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Epigrama – Roque Dalton

Somos la pareja menos infinita y menos adánica
que podría encontrarse en estos últimos 30 años de Historia.

Desde el punto de vista muscular
apenas hemos hecho poco más que dos perros.
Desde el ángulo cultural
hemos despertado bien pocas envidias.

Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo
y, entre nosotros, inolvidables.

Ahora vamos a hacer que alguien sonría
o paladee un pedacito de dulce tristeza
hablando de nuestro amor en este poema.

Eva y Adán – Claudia Lars

¡Si tienes sed, Adán, abrévate de mi boca!
¡Ten fe y obra el milagro! ¡Mis besos serán buenos
como el agua que un día brotara de la roca
y como la que el Hijo de humildes nazarenos,

que será, de amar tanto, Dios mismo, cambie en vino!
¡Si tienes hambre, toma: mi corazón es vianda!
¡Mis ojos son antorcha de luz en tu camino!
¡Y el camino soy yo! —¡Oh, bebe y come y anda!

¡En mis débiles brazos está tu fortaleza,
por mí lo serás todo y triunfarás en todo;
por mí tus ojos pueden descubrir la belleza,

tus pasos echar alas, tu suavidad ser fuerte!...
Yo soy quien te completa, ¡mortal! ¡Desde que el lodo
Se llenó del aliento de Dios contra la muerte!

María Magdalena – Claribel Alegría

Te amé, Jesús 
te amé 
y tú también me amaste 
entre todos los rostros  
me buscabas 
y me anhelabas cerca. 
Me sedujo tu voz 
la serena pasión 
de tu palabra. 
Sentí temblar tu carne 
sentí temblar al hombre 
cuando ungí tu cuerpo 
con perfumes 
y enjugué tus pies 
con mis cabellos. 
Pude haberte hechizado 
y no lo hice 
me frenó tu mirada 
tu renuncia 
entre todos los hombres 
fuiste el hombre 
y no quiero curarme
de este amor.

Lo perdido – Jorge Galán

Si abro los brazos y entonces corro
a través de una calle, una colina
o en medio de unos árboles,
mi corazón se inflama, no de emoción
sino de enfermedad. ¿Es eso envejecer?
La lentitud se vuelve una mujer
que abraza nuestras piernas.
Tan mínima al principio,
se torna más robusta cada invierno.
La golpeamos, pero jamás se queda atrás,
se vuelve otra madre
y jamás podemos deshacernos de ella.
Entonces la muerte es una silueta
al final de la calle una mañana.
El temblor en la mano dibuja esa silueta
en la región del aire frío.
Los orinales son motivo de odio.
La individualidad detesta a las amables enfermeras.
¿Qué pensaríamos del sol si necesitara
una o dos estrellas o incluso tres para encender el alba?
¿Acaso no nos compadeceríamos de él?
¿Acaso no dejaría de parecernos espléndido?
Nos parecería solo una mancha amarilla en el cielo,
casi como un llanto,
y entonces hablaríamos de otras épocas
y diríamos, con pesar y orgullo,
que alguna vez fue algo terrible.

Ojos cerrados – Jorge Galán

A ti también, ingenua, a ti también te he visto
y tu rostro no era tu rostro sino el rostro del miedo,
y me veías como si estuvieras viendo una tempestad,
como si, parada en la lejanía de un valle,
vieras venir hacia ti, hacia tu cuerpo delgado
como un goteo continuo de miel tibia,
una estampida de búfalos sometidos acaso
por un miedo más hondo,
y vi tus labios trémulos a causa de palabras no dichas,
y mis labios, trémulos también, a causa de aquello
que no he de decir nunca,
te he visto, ingenua, a ti también te he visto
y me miraste como mira el vidente la imagen terrible
y no dijiste nada de lo que debías decir
y te alejaste como se aleja todo aquello
que ha de migrar al sur en el invierno…
y el invierno era yo.

El retrato – Jorge Galán

No veía sus manos ni el cuchillo que sostenía,
ese brillo que era semejante al sonido
de una tormenta de nieve vista desde muy lejos,
el ruido de lo inmensamente blanco.

Tampoco veía los restos de manzanas que cubrían sus pies,
ese color destruido que subía a sus labios
que se abrían a punto de pronunciar una palabra
que era el nombre verdadero del mundo.

Dos instantes de agua tocaban sus orejas.
El cabello repartido sobre la frente
dividía en dos ecos el sonido de una ventana
que se abría, y en medio de la ventana,

una mancha de luz,

un retrato pintado durante miles de años
por los artistas de la humanidad.
La belleza depurada a través de millones de anteriores retratos
hasta llegar a la línea invisible, a la total imagen.

VERTE DESNUDA – Roque Dalton


                       a María del Carmen


Pececillos de la imaginación
desnudos caramelos que se perdieron
en la escalera al cielo
perlas hirsutas
entreabiertas abuelas
pepinos salados del alba
sabiduría metamorfoseada
¿por dónde os debo penetrar
oh colección de hierbas y cosas
organizada con el pretexto
de un nombre de mujer
de un modo de ilustrar
a la muchacha con que siempre soñé?

Autorretrato – Claribel Alegría

Malogrados los ojos
Oblicua la niña temerosa,
deshechos los bucles.
Los dientes, trizados.
Cuerdas tensas subiéndome del cuello.
Bruñidas las mejillas,
sin facciones.
Destrozada.
Sólo me quedan los fragmentos.
Se han gastado los trajes de entonces.
Tengo otras uñas,
otra piel,
¿Por qué siempre el recuerdo?
Hubo un tiempo de paisajes cuadriculados,
de gentes con ojos mal puestos,
mal puestas las narices.
Lenguas saliendo como espinas
de acongojadas bocas.
Tampoco me encontré.
Seguí buscando
en las conversaciones con los míos,
en los salones de conferencia,
en las bibliotecas.
Todos como yo
rodeando el hueco.
Necesito un espejo.
No hay nada que me cubra la oquedad.
Solamente fragmentos y el marco.
Aristados fragmentos que me hieren
reflejando un ojo,
un labio,
una oreja,
Como si no tuviese rostro,
como si algo sintético,
movedizo,
oscilara en las cuatro dimensiones
escurriéndose a veces en las otras
aún desconocidas.
He cambiado de formas
y de danza.
Voy a morirme un día
y no sé de mi rostro
y no puedo volverme.