Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

Playa de la Caleta – José Manuel Caballero Bonald

Impávidas perduran las gaviotas
entre el prodigio tutelar
de los ficus gigantes y la vetusta orilla.

Vacila el viento por los columnarios
que la codicia de la arena arrasa,
mientras el raudo crecimiento
de la marea infunde vida
a las barcas varadas hace siglos
entre nobles sustentos culturales.

Allí estuve yo un día
de terca disyunción y de consolaciones
y allí anduve valiéndome de la felicidad
como instrumento de perpetuación
o acaso para contrarrestar alguna culpa,
en tanto que los cuerpos fulgían como el sílice
y la verdad decapitada descendía
por las ambiguas gradas de la noche.

La exclusión de la luz no me impide ver claro.

(Invierno en Cádiz)

Mal de ausencia – Luis Alberto de Cuenca

Desde que tú te fuiste, no sabes qué despacio
pasa el tiempo en Madrid. He visto una película
que ha terminado apenas hace un siglo. No sabes qué lento
corre el mundo sin ti, novia lejana.
Mis amigos me dicen que vuelva a ser el mismo,
que pudre el corazón tanta melancolía,
que tu ausencia no vale tanta ansiedad inútil,
que parezco un ejemplo de subliteratura.
Pero tú te has llevado mi paz en tu maleta,
los hilos del teléfono, la calle en la que vivo.
Tú has mandado a mi casa tropas ecologistas
a saquear mi alma contaminada y triste.
Y, para colmo, sigo soñando con gigantes
y contigo, desnuda, besándoles las manos.
Con dioses a caballo que destruyen Europa
y cautiva te guardan hasta que yo esté muerto.

Los relojes cotejan con el tiempo – José Manuel Caballero Bonald

Los relojes cotejan con el tiempo
sus posibilidades de supervivencia.
Al fondo, aguas abajo, pasan
los días como alas, las horas
como hojas, dejan
una herrumbre tenaz por detrás del recuerdo.

Qué obstinación la de esas lacerantes
ráfagas de los días, cuando
los relojes cotejan con el tiempo
sus posibilidades de supervivencia
y la vida se opone incautamente
a seguir esperando que llegue el porvenir.

(Horloge! dieu sinistre…
BAUDELAIRE)

Vengo de una palabra – José Manuel Caballero Bonald

Vengo de una palabra y voy a otra
errática palabra y soy esas palabras
que mutuamente se desunen y soy
el tramo en que se juntan
como los bordes negros del relámpago
y soy también esas beligerancias de la vida
que proponen a veces una simulación de la verdad.
Semejante a la noche, vengo
del negro y voy al blanco y busco
dispensarme de mí con ese blanco y nunca
llego a ser lo que yo más deseo:
esa palabra suficiente que precede a la última.

(Únicamente soy
mi libertad y mis palabras.
J.M.C.B.)

Árbol Genealógico – José Manuel Caballero Bonald

Cómo sería aquel árbol sensitivo
que crecía en Argónida y tenía
invictas sombras y hojas de seda azul perenne
y flores barnizadas de un esplendor homérico.
Cómo se asomaría a un mar indescifrable
y alojaría en sus estancias nobles
tantos ungidos pájaros de antaño,
tantos héroes antiguos comedores de loto.
Oh hermética armonía de ese árbol
en cuya ilusa alcoba aprendí a no olvidar
y donde acudo de continuo
para seguir dudando
un poco más aún después de nunca.

Primera casa – Yolanda Castaño

Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.

El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.

La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.

Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.

En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen   todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.

A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.

Que más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.
Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.


Nombrar perecedero – José Hierro

No tengo miedo nombraros
ya con vuestros nombres,
cosas vivas, transitorias.
(Unidas sois un acorde
de la eternidad; dispersas
—nota a nota, nombre a nombre,
fecha a fecha—, vais muriendo
al son del tiempo que corre).

No tengo miedo a nombraros.
Qué importa que no le importen
al que viva, cuando yo
haya muerto, vuestros nombres.
Qué importa que rían cuando
escuchen mis sinrazones.

