Me convertí en una criminal al enamorarme.
Antes de eso era camarera.
No quería irme a Chicago contigo.
Quería casarme contigo, quería
que tu mujer sufriera.
Quería que su vida fuera como una obra de teatro
en la que todas las partes son partes tristes.
¿Piensa una buena persona
de esta manera? Me merezco
que se me reconozca la valentía.
Me senté a oscuras en tu porche delantero.
Lo tenía todo clarísimo:
si tu mujer no te dejaba libre
eso era prueba de que no te amaba.
Si te amaba
¿no querría que fueras feliz?
Ahora me parece
que si sintiera menos sería
una mejor persona. Era
una buena camarera
era capaz de cargar con ocho copas.
Solía contarte mis sueños.
Anoche vi a una mujer sentada en un oscuro autobús:
en el sueño ella llora, el autobús en el que va
se aleja. Con una mano
dice adiós; con la otra acaricia
un cartón de huevos llenos de bebés.
El sueño no supone la salvación de la doncella.
Archivo de la categoría: Poesía norteamericana
Medianoche – Louise Elisabeth Glück
Háblame, corazón dolorido: qué
ridícula misión te has inventado para estar
llorando en el oscuro garaje
con tu bolsa de basura: no es cosa tuya
sacar la basura, tu trabajo es
vaciar el lavavajillas. Otra vez alardeas,
exactamente igual que en tu niñez; ¿dónde
está tu lado complaciente, tu famoso
distanciamiento irónico? La luz de la luna alcanza
la ventana rota, una luna de verano, delicados
murmullos de la tierra con su pronta dulzura.
¿Es ésta la manera en que te comunicas
con tu marido, negándote a responder
cuando llama, o es esta la forma de comportarse
de un corazón apenado: queriendo estar
a solas con la basura? Si yo fueras tú,
miraría al futuro. Después de quince años,
su voz puede que empiece a cansarse; alguna noche
si no contestas, alguna otra sí lo hará.
Parábola del Rey – Louise Elisabeth Glück
El gran rey al mirar hacia delante
vio no el destino sino simplemente
el reluciente amanecer sobre
la isla desconocida: como rey
pensaba en imperativos; mejor
no reconsiderar el mundo, mejor
seguir yendo hacia adelante
sobre el resplandor del agua. De todos modos,
qué es el destino sino una estrategia para ignorar
la historia, con sus dilemas
mortales, una forma de entender
el presente, donde se toman
las decisiones, como el necesario
vínculo entre el pasado (imágenes del rey
como un joven príncipe) y el glorioso futuro (imágenes
de jóvenes esclavas). Fuese lo que fuese
lo que tenía en frente, ¿por qué tenía que ser
tan deslumbrante? ¿Quién iba a saber
que no se trataba del sol de siempre
sino de las llamas en ascenso sobre un mundo
a punto de extinguirse?
Tranquilo atardecer – Louise Elisabeth Glück
Me tomas de la mano, estamos solos
en el peligro mortal del bosque. Casi inmediatamente
estamos en una casa; Noah es
ya mayor y se ha marchado; las clematis tras diez años
dan flores blancas de repente.
Más que cualquier otra cosa en el mundo
amo estos atardeceres en que estamos juntos,
los tranquilos atardeceres de verano, el cielo iluminado
aún a estas horas.
Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,
no para retenerlo sino para grabarle
esta paz en la memoria:
a partir de este punto, el silencio que atravieses
será mi voz que te persigue.
La canción de Penélope – Louise Elisabeth Glück
Pequeña alma, siempre desvestida,
haz esto que te ordeno, trepa
por los estantes de las ramas del abeto;
aguarda en la copa, atenta, como un
centinela o un vigía. Pronto llegará a casa;
te corresponde a ti ser
generosa. Tampoco tú has sido del todo
perfecta; con tu problemático cuerpo
has hecho cosas de las que no deberías
hablar en los poemas. Así que
llámalo a través del mar abierto, del mar resplandeciente
con tu canción oscura, con tu avariciosa,
forzada canción: apasionada,
como María Callas. ¿Quién
no te desearía? ¿A qué apetito
demoníaco no corresponderías? Pronto
regresará de allí por donde transcurra su viaje,
bronceado por el tiempo fuera de casa, reclamando
su pollo asado. Ah, tendrás que darle la bienvenida,
tendrás que sacudir las ramas del árbol
para captar su atención,
pero con cuidado, con cuidado, no sea
que desfiguren su hermoso rostro
demasiadas agujas al caer.
La anciana – Ursula K. Le Guin
Soporté mis suplicios, cortejé mi destino,
y ahora me dejaré una barba de metro y medio
y la trenzaré en pequeñas trenzas
y pasearé por donde el palmípedo pasea
entre las hojas brillantes del agua.
No temeré nada de lo que he temido.
Soy la reina de picas, la jota de nada,
y en mi barba trenzo mis cuchillos.
¿Por qué he de saber lo que he sabido?
Una vez bastó para hacerlo mío.
Todo lo que conseguí lo olvidaré.
Anudaré mi barba en forma de red
y lanzaré la red y pescaré un pez
que abolirá todos mis deseos
y no me dejará nada más que una piedra
en el cauce del río,
no me dejará nada más que una roca
donde pisan las patas de las garzas.
Tertulias – Ursula K. Le Guin
En chorros y borbotones de zumo verbal
fluyen los torrentes de nuestra
conversación, te digo, les dice,
la savia que hincha el tallo humano.
Escucha, escucha, una voz más pequeña,
un susurro del viento entre las piedras
del lecho seco y blanco del río,
la sombra de la palabra no dicha.
Hombre de negro – Sylvia Plath
Reciben el ímpetu
Y se amamantan de la mar gris
A la izquierda y la ola
Abre su puño contra el elevado
Promontorio alambrado de púas
De la prisión de Deer Island
Con sus cuidados criaderos,
Corrales y pastos de ganado
A la derecha, el hielo de marzo
Abrillanta aún los pocitos en las peñas,
Acantilados de arenas penetrantes
Se levantan de un gran banco de piedra
Y tú, contra esas blancas piedras
Caminabas en tu órfica chaqueta
Negra, negros zapatos, cabello negro
Te detuviste allí,
Detenido vértice
En la punta lejana,
Afianzando piedras, aire,
Todo ello, al unísono.
Amor perdido – Louise Elisabeth Glück
Mi hermana pasó toda una vida en la tierra.
Nació, murió.
Entremedias,
ni una mirada alerta, ni una frase.
Hacía lo que hacen los bebés,
lloraba. Pero se negaba a comer.
Aun así, mi madre la abrazaba, tratando de cambiar
el destino primero, luego la historia.
Y algo cambió: al morir mi hermana
el corazón de mi madre se quedó
muy frío, muy rígido,
como un pequeño colgante de hierro.
Me pareció entonces que el cuerpo de mi hermana
era un imán. Podía sentir cómo atraía
el corazón de mi madre hacia la tierra,
para hacerlo crecer.
Comprando a la puta- Anne Sexton
Eres un rosbif que he comprado
y te relleno con mi propia cebolla.
Eres un bote que he alquilado por horas
y te dirijo con rabia hasta hacerte encallar.
Eres un vaso que he pagado para romper
y trago los trozos con mi saliva.
Eres la chimenea en la que caliento mis temblorosas manos,
abrasando la carne hasta que esté rica y jugosa.
Apestas como mi Mamá debajo de tu sujetador
y vomito en tu mano como un jackpot
sus fríos y contantes centavos.