Archivo de la categoría: Poesia española

Detrás del meridiano – Gloria Gil

Noviembre, agujero negro
sin cumpleaños, solo escultura.
Un pozo oscuro de sacudida quieta.
Quiero y no puedo,
otoño sin dientes.
Noviembre es un milagro
que exige su oración.
Una lengua muerta
que deja cien habitantes.
Bastón de mando rompe costillas.
Cena a la que no te invitan.
Una partida que no quieres jugar
porque ya conoces de sobra el resultado,
inventor de reglas hasta cuándo.
Noviembre no quiere tu permiso, sino tu nombre.
Noviembre quiere que creas
que podrás salir de noviembre.

Dime mujer dónde escondes tu misterio… – Tomás Segovia

                                                      (Para Luci Fernández de Alba, que se sorprendió)

Dime mujer dónde escondes tu misterio
mujer agua pesada volumen transparente
más secreta cuanto más te desnudas
cuál es la fuerza de tu esplendor inerme
tu deslumbrante armadura de belleza
dime no puedo ya con tantas armas
mujer sentada acostada abandonada
enséñame el reposo el sueño y el olvido
enséñame la lentitud del tiempo
mujer tú que convives con tu ominosa carne
como junto a un animal bueno y tranquilo
mujer desnuda frente al hombre armado
quita de mi cabeza este casco de ira
cálmame cúrame tiéndeme sobre la fresca tierra
quítame este ropaje de fiebre que me asfixia
húndeme debilítame envenena mi perezosa sangre
mujer roca de la tribu desbandada
descíñeme estas mallas y cinturones de rigidez y miedo
con que me aterro y te aterro y nos separo
mujer oscura y húmeda pantano edénico
quiero tu ancha olorosa robusta sabiduría
quiero volver a la tierra y sus zumos nutricios
que corren por tu vientre y tus pechos y que riegan tu carne
quiero recuperar el peso y la rotundidad
quiero que me humedezcas me ablandes me afemines
para entender la feminidad la blandura húmeda del mundo
quiero apoyada la frente en tu regazo materno
traicionar al acerado ejército de los hombres
mujer cómplice única terrible hermana
dame la mano volvamos a inventar el mundo los dos solos
quiero no apartar nunca de ti los ojos
mujer estatua hecha de frutas paloma crecida
déjame siempre ver tu misteriosa presencia
tu mirada de ala y de seda y de lago negro
tu cuerpo tenebroso y radiante plasmado de una vez sin titubeos
tu cuerpo infinitamente más tuyo que para mí el mío
y que entregas de una vez sin titubeos sin guardar nada
tu cuerpo pleno y uno todo iluminado de generosidad
mujer mendiga pródiga puerto del loco Ulises
no me dejes olvidar nunca tu voz de ave memoriosa
tu palabra imantada que en tu interior pronuncias siempre desnuda
tu palabra certera de fulgurante ignorancia
la salvaje pureza de tu amor insensato
desvariado sin freno brutalizado enviciado
el gemido limpísimo de la ternura
la pensativa mirada de la prostitución
la clara verdad cruda
del amor que sorbe y devora y se alimenta
el invisible zarpazo de la adivinación
la aceptación la comprensión la sabiduría sin caminos
la esponjosa maternidad terreno de raíces
mujer casa del doloroso vagabundo
dame a morder la fruta de la vida
la firme fruta de luz de tu cuerpo habitado
déjame recostar mi frente aciaga
en tu grave regazo de paraíso boscoso
desnúdame apacíguame cúrame de esta culpa ácida
de no ser siempre armado sino sólo yo mismo.

CEMENTERIO JUDÍO – JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA

Toda una vida para llegar a la nada.
Toda la nada para contar una vida.
Toda la nada en la voz de la muerte.
Toda la vida huyendo hacia el silencio.

