En su cara se refleja
una apasionada fuerza.
En sus mejillas
se dibuja el rubor
de una ilusión inquieta,
como el iris que la rodea
cuando el pacífico
la estrecha entre sus pestañas
para que flote
libre entre los vaivenes
de la brisa.
Luego vuela entre espuma,
que acaricia sus entrañas.
Sus dedos delicados,
se convierten en
un sueño azul
prohibido como aquellas
esperanzas derrochadas
en medio de una noche abandonada
a orillas de Valparaíso.
El poema – Carlos Bousoño
Todo está allí, y sigue estando allí, en las palabras
misteriosas, que fueron dichas, pronunciadas,
rotas en una voz de hombre. La crispación del alma,
la grave hora del pesar
más hondo. Más también
aquel otro dolor,
mínimo para todos, pero no para ti,
en la estación de lluvias, junto al portal oscuro.
O nuestro recordar una canción, a la orilla del bosque,
en la ladera suave, un momento de marzo...
... Todo está allí, la sombra, el esplendor
del sol entre las ramas
bajas de los cerezos,
nuestros pasos que van por el sendero
junto al seto de moras,
de niños,
un poco retrasados. Y la riña al llegar
tras la merienda, cuando no lo esperábamos.
... Todo está allí, la sombra del castaño
en el verano suave del norte, y el calor de las islas,
la tristeza, el ensueño, la nostalgia,
la desesperación después, cuando todo cedió
rendidamente,
el caminar postrero...
... Todo está allí, moviéndose o inmóvil,
tal como fue en verdad, entre neblina y leve
sueño. Tal como fue, sin conexión, escaso
de realidad, confuso
como vida de hombre.
Y pues fue así, es bien que quede así,
por siempre,
en las fieles palabras.
Guarida – Julia Santibáñez
El gorrión se cae.
Sordo y mudo
del nido se cae,
sin aire, desnudo.
¿A qué dios invoca,
boqueando?
Tierra – Salvatore Quasimodo
Noche, serenas sombras,
cuna de aire,
me alcanza el viento si en ti me esparzo,
con él el mar olor de la tierra
donde a su vera mi gente canta
a vela, a nasa,
a niños despiertos antes del alba.
Secos montes, llanuras de prístina hierba
que bueyes y majadas espera,
dentro de mí vuestro mal me socava.
Duermevela – Rocío Arana
IBAS oscuro, serio y deslumbrante,
cruzando por mis ojos en tu baile
de sombras de cristal y luz antigua.
Un velo azul de niebla soleada
volatiliza el invisible tiempo:
desperté para verte como un río,
igual a mi vigilia pero siempre
distinto.
Cuando dos quieren a una – Augusto Ferrán
Cuando dos quieren a una
y los dos están presentes,
el uno cierra los ojos
y el otro aprieta los dientes.
Orillas del Duero – Antonio Machado
Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
y las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.
Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.
Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!
Eres muy niña y ya clavas – Augusto Ferrán
Eres muy niña y ya clavas
en tu pañuelo alfileres:
ya dejan ver desde niñas
su inclinación las mujeres.
Viento de la tarde – Rubén Márquez
El viento jugaba con la tarde
que iba creciendo por debajo de su falda
con su resplandor marchito delirando.
La luz del mar entibiaba la caricia
que sus piernas desnudas recibían
con la brisa de su sexo despertando.
Al llegar al cuarto
mis manos navegaron por su falda
y su cuerpo fue tarde derramada.
Dentro de un tropel de penas – Augusto Ferrán
Dentro de un tropel de penas
tengo mi cuerpo metido,
y nadie me da socorro
por más que a voces lo pido.