Archivo de la categoría: Poesia española

España – Andrés Trapiello

Más que una piel de toro, una sotana.
Eso es verdad. Pero con todo era
para mí aquella patria una bandera
de vida pueblerina y virgiliana.

¿y ahora? Un mapa sólo de colores
que igual que unas cenizas llevó el viento
a ciudades vulgares de cemento
y a este paisaje de marchitas flores.

No más que la memoria de una guerra
que a mi padre dejaba pensativo,
y aquella copla en el recuerdo incierto

que yo oía en la radio. Es de esta tierra: 
«Sólo para olvidarte sigo vivo,
sólo de recordarte no me he muerto.»

Patria mía – Jon Juaristi

Llamarla mía y nada todo es uno
aunque naciera en ella y siga a oscuras
fatigando sus tristes espesuras
y ofrendándole un canto inoportuno.

Juré sus fueros en Guemica y Luno,
como mandan sus santas escrituras,
y esta tierra feroz, feraz en curas,
me dio un roble, un otero y una muno.

Y una mano —perdón—, mano de hielo,
de nieve no, que crispa y atiranta
yo no sé si el rencor o el desconsuelo.

Y una raza me dio que reza y canta
ante el cántabro mar Cantos de Lelo.
No merecía yo ventura tanta.

No es nada pero duele – Javier Salvago

La soledad no existe.
Dicen que es sólo un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.

Me he plantado mi abrigo
mejor, frente al espejo,
y he salido a la tarde
con un corazón nuevo.

¡Tanta gente...! Imposible
que alguien pueda dudarlo.
La soledad no existe
nada más que en los tangos.

En la mesa vecina
del café, una enfermera
le cuenta a sus amigos
detalles de una juerga.

Pasan dos quinceañeras
y en sus ojos hay algo
de gatitas en celo
con la fiebre del sábado.

La soledad... ¡Mentira!
La niegan las parejas
que en los bancos del parque
se muerden y se estrechan.

La soledad no existe.
Ya ves, sólo es un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.

 

A la puerta del Cabaret – Ana Rossetti

Hubiera sido venturosísima
amándole toda la vida.
María Alcoforado

Así te mostraron de repente:
el poderoso pecho, como el de un dios, desnudo,
mientras el oro entero, convocado en tu rostro, te nimbaba.
Me fui de aquel lugar,
tu imagen mis visiones presidiendo.
Día tras día te atribuí todo lo hermoso que encontré.
Mas nada igualó a tu luz primitiva
ni pudo superar al equívoco gesto,
tan femenina boca,
bello desdén del curvo labio. No, nada pudo.
Y ninguna invención que trajeron los días
mejoró a aquel fugaz momento.

Tú que me diste el sol no me des toda… – José Luis Rey

Tú que me diste el sol no me des toda
la oscuridad un día.
Tú que me diste
palabra de misión
dame ahora un camino entre las sombras,
porque yo te escuché y te fui fiel,
un devoto noruego en campanarios
que proclaman tu gloria. Tú que me
diste tantas visiones
dame el ojo que no se cierra nunca.
Tú que me diste música
dame el oído en que golpea el Ser.
Los patos y las arpas se rebelan,
los muy maleducados,
contra tormentas de tu mal carácter.
¡Forjador de mi fuego!
Tú que me diste paz dame batalla.
Tú que me diste todo
lo que un hijo desea y no se atreve
a pedir dame ahora
el nadar por las venas amarillas
de otro abril.
Si en abril desperté,
en otro abril despierte
y cante yo y cante
yo tu melancolía,
general arruinado con casaca
cosida por los grillos y la estrella.
Tú que me diste el dar
no me quites aún este
recibir, recibir.
Soy esa espiga de oro tan gigante
que el niño ve en la noche
al final del pasillo
y por eso recuerda el paraíso.
Dorado, tú me diste
un pasar por la gloria pronunciando
la transfiguración.
Dame el ponerme en pie cuando me duerma.
Tú que me diste el don dame la vida.

Advertencia – Felipe Benítez Reyes

Si alguna vez sufres ——y lo harás——
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.
Así que cuando sufras ——y lo harás——
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.

Parejas – Pablo García Casado

lentos los automóviles buscan un solar en las afueras
cada uno se adueña de su propio pedazo de cielo
en las líneas vacías de los planes urbanísticos
el profesor de biología con su alumna aventajada
el cantante de boleros con la cajera del supermercado
el asesino a sueldo con la hija del gobernador civil
lópez con paredes paredes con ruiz ruiz con ibáñez
en un lugar más extenso que todos los hoteles
más incierto que todos los amores a primera vista
jugando a combinar los primeros apellidos