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Insaciable – Yolanda Castaño

Recuerdos que refrigerar, madrugadas, insulina,
un vestido, dos vestidos,
verde, azul, tostado, a rayas,
una careta de plástico,
rifles en punta en las cortinas,
tres vestidos, cuatro vestidos,
una ortodoncia para los miembros fonadores,
tofu, conejitos de pascua,
una pizca de razón, coartadas rosas,
cinco, seis, siete vestidos,
eslóganes, tapones, escalas,
todos los timbres del salvoconducto,
pases, entradas, jabones tramados,
ocho vestidos, nueve vestidos,
la pastilla del ayuno, un cardo blanco, reliquias,
quince, dieciséis vestidos, una túnica, brazaletes,
debe haber un agujero en la base de todo esto
veinte, veintiséis vestidos,
tímpanos, pantallas, peldaños,
cuatro motivos, karaoke, un grito
todo precisa imperiosamente más vestidos.

Los unos altísimos… – Rosalía de Castro

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.

Era apacible el día – Rosalía de Castro

Era apacible el día
Y templado el ambiente,
Y llovía, llovía
Callada y mansamente;
Y mientras silenciosa
Lloraba y yo gemía,
Mi niño, tierna rosa
Durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
Antes que empiece a corromperse... ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
Bien pronto en los terrones removidos
Verde y pujante crecerá la yerba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...
Jamás el que descansa en el sepulcro
Ha de tornar a amaros ni a ofenderos
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
Para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
Te espera aún con amoroso afán,
Y vendrá o iré yo, bien de mi vida,
Allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
Que no morirá jamás,
Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
A desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrenal,
En donde nace, vive y al fin muere
Cual todo nace, vive y muere acá.

Rosa de Belial – Ramón María del Valle-Inclán

Soy aquel amante
que nunca se muestra,
muda en cada instante
mi sombra siniestra.

Con el viento llego,
y paso con él,
soy rojo lostrego
del Ángel Luzbel.

Mi sombra nocturna
hace en ti guarida,
mi larva soturna
te goza dormida.

A tu lindo ceño
llevo la obsesión,
en tu blanco sueño
soy la Tentación.

Soy aquel amante
que la voz no nombra,
mi sombra va errante
en pos de tu sombra.

¡Turbulenta avispa
que vuela en tu flor,
soy la roja chispa
del yunque de Thor!

De tu clara frente
me oculto en el muro,
como la serpiente
del enigma oscuro.

Soy en tu conciencia
la interrogación
a la triste ciencia
del Rey Salomón.

Sobre tu blancura,
paloma benigna,
de mi mordedura
dejaré el estigma.

El pecado encarna
mi testa. El laurel
del mundo es mi llama,
soy luz de Luzbel.

Mi frente sañuda
sostiene el abismo,
el tiempo me muda,
y soy siempre el mismo.

Cabalgo en el viento,
con el viento voy,
y a tu pensamiento
mi forma le doy.

Profano lascivo
tu virgen entraña,
soy el negro chivo
y tú mi montaña.

Apaga mi aliento
tu roca de luz,
está su cimiento
sobre mi testuz.

Soy el negro dueño
de la abracadabra,
y trisca en tu sueño
mi pata de cabra.

Como el enemigo
en tu sueño estoy,
te gozas conmigo...
¡Soy el que no Soy!

Cree… – Chus Pato

Cree
no, con ojos no
a no ser que los ojos sean un sagrado
y en el iris les gorgotee la laguna
y en la pupila nenúfares de Antela
Es el mundo quien ve:
las imágenes
las que se abren en la noche
se rasgan
tienen el fulgor de un verdel
croan como batracios
y son resto de una mente anterior y final
de una mente que se abre en espiral
y sólo en la distancia calca un trazo último
en un amanecer mayor
El tuyo
tu cuerpo es Orión
un órgano que se derrama
un instante antes de morir
la visión de una escala de notas
el calor de lo invisible
en los bosques

ESA CARTA QUE NUNCA VES – Chus Pato

La luz única llegará desde el sobre
un rayo blanco
cromado
llamando,
de llevarlo, será en el bolsillo, porque las manos tienen que ser libres
las necesitas para salir
Cuando hablamos de honestidad
señalamos la fidelidad a un nombre
que no somos capaces de recordar
No es que al abrir el sobre se nos presente nimbado
él mismo es el aura
Klee nos propone un viaje al país del Mejor Conocimiento
en algún instante cruzaremos las aguas
nos sumergiremos en el lecho
con las lampreas
y a lo lejos serán los arcos frágiles del puente
ya en la ribera otra
quizá
vayamos a dar con una compañera de viaje
dirá
«caminamos erguidas porque nuestras columnas son paralelas
a la subida de la savia cuando florecen los manzanos»
La mayoría de los árboles ya han perdido sus hojas
aguardan el beso invernal
el sol de la mayor distancia