Escrita sobre una lápida reza una historia
que se repite sobre otra lápida
que junto a otra lápida cubre tierra muerta.
Tras las altas verjas alguien pisa despacio
las huellas que conducen al pasadizo
donde beben salmos de agua las estrellas.
Siglo a siglo los nombres aferrados a la piedra
han soportado las mordeduras del viento,
las puyadas de la lluvia, la picazón de la nieve.
Siglo a siglo aquellos que huyeron río arriba,
libres como las alas de un albatros,
hallaron en la estrecha sombra de estos muros
refugio para completar la eternidad.

Toda vida merece ser respetada
si respeto cosechó frente a las mareas
y contra los embates del mal tiempo.
Una hora de vida es vida,
y un minuto de vida es vida,
y un segundo de vida es vida.
Toda vida es el ahora, lo que hago o lo que digo:
lo demás es pasado, entrada o salida
por las verja oxidada de cualquier cementerio.

Desamor – Ana Merino

Sobre el dolor de estar
y no ser querido
pongo el mantel y espero la cena.

Cada habitación tiene un sonido
a modo de selva
o de tormenta.

Pero es en el baño
donde los espejos no disimulan,
escupen.
Cada rincón tiene su nido
y allí las arañas
preparan sus telas;
pero es en el patio
donde me dedico a despiojar niños
y aplasto las liendres con las uñas
como si fuese una gran cacería
de dedos largos
y pelo sucio.

Sobre el dolor se quejan mis manos
y yo me olvido, no existo;
ni siquiera a golpes abro la boca.

Pampaluna – Rocío Arana

BIENVENIDA a la lluvia, me repiten,
a la lluvia voraz, intempestiva,
a la lluvia con viento desbocado,
diagonal y veloz como un cuchillo, 
el agua vertical, agua fecunda.
Es mejor que te guste el sirimiri,
sus virtudes de fiel enamorado
medieval, persistente y algo terco.
No salgas de tu casa sin paraguas, 
repara en los peligros de la acera
con un brillo de espejos encendidos, 
y disfruta el invierno mientras puedas.

Dios de amor – Juan Ramón Jiménez

Lo que Vos queráis, señor;
y sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que Vos queráis.

Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que Vos queráis.

Lo que Vos queráis, señor;
y sea lo que Vos queráis.

España extraña – Gabriel Celaya

Esta fuerza extraña,		
viva, enmarañada,		
esta entraña a gritos que llamamos España		
está en mí, no la pienso,		
no puedo pensarla según la teoría con que quieren castrarla		
los que en nombre de un pasado dicen: gloria, punto y raya.		

Esta fuerza real que llamamos España,		
rabiosa, suficiente,		
no es gótico-galaico-leonesa-romana,		
ni es árabe, ni griega, ni austriaco-castellana.		
Es ibera, terrible, sagradamente arcaica,		
mi materia y mi magia.		

Yo no puedo pensarla.		
Yo no puedo decir mi España es buena o mala,		
si es triste o violenta, si es hermosa o si mata.		
Yo no puedo juzgarla		
porque yo soy en ella y ella en mí, transcendiendo,		
y así a fondo me sumo fieramente existiendo.		

Porque soy, porque soy		
tierra roja y cargada sustancia milenaria,		
dulce aceite espesado,		
seco esparto, sal pura, ríos con larga historia,		
cuerpo ibero con venas de metales hirientes,		
que fulgen golpeando,		

montañas decididas		
en lo llano absoluto de un planeta pensante,		
gritos por fin absueltos,		
cara a un cielo que todo lo refleja sin mancha,		
voluntades paradas,		
gestas que, no la tinta, la geología exalta,		

costas rotas que muerden con amor violento,		
muriendo de su muerte, los mares más lejanos,		
terrones trabajados		
por muertos anteriores a la historia contada,		
hazañas de una entraña que aún no agotó sus formas,		
nutre mi carne de patria.		

¡Que no vengan a decirme que es un problema mi España!		

Yo la tengo sin pensarla		
y, adorando o maldiciendo, soy desde dentro un «¿qué pasa?».		
Y este físico misterio		
como un cuerpo de amor, me tiene tanto		
que yo mismo no distingo si es que lo adoro o lo ataco.		

