Al mundo le queda poca intimidad:
se ha cruzado el firmamento
innumerables veces
en busca de tierras nuevas
y apenas quedan islas,
árboles, bacterias
y especies sin catalogar;
el Oeste se ha agotado:
los desiertos proclaman
su vacío infinito
y son las montañas
meros deportes de riesgo;
los tigres, espectros de luz
en el visor de una cámara.
Al mundo le queda su infinita soledad,
encerrada en sus misterios:
la Polinesia, los volcanes,
el lenguaje secreto de las selvas,
la convulsión de cielo y tierra,
la tenaz marcha de los insectos,
los hielos que se resisten a enseñar
su corazón de cristal.
Le queda al mundo su silencio
ante los caprichos de un ser mortal.
Archivo de la categoría: Poesia española
A trabajos forzados me condena… – Antonio Gala
A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.
Ni concibe mi mente mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.
No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia,
porque, en este proceso a largo plazo,
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo.
El espejo ovalado – María Elvira Lacaci
Un espejo ovalado.
Un radiador pequeño de calefacción.
Mis manos calentándose.
Mis ojos
se clavaron en él.
Un rostro, que no reconocí,
me miraba
paralíticamente avejentado.
Afloraba
a los oscuros ojos de aquel rostro
un profundo dolor
que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz.
Cristalizó.
Y, en forma de agua amarga,
resbaló
hasta la piel de mis zapatos húmedos.
Un caos
de innumerables dardos afilados
castigó mis sentidos.
Con las manos abiertas golpeé la pared
de ambos lados del espejo ovalado.
¡Dios es bueno!
Me asusté de mi grito.
Los dueños de la casa al otro lado...
Acerqué mis oídos al tabique azotado.
La radio transmitía un estridente mambo.
Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho.
Y miré largo rato
los fantasmas
que la humedad
había dibujado sobre las paredes.
Cinco canciones de tierra y mar – Carlos Álvarez
1
No te acerques a la playa
si no quieres ver el mar...
Pero si dejas la orilla,
déjate en la orilla el ancla
que te impida navegar.
2
Tierra adentro, o bajo el cielo
salpicado por la sal.
Tierra adentro o mar adentro...
Pero no donde la playa
se confunde con el mar.
3
¡Qué bien brillan las escamas
salpicaditas de mar!
¡Qué bonito es el pescado
que va a mi red a encallar...!
¡Qué lástima que la barca
donde me vengo a pescar
sea de un amo que nunca
conoció el sudor del mar!
4
Para el próximo verano,
la barca, madre, ya nuestra.
Para dentro de dos años,
quizá nuestra choza abierta...
¡Pero nuestra vida, nunca,
nunca, madre, nunca nuestra!
5
Me voy de la tierra, madre,
que no me quiero encontrar
la cadena en el sembrado
cuando me pongo a sembrar.
Me voy de la tierra, madre,
que no lo pudo encerrar
ni puso cadenas nadie,
ni puso cadenas nadie
para sujetar el mar.
Pequeño poema a Sancho – Carlos Álvarez
A José Esteban
Ya los héroes no visten armadura
ni aprenden el manejo de la lanza,
ni van por los caminos
en busca del amor y las batallas.
Hubo un tiempo quizá, o acaso nunca,
–ni entonces ni mañana–
para los héroes que buscaban sueños
en tanto el campesino alimentaba
la gleba con su sangre
enraizando en la tierra sus entrañas,
y que en sueños y sangre
y una sutil materia se bañaban,
pero no en el sudor de cada día
ni en el quehacer continuo
de cultivar la tierra y abonarla.
Acaso Dulcinea fue un instante
la mujer fatigada de La Mancha,
pero su nombre ahora
es Aldonza Lorenzo: tal se llama.
Ése es su nombre, y su destino es ése:
levantarse de sol cada mañana,
trabajar sin descanso todo el día
desde la luz que anuncia la jornada
hasta el primer silencio de la noche,
juntarse con la tierra y fecundarla,
agrietarse las manos contra el viento,
curtirse bajo el sol cada segada,
endurecer su piel bajo la lluvia
y por dentro ser blanda como el agua.
Ya los héroes no visten armadura,
mas no por eso faltan;
si veis con ojos limpios,
es fácil encontrarlos de mañana
cuando van al trabajo o, por la noche,
cuando vuelven cansados a sus casas.
Ya no atacan la paz de los molinos
–son hermanos del pan, y el pan les falta –
y apenas tienen tiempo
para soñar con bellas encantadas...
es muy duro el trabajo cada día,
y empieza muy temprano la jornada.
Ya los héroes no visten armadura
–un mono azul es su uniforme y gala –
ni se bañan en sangre de dragones
sino en sudor y grasa.
Pero a veces descienden a la tierra:
al silencioso centro de su entraña
misteriosa y oculta (como Orfeo
en busca de su amada)
y encuentran el grisú entre las tinieblas
o alguna muerte antigua y más lejana.
Ya no buscan el sol como, otro tiempo,
rebelde, Prometeo lo intentara,
pero queman sus ojos y sus manos
mordidos por el oro de las fraguas,
o a Ícaro recuerdan en su vuelo
desde el andamio hasta el dolor, sin alas.