Vosotras sois lo que sois
para mí: mágico bosque
perecedero, campanas
que regaláis vuestros sones
sólo al que os golpea. Cómo
darlos al que no os oye,
fundir para sus oídos
metal que el instante rompe,
metal que funde el instante
para un instante del hombre.

No tengo miedo nombraros
ya con vuestros nombres.
Sé que podría fingiros
eternidad. Pero adónde
elevaros, arrojaros,
hundiros en qué horizonte.
Por qué arrancaros los pétalos
que la lluvia descompone.

Mías sois, cosas fugaces,
bajo marchitables nombres.
Actos, instantes que el viento
curva, azota, araña, rompe;
suma ardiente de relámpagos,
rueda de locos colores.
Otoños de pensamientos
sucesivos, liman, roen
vuestra realidad, la esfuman
como el sueño en el insomne.

Pero sois yo, soy vosotras,
astro viejo en vuestro orbe
perecedero, almas, alma.
Orquesta de ruiseñores,
soñáis al alba el recuerdo
de vuestro canto de anoche.

Nombraros ¿no es poseeros
para siempre, cosas, nombres?

Extinción amorosa – Olga Novo

                               Istis mirant stella
                               (Fragmento del Tapiz de Bayeux)
Silba en mi garganta
el pájaro de la pasión
pía en mis glándulas mee agujerea el final de la conciencia
y yo me rebusco entre cenizas y no queda
ni rastro de mí
queda esparcida como un cometa que explotó en el cielo del año mil
y lo vieron pasar labriegos visionarios que arrastraban el corazón
como un arado
por tierras imposibles.

Así fue.
Fue así.

Domingo – José Manuel Caballero Bonald

La veis un día domingo.
Lleva un cuerpo cansado, lleva un traje cansado
(no la podéis mirar),
un traje donde cuelgan trabajos, tristes hilos,
pespuntes de dolor, esperanzas sangrantes
hechas verdad a fuerza de ir remendando sueños,
de ir gastando mañanas, hombres de cada día,
en las estribaciones de un pan dominical.

La veis venir acaso de un azar con ternuras,
de una piedad con fábulas; la veis
venir y no sabéis que está llamándose
lo mismo que la vida,
lo mismo que su traje hecho disfraz de olvido,
hecho carne de engaño y servicial,
cortado a la medida de mensuales lágrimas,
de quebrantos tejidos con la última
hebra de la intemperie, con las briznas
de ese telar de amor donde aprendemos
la hermandad necesaria que es un cuerpo sin nadie.

Sucede que es un día más bien canción que número,
más bien como una lluvia de inclemente mirada,
de humilde mano abierta
que volverá a vestir de desnudez la vida.
Y entonces ya es mentira crecer sobre raíces,
ya es mentira ese tiempo blandamente nocivo
que se nos va quedando alquilado en la piel,
que se nos gasta hasta dejarnos
un mísero rastro de caricia vacía,
llegar a confundirnos en un domingo anónimo,
en un amor sin cuerpo, hilvanando de lástima.

Y entonces, ese día, el domingo,
viene llegando, corre, se nos acerca
(todos la conocemos),
nos mira igual que un charco
de amor recién secado, nos contagia
de todo cuanto es puro en su día siguiente,
porque está consolándose con un jornal caduco,
está desviviéndose
en una pobre sucesión de acopios para amar,
de ir contando los años por tránsitos de trajes,
por memorias zurcidas, por sueños arrancados
del retal de un domingo cegador e ilusorio.

Coraje – Joan Margarit

La guerra ha terminado, pero la paz no llega.
La tarde cae ruda y silenciosa.
Miro a mi abuela —tengo cuatro años—
mientras mea de pie junto al camino
con las piernas abiertas debajo de la falda.
Siempre que lo recuerdo, vuelve el chorro,
poderoso, a caer contra la tierra.
Fue ella quien me enseñó que el amor es
claridad y dureza al mismo tiempo,
que sin coraje nadie puede amar.
No era literatura: no sabía leer.