Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.
Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos evocarlos):
De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:
De entre todas las perras que en la noche he tratado,
la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.
No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.
Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-
las cartas sin respuesta; y esos aniversarios,
tiernamente ridículos después de celebrados,
que dejan en el alma aroma a mal teatro.
Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.
El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.
El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.
Una voz que te daña diría murmurando:
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que tus palabras no tengan que inventarlo.
Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.
Archivo de la categoría: Poesia española
Amor así – José Luis Hidalgo
Cuando dos cuerpos se unen para amar,
se quema más despacio la soledad de la tierra.
De corazón a corazón, de hueso a hueso,
saltan pájaros ardiendo como puñales,
piel del mundo o deseo donde la carne gime,
un gran río desnudo de inesperados crisantemos.
Cuando dos cuerpos se aprietan como bocas,
se empujan como voraces cataratas al rumor de la vida
perdiendo un posible contacto con la muerte que espera,
que sobre el olvidado planeta a lo lejos refulge
como un fantasma solitario y oculto.
Hombre o mujer, árboles vibrantes,
hirvientes besos estrujados y un ángel.
Amarse es poseer la tierra sin sombras para siempre.
La adolescente – José Ángel Valente
Ya baja mucha luz por tus orillas,
nadie recuerda la invasión del frío.
Ya los sueños no bastan para darle
razón de ser a todos los suspiros.
Tú cantas por el aire.
Ya se ponen de verde los vestidos.
Ya nadie sabe nada.
Nadie sabe
ni cómo ni por qué ni cuándo ha sido.
Menos tu vientre – Miguel Hernández
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.
Graal – José Ángel Valente
Respiración oscura de la vulva.
En su latir latía el pez del légamo
y yo latía en ti.
Me respiraste
en tu vacío lleno
y yo latía en ti y en ti latían
la vulva, el verbo, el vértigo y el centro.
Travesía incompleta – Estefanía Soto
No nos hemos despedido de este lugar
que nos ha apretado, que nos ha despertado.
No nos hemos despedido de este aroma
que grita libertad y escándalo, fuego y paz.
No nos hemos despedido de las voces
que cantaban que nos quedásemos,
de las instalaciones sin esqueleto,
del llanto esparcido en los armarios.
A r r u g a d o s
No nos hemos puesto la mitad de la ropa
apta para mosquitos hembra y largas travesías.
No ha sido en vano, pero ahora me pregunto
cómo lo hago, cómo reprimo esta valentía
que tuve o tengo, y que al rato hace estrago.
Oda – Luis Cernuda
La tristeza sucumbe, nube impura
Alejando su vuelo con sombrío
Resplandor indolente, languidece
Perdiéndose a lo lejos, leve, oscura.
El furor implacable del estío
Toda la vida espléndida estremece
Y profunda la ofrece
Con sus felices horas,
Sus soles, sus auroras,
Delirante, azulado torbellino.
Desde la luz, el más puro camino,
Con el fulgor que pisa compitiendo
Vivo, bello y divino,
Un joven dios avanza sonriendo.
¿A qué cielo natal, ajeno ausente
Le niega esa inmortal presencia esquiva,
Ese contorno tibiamente pleno?
De mármol animado quiere, y siente;
Inmóvil pero trémulo se aviva
Al soplo de un purpúreo anhelar lleno.
El dibujo sereno
Del desnudo tan puro
En un reflejo duro
Copia la luz que mira su reposo.
Y levantando el bulto prodigioso
Desde el sueño remoto donde yace,
Destino poderoso,
A la fuerza suprema firme nace.
Pero ¿es un dios? El ademán parece
Romper de su actitud la pura calma
Con un gesto de muda melodía
Que luego suspendido no perece;
Silencioso más vívido, con alma,
Mantiene sucesiva su armonía
El dios que traslucía
Ahora olvidado yace;
Eco suyo renace
El hombre que ninguna nube cela.
La hermosura diáfana no vela
Ya la atracción humana ante el sentido;
Y su forma revela
Un mundo eternamente presentido.
Qué prodigiosa forma palpitante,
Cuerpo perfecto en el vigor primero,
En su plena belleza tan humano.
Alzando su contorno triunfante
Sólido sí, mas ágil y ligero,
Abre la vida inmensa ante su mano.
Todo el horror en vano
A esa firmeza entera
Con sus sombras quisiera
Derribar de tan fúlgida armonía.
Pero acero obstinado, sólo fía
En sí mismo ese orgullo tan altivo;
Claramente se guía
Con potencia admirable, libre y vivo.
Cuando la fuerza bella, la destreza
Despliega en la amorosa empresa ingrata
El cuerpo; cuando trémulo suspira;
Cuando en la sangre, oculta fortaleza,
El amor desbocado se desata,
El labio con afán ávido aspira
La gracia que respira
Una forma indolente;
Bajo su brazo siente
Otro cuerpo de lánguida blancura
Distendido, ofreciendo su ternura,
Como cisne mortal entre el sombrío
Verdor de la espesura,
Que ama, canta y sucumbe en desvarío.