Fiera amante, madre amarga,		
te maldigo, me deshago, te violo, canto claro,		
y esta rabia que te grito		
es la rabia con que trato de dar a luz lo más mío,		
y es mi manera de amarte,		
y es mi manera de hablarme sin perdonarme a mí mismo.		

España ciega, mi España		
seca, hermosa, exasperante,		
ancha España que en vano cabalgo, nunca abarco,		
España que en mí lates		
y más y más te afirmas cuanto más te combato,		
y eres yo sin ser mía, no consciente, de carne.		

Como me tienes, te tengo,		
como te tengo, me tienes, y poco importa qué pienso,		
pues en ti vivo y respiro.		
Tú eres mi aire y mi tierra, tú, mi cuerpo y mi elemento,		
y maldecirte, maldigo		
de mí mismo porque pienso que aún no cumplí lo que debo.

En las lluviosas tardes de noviembre – Andrés Trapiello

En las lluviosas tardes de noviembre
de pesadumbre llenas,
con un libro de románticas rimas
que habla de hojas secas
me siento a ver el fuego
junto a la chimenea.
En esas cortas tardes otoñales,
poca la luz de perla
en el salón, a solas, sin testigo,
las cosas se sombrean
con azulado tedio
de indecible esencia.
¡Veladas de borroso calendario
y avara somnolencia,
de vacíos laureles y jardines,
agrias tardes eternas
que tienen del olvido
la misteriosa rueca! 

La soledad – Francisco Martínez de la Rosa

Único asilo en mis eternos males,
augusta soledad, aquí en tu seno,
lejos del hombre y su importuna vista,
déjame libre suspirar al menos:
aquí, a la sombra de tu horror sublime,
daré al aire mis lúgubres lamentos,
sin que mi duelo y mi penar insulten
con sacrílega risa los perversos,
ni la falsa piedad tienda su mano,
mi llanto enjugue y me traspase el pecho.
Todo convida a meditar: la noche
el mundo envuelve en tenebroso velo;
y, aumentando el pavor, quiebran las nubes
de la luna los pálidos reflejos;
el informe peñasco, el mar profundo
hirviendo en torno con medroso estruendo,
el viento que bramando sordamente
turba apenas el lúgubre silencio:
todo inspira terror, y todo adula
mi triste afán y mi dolor acerbo.
La horrible majestad que me rodea
lentamente descarga el grave peso
que mi pecho oprimió: por vez primera
se mezclan mis sollozos a mis ecos,
y, apiadado el destino, da a mis ojos
de una mísera lágrima el consuelo…
¡Llanto feliz! Cual bienhechor rocío
templa la sed del abrasado suelo,
calma la angustia, la mortal congoja
con que batalla mi cansado esfuerzo;
y, en plácida tristeza absorta el alma,
no envidiará la dicha ni el contento.
Solo en el mundo, de ilusiones libre,
de vil temor y de esperanza ajeno,
encontraré la paz que vanamente
me ofreció con su magia el universo.
¿Qué importa que a mi planta mal segura
aún falte tierra en que estampar su sello,
y, al carcomido escollo amenazando,
me estreche el mar en angustioso cerco?
¿No me basto a mí mismo? ¿No me es dado
alzar mis ojos sin pavor al cielo,
sentir mi corazón que quieto late
y el mundo contemplar con menosprecio?
Yo vi en la aurora de mi edad florida
sus encantos brindarse a mis deseos:
gloria, riquezas, cuantos falsos bienes
anhela el hombre en su delirio ciego,
en torno me cercaron; oficiosa
la amistad redoblaba mi contento;
la pérfida ambición me sonreía;
me brindaba el amor su dulce seno…
Temí, temblé, me apercibí al combate,
demandé a mi razón su flaco esfuerzo,
y apenas pude en afanosa lucha
rechazar tanto hechizo lisonjero.
¡Qué fuera, oh Dios, si al rápido torrente
yo propio me arrojara! En presto vuelo
pasaron cinco lustros de mi vida,
y el cuadro encantador huyó con ellos.
Huyó, volví la vista, lancé un grito…
Y en vez de flores encontré un desierto.