Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan solo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde el silencio reina.
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El fantasma – Luis Alberto de Cuenca
Cómeme y, con mi cuerpo en tu boca,
hazte mucho más grande
o infinitamente más pequeña.
Envuélveme en tu pecho.
Bésame.
Pero nunca me digas la verdad.
Nunca me digas: «Estoy muerta.
No abrazas más que un sueño».
Peligrosa – Luis Alberto de Cuenca
«¿Qué es más, un inspector o un comisario?».
Lo dijo distraída, desde lejos.
Se lo expliqué. Siguió: «¿Por qué no tiemblas?
Yo soy más peligrosa que esos tipos».
No sabía que hacer. Quería irme.
Largarme a conducir por un sembrado.
Devolver la licencia. Suicidarme.
Pero no me marché. Busqué sus ojos
y le cerré la boca con un beso.
Soneto del amor oscuro – Luis Alberto de Cuenca
La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.
Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!
Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.
Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
Remedia amoris – Luis Alberto de Cuenca
Fue una idea malísima lo de volver a vernos.
No hicimos otra cosa que intercambiar insultos
y reprocharnos viejas y sórdidas historias.
Luego te fuiste, dando un sonoro portazo,
y yo me quedé solo, tan furioso y tan solo
que no supe qué hacer salvo desesperarme.
Bebí entonces. Bebí como los escritores
malditos de hace un siglo, como los marineros,
y borracho vagué por la casa desierta,
cansado de vivir, buscándote en la sombra
para echarte la culpa por haberte marchado.
Primero una botella, luego dos, y de pronto
me puse tan enfermo que conseguí olvidarte.
Oración – Piedad Bonnett
Para mis días pido,
Señor de los naufragios,
no agua para la sed, sino la sed,
no sueños
sino ganas de soñar.
Para las noches,
toda la oscuridad que sea necesaria
para ahogar mi propia oscuridad.
Hijos de la ira – Félix Grande
Con Dámaso Alonso
Horadan el sur de la noche
vengativos y solitarios
Van derrotados y altaneros
como ternísimos malvados
Brotan solos de las tabernas
y bajan a los urinarios
y escriben su odio en las paredes
como grandiosos literatos
Varias señales de la miseria
se obstinan en acompañarlos:
la ropa astrosa, la hosca noche
el más maloliente tabaco
las lavacias de vinos pobres
unos gruñidos enigmáticos
una furia deslavazada
y muchos sueños desollados
Su cólera cariada, sus
turbios semblantes de borrachos
y ese no sé qué de navío
dando miedo y dando bandazos
recuerdan al hollín, al limo
al engrudo, a la escarcha, al trapo
Su patria es la calle vacía
la soledad su sindicato
su club la esquina en que vomitan
la acera su confesionario
y su destino un hospital
que ya les muerde los zapatos
Ríen con pelos entre los dientes
lloran vidrios a manotazos
cantan cosas desatinadas
callan geológicos y hartos
Su impar desgracia ya ululaba
entre la leche que mamaron:
hace ya muchos siglos que
garabatean en el espacio
escribiendo el siniestro libro
de la injusticia y del espanto
Hijos y nietos de la ira
una costra de antepasados
iracundos y miserables
les macera y cubre las manos
con las que se tapan los ojos
al echarse a morir. Los amo
[Y en la pancarta se leía
el furioso nombre de Dámaso]
Mujer Escrita – Guillermo Carnero
Unas veces me llegas aun antes de pensarte
y ocupas el papel hasta el último verso,
colmado en la certeza como sábana
desposeída de su abismo blanco,
Luna llena rotunda en un cielo sin nubes,
ceñida en su perfil copioso y neto,
significado en luz latente en la memoria
sellada por el título indudable.
Otras me dejas versos desleídos
flotando en una inercia de duración y música,
latido oscuro en fraude de palabras,
imagen escindida en un espejo roto,
un puñado de añicos y de sílabas
borrándose en la fuga de su color menguante,
en la nube que adensa tu aroma y tu perfume
al disolver la línea y la sintaxis.
Dónde estarás ahora, bajo qué luz distinta
relucirá tu piel acariciada.
Quién te verá tenderte entornando los ojos
como cae la sombra sobre la paz de un río.
Te mirará desnuda mientras doblas
tu ropa en el asiento de una silla;
se sentirá bendito como un día de invierno
anegado en el Sol azul sobre la nieve
cuando llegues a él como desciende el águila,
y al recoger las alas para abrigar su peso
convierte la belleza del vértice y la altura
en la del cuello airoso y del plumaje inmóvil.