Mas los tristes cuidados amorosos
Que tercamente la pasión reclama
De quien la vida entre sus manos deja,
El tierno lamentar, los enojosos
Hastíos escondidos del que ama
Y tantas lentas lágrimas de queja,
El azar firme aleja
De este cuerpo sereno;
A su vigor tan pleno
La libertad conviene solamente,
No el cuidado vehemente
De las terribles y fugaces glorias
Que el amor más ardiente
Halla en fin tras sus débiles victorias.
Así en su labio enamorada nace
Un ala luminosa dilatando
Por el viril semblante la alegría.
Y la antigua tristeza ya deshace,
Desde el candor primero gravitando,
La amargura secreta que nutría.
El cuerpo sólo fía
En su bella destreza,
En su divina fuerza
Que por los tensos músculos remueve.
Y a la orilla cercana, al agua leve,
La forma tras la extraña imagen salta;
Relámpago de nieve
Bajo la luz difusa de tan alta.
Sonriente, dormida bajo el cielo,
Soñaba el agua mientras fluye lenta,
Idéntica a sí misma y fugitiva.
Mas en tumulto alzándose, en revuelo
De rota espuma, al nadador ostenta
Ingrávido en su fuga a la deriva.
Y la forma se aviva
Con reflejos de plata;
Ata el río y desata,
En transparente lazo mal seguro,
Aquel rumbo veloz entre su oscuro
Anhelar ya resuelto en diamante.
La luz, esplendor puro,
Cálida envuelve al cuerpo como amante,
Un frescor sosegado se levanta
Hacia las hojas desde el verde río
Y en invisible vuelo se diluye.
La sombra misteriosa ya suplanta
Entre el boscaje ávido y sombrío
A la luz tan diáfana que huye.
Y la corriente fluye
Con un rumor sereno;
Todo el cielo está lleno
Del trinar que algún pájaro desvela.
El bello cuerpo en pie, desnudo cela,
Bajo la rama espesa, entretejida
Como difícil tela,
Su cegadora nieve estremecida.
Oh nuevo dios. Su deslumbrante brío
El crepúsculo vuelve vagoroso
En perezosa gracia seductora.
Todo el fúlgido encanto del estío
El fatigado bosque rumoroso
Con reposo vacío lo evapora.
Vana y feliz la hora
Al sopor indolente
Se abandona; no siente
La silenciosa y lánguida hermosura.
Por la centelleante trama oscura
Huye el cuerpo feliz casi en un vuelo,
Dejando la espesura
Por la delicia púrpura del cielo.
Sueños – Gerardo Diego
Anoche soñé contigo.
Ya no me acuerdo qué era.
Pero tú aún eras mía,
eras mi novia. ¡Qué bella
mentira! Las blancas alas
del sueño nos traen, nos llevan
por un mundo de imposibles,
por un cielo de quimeras.
Anoche tal vez te vi
salir lenta de la iglesia,
en las manos el rosario,
cabizbaja y recoleta.
O acaso junto al arroyo,
allá en la paz de la aldea,
urdíamos nuestros sueños
divinos de primavera.
Quizás tú fueras aún niña
-¡oh remota y dulce época!-
y cantaras en el coro,
al aire sueltas las trenzas.
Y yo sería un rapaz
de los que van a la escuela,
de los que hablan a las niñas,
de los que juegan con ellas.
El sueño es algo tan lánguido
tan sin forma, tan de nieblas...
¡Quién pudiera soñar siempre!
Dormir siempre ¡quién pudiera!
¡Quién pudiera ser tu novio
(alma, vístete de fiesta)
en un sueño eterno y dulce,
blanco como las estrellas!...
No está el aire propicio para estampar mejillas… – Gerardo Diego
No está el aire propicio para estampar mejillas.
Se borraron la flechas que indicaban la ruta
más copiosa de pájaros para los que agonizan.
Se arrastran por los suelos nubes sin corazón
y a la garganta trepa la impostura del mundo.
No está el aire propicio para cantar tus labios,
tu nuca en desacuerdo con las leyes de física
ni tu pecho de interna geografía afectuosa.
Las tijeras gorjean mejor que las calandrias
y no vuelven ya nunca si remontan el vuelo
y aquí en mi cercanía tres libros se aproximan,
abiertos en la página donde muere una reina.
Qué dulce despertar el del amor que existe
y qué existencia clara la del ojo que duerme,
velado por las alas remotas de los párpados.
Pétalos de difuntas miradas, llueven, llueven
y llueven, llueven, llueven. Me sepultan los pies,
las rodillas, el vientre, la cintura, los hombros.
Van a enterrarme vivo; van a enterrarme vivo;
No está el aire propicio para soñar contigo.
Me arrugaron los mapas – Martha Asunción Alonso
SI alguien me ve pasar, que me lo diga.
Yo no sé adónde voy, con qué piernas salí
esta mañana de mi casa,
ni qué casa.
De las velas sopladas crecieron muy temprano
los insectos, yo vi soles en miniatura tatuados en sus
alas.
Tomaron el control de mis zapatos,
mi sexo,
los lunares que fui capaz de amar cuando era virgen.
Me arrugaron los mapas. Ahora
debo andar por el mundo en hueso vivo,
como alma que se llevara un ángel
colocado de crack.
Si alguien me ve llorar, NO
me lo diga.