogen, hay vacíos
llenando la razón hasta perderla.
Pero este sol de ayer, acompañante
de tus mañanas grises,
deja sangrar despacio,
consigue que ya seas lo que sientes.
Aunque siempre viviste
con préstamos de amor, por cuenta ajena,
tú también necesitas
mirar alguna vez la luna llena
a través de los árboles;
perder el poco tiempo que te queda
buscando esa palabra
que significa todas las respuestas.
Te hace falta un milagro,
pero ¿en brazos de quién, qué primavera
vestirá lo desnudo
de esas cuatro paredes que te encierran?
Tú también eres noche,
ardiente oscuridad. Un hombre llega
tan sólo para darte
esas buenas razones de su ausencia.
No hace falta que pidas
más préstamos de amor a quien se acerca
procurando, inmutable,
que no termines de pagar tu deuda.
Qué invisible tu piel en esta hora
de frío y soledad. Qué amargo encuentro
con el aire de antaño, con la senda
que aún conserva la huella enamorada
del olvido. Te miras poro a poro,
despreciando tu propia ausencia. Sabes
que en el espejo fiel de cada día
el hombre busca siempre a otra muchacha.
Con quién te jugarás este poema,
si aún no ha despejado
su incógnita de suerte...
Sólo colma el principio que desoye
la melodía innata,
un trayecto de granos aventados
sobre el dócil terreno
que tantas horas fue su lenitivo.
Por quién escribirás esta agonía,
si aún te sobra noche
para buscarle a ciegas...
Sólo alzas la pluma entre tus dedos,
terrible imitación de lo sagrado,
mientras vas reflejándote,
sin rostro,
en un papel vacío
donde aún no has firmado tu sentencia
de vida retirada.
Te has inventado un hombre que no existe,
ese hombre que sólo reconoces
lejos de la barbarie,
inmune a lo mediocre y a su causa.
Continúas buscándole,
mientras el arcoiris
es toda su mirada,
cuando aclama la vida
tu soledad en plena muchedumbre.
El hombre que deseas,
ése de cuyos brazos
nada terminaría de arrancarte,
hace tiempo que huyó del Paraíso,
que encuentra cada noche
la mujer de sus sueños,
y no vas a ser tú, precisamente,
con tanto Brahms y tanta poesía.
Nadie te ha dado nada, tú lo sabes.
Y lo entiendes mejor cada mañana
cuando abres tu vacío a los primeros
rayos del sol. Entonces agradeces
tener por toda herencia tus sentidos
para ese instante alado de gorriones
que te hace despertar, para ese aroma
florido de la brisa más temprana.
Y lo entiendes mejor. Sabes que el tiempo
acabará con toda pertenencia,
con todo lo que aún no se posee,
y hasta con esas luces que te inundan
de su clara verdad. Nadie te ha dado
más que órdenes, leyes y consejos
a seguir, por las buenas o las malas;
tristezas en la noche, frases hechas,
remedios inservibles contra el frío
y un poco de otras muchas vanidades.
Pero tú lo agradeces. Así nunca
tendrás que devolver ciento por uno
de tales donaciones. Y lo entiendes
mejor cuando te acuerdas de ese día
en que habrás de partir, dejando sólo
unos versos escritos como ejemplo
de tu digna pobreza. Nadie cumple
más deseos por ir con su abundancia
sobre los hombros, por tener sus bienes
a salvo de un fracaso inoportuno.
Por eso, vive en paz con tu vacío,
con la luz matinal, con este aroma
de soledad en flor, con el silencio
que igual que tú, sin nadie, fructifica.
Después de que el deseo
le mostrara el camino hasta mi alcoba;
cuando hubo traicionado
su ser la soledad inconfesable,
y mientras que el silencio,
arrinconado en los pasillos, era
el único testigo,
alguien llamó a la puerta de repente.
Después de que la noche
palpitase en mi cuerpo, yo advertía
que aquel sujeto anónimo
marchaba del umbral de su aventura.
—Ah, mujer imposible...—
Mala suerte. Jamás cierro con llave.
Fugaz está la luz en mi turgencia,
fugaz en la mirada que me vuelve
paisaje enrojecido,
con un hombre a la espera
del aire que desplazan mis destellos,
cuando va la ciudad a hacerse noche
dejándose acunar por fuegos fatuos.
Los brazos vespertinos
me han rendido despacio, mientras sigue
la anónima mirada
vagando por las calles,
buscando mi turgencia
rosácea, que le alumbre mientras muere
su luz de cada día.