Ya los héroes no visten armadura
ni aprenden el manejo de la lanza,
pero están con nosotros en la tierra
sembrando su sudor y alimentándola.
Después… – Carlos Álvarez
A mis amigos
Belén y Julián Marcos
Después parecerá lo más sencillo
repartirse entre todos, con la calma
fecunda de la lluvia,
que madura la tierra y la alimenta
con su noble cadencia acompasada;
sentir el goce pleno del instante;
nacer cada mañana
con toda vida nueva que amanece,
y acabarse y surgir a cada vuelta
con la tranquila sencillez del alba;
reírse con la risa del hermano;
morder la fruta amarga
del dolor de los otros y, entre todos,
deshojar el rosal de la esperanza;
sentir sobre los hombros
el tamaño y el peso de la tierra
con la medida a cada esfuerzo exacta,
y tener siempre a punto entre los labios
una nueva canción para el momento,
y una nueva ilusión para el mañana.
En la taberna – Carlos Álvarez
Pero a veces las cosas no resultan tan claras.
Abandono las calles del centro, y las afueras
me acogen con su clima de misterio
y el tenue parpadeo de sus luces escasas,
y entonces, ante un vaso,
con los amigos viejos y los amigos nuevos,
en la tasca del barrio, cuando muere el crepúsculo
y el vino más barato nos inunda de besos,
(huésped agradecido de los labios
pero que quiere ver, como hermano indiscreto,
la sombra más oculta
y el rincón más lejano del corazón despierto)
entonces, ante un vaso, me embriagan las palabras
de los amigos viejos y los amigos nuevos:
–De acuerdo estoy en todo lo que dices...
–Estamos convencidos, compañero...
–Lo que piensas, muchacho, es muy hermoso...
–El momento, verás, ya no está lejos...
Y cuando, ya borracho de escuchar los abrazos,
y de apretar palabras, y de beber ensueños,
abandono a los míos y me lanzo a la noche
ya no sé si dormido, ya no sé si despierto,
las cosas me resultan cada vez menos claras...
Porque si bien es cierto que es muy fácil
encontrar la palabra donde estamos de acuerdo,
el hambre no se cansa de andar por nuestras calles,
y continúa el barro, y el hastío, y el miedo.
Alguna vez me sorprendió la noche
muy lejos de mí mismo, en el camino
mil veces transitado
que empieza en dos premisas ya olvidadas
y desemboca siempre en el vacío.
Es hermoso pisar la carretera
o escuchar el crujido de la rama
dormida en el sendero,
cuando se tiene por delante un día
al margen reposado del trabajo,
y comienza el silencio a posarse en los árboles,
y el pecho está sereno y tu momento es tuyo,
y puedes largamente
permitirte el placer de dejar que se pierdan
tus pasos y tus sueños
por el más amplio mar, sin que vigile
tu marcha otro mirar que el de la estrella.
Si acaso lo consigues, es posible
que pienses un momento
al escuchar la música del río,
al contemplar el lienzo de la noche,
que en verdad es magnífico y perfecto
el mundo en que vivimos, y admirable
su belleza templada y apacible.
Pero entonces acaso,
cuando el aire es más límpido y más noble
el curso sosegado del arroyo
y el gozo que del pecho fue a tus labios
y completó el paisaje sorprendido,
ocurre acaso entonces
que el ladrido de un perro vagabundo
se enfrenta con la noche, y es bastante
la imagen que se cruza para hacer que despiertes
y una mano te coja por el brazo
clavándote en cualquier encrucijada,
y te indique el semáforo alumbrado
en el rincón más hondo del cerebro
que conduzcas despacio tus premisas
porque, aunque el bosque es amplio,
la noche no desborda su mensaje de sueños
con la misma medida en cada brote
nacido de la tierra,
y no lejos de ti se halla el hermano
a quien le está prohibido
disfrutar del dormido y admirable
nocturno acompasado de los campos.
En busca de la manzana – Carlos Álvarez
Si no hay una manzana sin gusanos en el mundo,
¿para qué quiero yo los sesos?
LEÓN FELIPE
Buscaré sin descanso la manzana...
Por todos los jardines del mundo y los caminos
donde el árbol me tiente con sus ramas.
Me acercaré despacio a cada intento
bajo el limpio frescor de la mañana,
la frente en equilibrio,
abierto el corazón a la esperanza,
y el beso entre las manos
con el gesto preciso al arrancarla...
(y limpiaré mi corazón primero
para morder su pulpa y encontrarla
perfecta de sazón y sin gusanos).
Entonces la manzana
marcará la medida del corazón del hombre,
y su fragancia sana
nos dará el alimento madurado
que permita esperar un distinto mañana.
Inscrioción – Noni Benegas
No debería dejarse
al arbitrio de lo fugaz
la frágil sustancia del poema
decidido
entre un borde peligroso
y su rescate.
Primera casa – Yolanda Castaño
Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.
El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.
La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.
Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.
En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.
A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.
Que más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.
Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.