Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava,
y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
La de todas las formas
como agua, siempre a gusto, en cualquier vaso,
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín —dentro y fuera— siempre exacto.
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Estatua ecuestre – Jorge Guillén
Permanece el trote aquí,
Entre su arranque y mi mano.
Bien ceñida queda así
Su intención de ser lejano.
Porque voy en un corcel
A la maravilla fiel:
Inmóvil con todo brío.
¡Y a fuerza de cuánta calma
Tengo en bronce toda el alma,
Clara en el cielo del frío!
Las Islas – Luis Cernuda
Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,
y dejando el navío y el muelle, por callejas
(entre el polvo mezclados pétalos y escamas),
llegué a la plaza, donde estaban los bazares.
Era grande el calor, la sombra poca.
Con el pecho desnudo iba, distraído
como si familiares fuesen la villa y sus costumbres,
y miré en un portal al mercader de sedas
que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,
sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza.
Ante un ciego cantor estuve largo espacio,
único espectador, y parecía cantar para mí solo.
Compré luego a una niña un ramo de jazmines
amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio
la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.
Desanudada la faja en la cintura,
unos muchachos que pasaban, reían,
volviendo la cabeza. Acaso me creyeron
ebrio. Los ojos de uno de ellos eran
como la noche, profundos y estrellados.
La humedad de la piel pronto se disipaba
por el aire ardoroso, a cuyo influjo
mi pereza crecía. Me detuve indeciso,
acariciando el cuerpo, sintiendo su tibieza
lisa, como si acariciara un cuerpo ajeno.
Seguí, por parajes nunca vistos,
mas presentidos, igual a quien camina
hacia cita amistosa. Deponía la tarde
su fuerza, cuando al fin quise
buscar reposo ante un umbral cerrado.
Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban
(acaso dormí mucho), y al abrirlos de nuevo
ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente.
Una presencia ajena pareció despertarme,
porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.
Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta
ante demanda informulada, me miraba, insegura;
aunque yo nada dije, con gesto silencioso,
invitándome adentro, me tomó de la mano.
La seguí, con recelo más débil que el deseo.
La sala estaba oscura (ya caía la tarde).
Sobre la estera había almohadas, un cestillo
anidando manojos de magnolias mojadas,
de excesiva fragancia. filtró la celosía
unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».
Las pensé referidas a un camarada,
quizá presagio de mi sino. Pero ella,
atrayéndome a sí, sobre la alfombra
el ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina,
fría, dura, flexible, escurridiza.
Mis manos en sus pechos, su cintura
quebrarse pareció al extenderme sobre ella,
y en el silencio circundante, al ritmo
de los cuerpos, oí su brazalete,
queja del ave fabulosa que escapaba.
La oscuridad llenó la sala toda
cuando saciado y satisfecho quise irme.
En la puerta (ella como mi sombra me seguía),
al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos
quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.
Mucho tiempo ha pasado. No aceptara
revivir otra vez esta existencia.
Mas no sé qué daría por sólo aquel instante
revivirlo. Bien sé que apenas tengo con qué tiente
al destino, ni el destino tentarse dejaría.
Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas
(¿no es el recuerdo la impotencia del deseo?).
Es que a él, como a mí, la vejez vence;
y acaso ya no tengo lo único que tuve:
deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.
Libertad – Dámaso Alonso
Qué hermosa eres, libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.
Más brilla y en más puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.
¿Que no grite? ¿Mordaza hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento.
Grito no es vibración de ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.
Qué hermosa eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo
sobre su pecho, solitaria estrella.
Una chispita del volcán ardiente
tomó en su mano. Y te prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella...
Primavera provisional – Juan Larrea
Deja fluir mis huesos entre las hojas
entre las hojas nacidas de haberte conocido
un día de lluvia
cuando los barquichuelos de tus orejas
cortaban las flores ocultas bajo los nombres de mis calles
Yo no sé que tengo… – Josefina de la Torre
Yo no sé qué tengo.
Si son vuelos ciegos de tormenta oscura,
o es reposo lento de inmóviles aguas.
Pero todo gira cerca de mi sombra
y conmueve el aire de mi pensamiento.
Es el mar y el sol y la arena misma
y es la vela blanca por la orilla abierta
y es todo que vibra dentro de mi sangre
y cubre mis brazos de áspero reflejo...
No sé qué me pasa.
Siento que me espera una hora de luces,
un inesperado vaivén del misterio.
Y en mis sienes vivas, sabias compañeras,
ya siento la huella del primer latido.
¡Ah, sonrisas libres de todos los niños,
voces olvidadas de todos los viejos,
rodeadme ahora,
pedidme consejos!
Entre mil gritos sordos – Marina Romero
Entre mil gritos sordos
me escuché.
Tan sola dentro de mí,
que salí fuera a llorar
y no lloré.
Santoral agreste – Rafael Alberti
¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!
Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.
El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,
corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.
Verde hacia un río – Jorge Guillén
Pasa cerca, le adivino.
Con él cantan, y en follajes
Aun más sonoros —¡no bajes
De prisa! — pero sin trino,
Los pájaros. Es más fino
Su gorjeo infuso en masa
Vegetal. ¿Quién acompasa
La dicha? Desciende el monte
Muy despacio. Ven. Disponte
Ya a lo mejor. Cerca pasa.
El fervor – Juan José Domenchina
Como en la piel de Rusia -¡es extraño!-, el latido
del abedul -acorde de olor- y en el gemido
la lágrima y el lúpulo en el oro fluido
de la cerveza, en todo me encuentro estremecido.
Mi corporeidad -mínima y acicular- es apta.
Su tensión esotérica a la adiaforia capta,
a la emoción impulsa y al entusiasmo rapta.
Soy penumbra, ebriedad de sol, senda, abditorio,
montículo de sombra, cumbre, reclinatorio,
rémora y acicate. ¿Verdad? Contradictorio.
Y omnipresente. En todo palpito. Mis huidas
moléculas perforan la vida, estremecidas...
Mi ubicuidad, empero, no alcanza a las mentidas
verdades, ni hasta el útero de las hembras vendidas.