Cuando otras voces suenen alejándose
después de haber pasado sobre ti,
no te busques leyendo las arrugas sinónimas
del borrón de tus sábanas revueltas;
quédate en un rincón con este libro
y oirás danzar en él la luz del tiempo,
girando para ti como brillan y mueren
el olor y el resorte de una caja de música.
El mundo sigue siendo una creación abierta – Luis Rosales
A Pablo Picasso
en su nonagésimo aniversario.
De pronto todo es cierto entre lo oscuro;
la carne se habilita hacia el martirio,
y hay un caballo convertido en lirio
como hay un grito convertido en muro,
y manos suplicantes que se juntan
y se van agrandando, manos muertas
que se están entreabriendo como puertas
y preguntan, preguntan y preguntan;
y hay playas en que el mar sigue naciendo,
la montaña-mujer levitativa
con la maternidad en carne viva
y el vientre que se va descoloriendo.
Como un toro nupcial en tu pintura
hay guirnaldas de sexos ululantes,
y cópulas mortales y fragantes
y cuerpos de espasmódica dulzura.
Cuanto tuvo calor en ti persiste
como se forma el nudo en la madera
y un tambor puede ser la primavera
de ese arlequín ensimismado y triste.
Como una lluvia ensangrentada has sido
la cuerda quieta en la guitarra loca
que suena y es tu ausencia quien la toca,
quien le da su violencia y su sentido.
Tú eres esa mirada desasida
donde el ojo al mirar se hace postema,
mirada testadora y destruida
donde todo es real porque nos quema.
Tú eres esa oleada que nos baña
de sangre principiante, esa juntura
de asombro y luz, esa progenitura
de fracaso creador que aún tiene España,
Tú no buscas, encuentras, y en tu encuentro
se convocan los muertos a asamblea,
y el mundo se destruye y se recrea:
ya nunca más recobrará su centro.
Pintas la luz de agosto entre las redes,
y la barca sonámbula y desierta,
y ese toro que va de puerta en puerta
señalando con sangre las paredes,
y el caballejo ardiendo en el aduar,
el bosque que al desierto se adelanta
vivo como la sed en la garganta
y anterior a sí mismo como el mar.
la manzana y su lenta obstinación
de pecado mortal sobre la mesa,
el periódico en gris, la lepra impresa,
y el naipe convertido en corazón,
la ahogada voz del África que aún paga
su cadena perpetua y su niñez,
su terrible inocencia que tal vez
el mundo entero ha convertido en llaga.
Pintas con plomo derretido y cera
cayendo sobre el ojo adormecido,
sobre el ojo sin luz que ha preferido
la quemazón total a la ceguera.
y le has devuelto al mundo esa gozosa
analogía que fue su faz primera:
la prisa convertida en calavera,
la calavera convertida en rosa.
¡Tú nunca morirás!, en tu conciencia
para siempre jamás se configura
el gozo de vivir, la vividura
de un niño con mil años de inocencia.
La Creación sigue abierta paso a paso
y tiene en ti un trasplante de alegría,
la mano eres de Dios, Pablo Picasso,
que hace el mundo de nuevo cada día.
Primer poema – José Ángel Valente
No debo
proclamar así mi dolor.
Estoy alegre o triste y ¿qué importa?
¿a quién ayudaré?
¿qué salvación podré engendrar con un lamento?
Y, sin embargo, cuento mi historia,
recaigo sobre mí, culpable
de las mismas palabras que combato.
Paso a paso me adentro,
preciosamente me examino,
uno a uno lamento mis cuidados
¿para quién,
qué pecho triste consolaré,
qué ídolo caerá,
qué átomo del mundo moveré con justicia?
Remotamente quejumbroso,
remotamente aquejado de fútiles pesares,
poeta en el más venenoso sentido,
poeta con palabra terminada en un cero
odiosamente inútil,
cuento los caedizos latidos
de mi corazón y ¿qué importa?
¿qué sed o qué agobiante
vacío llenaré de un vacío más fiero?
Poeta, oh no,
sujeto de una vieja impudicia:
mi historia debe ser olvidada,
mezclada en la suma total
que la hará verdadera.
Para vivir así,
para ser así anónimamente
reavivada y cambiada,
para que el canto, al fin,
libre de la aquejada
mano, sea sólo poder,
poder que brote puro
como un gallo en la noche,
como en la noche, súbito,
un gallo rompe a ciegas
el escuadrón compacto de las sombras.