Archivo de la categoría: Poesia española

Nada – Almudena Guzmán

Nada.
No pegaba nada con tanta lluvia,
esa chaqueta de angorina rosa y botones de nácar
que él me regaló.

Tampoco encendimos una velita al apóstol,
porque un niño a nuestro lado acababa de darse un cabezazo
tremendo contra la pila bautismal,
y que hubo que consolarlo hasta que llegaron sus padres.

El museo nos desilusionó.
Yo me puse rara y él venga a mirar al cielo,
y al final un paseo dudosamente conciliador por los
soportales
-basta que a mí me hicieran gracia los punkies, para que
a él lo escandalizasen-,
después de mi vaso de leche y su maniática ginebra
"MG con Schweppes de naranja, por favor".

Ah,
se me olvidaba contaros
que el frío fue la nota predominante del día
y que la noche, a pesar de todo, la pasamos juntos.

Espalda contra espalda.

Oremos – Carmen Jodra Davó

Líbranos de la pena porque ella
destroza el corazón larvadamente
y trae sombra a los ojos de los niños.

Líbranos de la dicha porque a ella
le siguen siempre penas que la hacen
aún más amarga que las penas mismas.

Líbranos del dolor que nos reduce
a tristes bestias de ojos humillados
que sólo buscan un rincón caliente.

Líbranos del placer que nos obliga
a creer que este mundo es dulce y bueno
justo hasta que salimos del encanto.

Líbranos del mal hado y la pobreza
que nos azotan con mano invisible
hasta que maldecimos nuestros nombres.

Líbranos del buen hado y la abundancia
que vierten la ponzoña gris del tedio
en la copa de oro del cinismo.

Aquella palabra – Elena Martín Vivaldi

Encontrar la palabra extraviada,
huida entre la noche. Doblemente
de mí perdida. Lejos. Ciegamente
la busca el corazón desde su nada.

De las demás iguales desterrada,
tiene el secreto de mi voz. Y fuente
de mi sentir. La quiero como ausente,
como antigua caricia y arraigada.

Diría, yo, si viene, verdadera
mi canción, que en las manos ya me grita
realidad, luz y su emoción primera.

Aguardo —sol de niebla— y desespero,
si, olvidada de mí, falta a la cita
donde, en la sombra, su retorno espero.

Joven desnuda ante el espejo – Joaquín Márquez

No salgas que hace frío.		
Deja a la noche donde está. Las fiestas		
son un engaño torpe por el que se acostumbran		
los cuerpos al cansancio. Quédate en ese aljibe		
ahora que eres tan joven, ahora que no hay madrastra		
capaz de conminarte a inclinar la sonrisa.		
No salgas que han dictado leyes contra la música		
de las ondulaciones, y cercenan gladiolos		
por todas las esquinas. Que han abierto el olvido		
y urgen, con agujeros, la piel de los zapatos.		
No salgas. No te asomes al balcón		
de ese traje de noche, o se te irán los pechos		
a cazar golondrinas por el país del mirto.		
Quédate en ese arroyo que se muerde la cola,		
que desemboca y nace para ti y tu desnudo.		
Deja sola a la noche columpiarse en su miedo.		
Deja a los bailarines que desangren sus tangos.		
Deja que el whisky archive su pena en los vencidos.		
Déjale libre el día a tu ángel de la guarda.		
Y sigue duplicándote para engañar al tiempo.		
No salgas. No hagas caso de guiños fluorescentes.		
Agárrate a ese espejo. Sujétate con clavos.		
Si sales esta noche te morirás de prisa.		
Que ya están escondidas por todos los rincones		
las ancianas que vienen a mustiar los espejos.

EL BESO – PATRICIO DE LA ESCOSURA

Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor:
un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.

En torno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido del negro capuz.

«¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto, a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé».

«Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola pedí?».

«Rapaz, no, por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verasle morir».
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas herradas se sienten abrir.

Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va.
Enfrente el cadalso miró de hito a hito,
mas no de turbarse señales dará.

Encima subido, de hinojos postrado,
al mártir por todos oró con fervor;
después, sobre el tajo grosero inclinado,
«El golpe de muerte», clamó con valor.

Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla
prepara en la muerte crüel galardón.

Mas antes que el golpe descargue tremendo,
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo, «¡García!», diciendo,
el bulto vestido del negro capuz.

«¡Mi Blanca!», responde; y un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero,
cuando ambas cabezas cortadas miró.

La Infancia – Vicente Gallego

La infancia en mi memoria es un derroche,		
una inmensa fortuna en el desierto,		
una flor en las manos de un cosaco,		
un tiempo en que creí no tener nada		
y sin saberlo tuve lo más grande:		
esa firme creencia en que los años		
pondrían a mis pies el mundo entero.		
La infancia se parece a esos regalos		
que a los niños les hacen para luego,		
diciendo que los guarden, que algún día		
aprenderán sin duda a utilizarlos.		
La infancia es un regalo que disgusta		
porque uno no sabe de qué sirve,		
y, cuando al fin lo entiende, ya lo ha roto.