Ella – Antonio Gala

Bebió en tu boca el tiempo enamorado
y la cuajó con besos de paloma.
Casto tu cuello, sobre el oro asoma
tan sólo por el oro acariciado.

Lunado el pelo, el corazón lunado,
rubor apenas por el aire aroma.
Amapola ritual tu torso toma
y te aparta del mar verde azulado.

Tu mirada de miel, marisma ardiente,
la luz antigua con las luces nuevas
-recién despierta y ya cansada- alía.

Te duele la victoria, y dócilmente
a cuestas tu destino de amor llevas,
delicada y sangrienta vida mía. 

Opción B – Benjamín Prado

Siempre tendré la Esfinge de Gizeh, junto al Nilo;
tendré la Gran Muralla;
tendré el reino de Aksum;
los moái en la arena de la Isla de Pascua;
las ruinas de Zimbabwe; la ciudad de Lagash.

Siempre habrá un general que usurpe el trono
y un Palacio de la Moneda en llamas;
prestamistas que compren
y vendan 
nuestra sangre;
pueblos que echen abajo la estatua de un tirano.

Podré decirle a otros, aunque ya no lo crea,
que hasta el día más triste se termina a las doce
y cada cicatriz tacha una herida
y equivocarse es sólo el premio del que quiere
aprender de su error.

Siempre me quedarán Lorca y las aduanas;
las selvas en peligro; la injusticia;
los banqueros; la plaza de Tian'anmen; Neruda;
la libertad; el sueño de la revolución.

Todo eso 
de lo que yo tendría 
que escribir 
si te vas.

Una piedra, memoria – Andrés Sánchez Robayna

Adónde, dices
ahora, aquellos pasos
por lo desconocido, en la primera soledad.

Latitud de las parras, allá lejos.

El sol final abría su costado remoto
sobre las piedras, en las hojas,
en un último sueño, el final del verano.
Atardecía,
era otra tierra, acaso más oscura,
la tierra roja, sí,
como si algún rescoldo del origen
aún respirase en ella,
más allá, al fin de toda impermanencia,
como a lo lejos.

Arcana luz,
suspensión de los soles sobre los platanares.

Era
cuanto de cierto ardía en lo invisible.
Era sólo la luz,
como vacía, y como si alcanzase
a ver su arder oscuro
en los helechos, en el cielo,
sobre la tierra. Luego,
volver de allá, sobre los mismos pasos,
pero ya, lo sabía, irrepetibles.
La casa
fue siempre cosa de la luz.
Desde aquel día supo de la sombra, o su signo.
Allá quedó, sobre una piedra,
inscrita en lo remoto, bajo la luz herida,
una señal para el verano, el fin, junto a las parras,
el fin que era un origen,
A., septiembre, los soles, sobre una piedra extrema.

Mujer Escrita – Guillermo Carnero

Unas veces me llegas aun antes de pensarte
y ocupas el papel hasta el último verso,
colmado en la certeza como sábana
desposeída de su abismo blanco,

Luna llena rotunda en un cielo sin nubes,
ceñida en su perfil copioso y neto,
significado en luz latente en la memoria
sellada por el título indudable.

Otras me dejas versos desleídos
flotando en una inercia de duración y música,
latido oscuro en fraude de palabras,
imagen escindida en un espejo roto,

un puñado de añicos y de sílabas
borrándose en la fuga de su color menguante,
en la nube que adensa tu aroma y tu perfume
al disolver la línea y la sintaxis.

Dónde estarás ahora, bajo qué luz distinta
relucirá tu piel acariciada.
Quién te verá tenderte entornando los ojos
como cae la sombra sobre la paz de un río.

Te mirará desnuda mientras doblas
tu ropa en el asiento de una silla;
se sentirá bendito como un día de invierno
anegado en el Sol azul sobre la nieve

cuando llegues a él como desciende el águila,
y al recoger las alas para abrigar su peso
convierte la belleza del vértice y la altura
en la del cuello airoso y del plumaje inmóvil.

Cuando otras voces suenen alejándose
después de haber pasado sobre ti,
no te busques leyendo las arrugas sinónimas
del borrón de tus sábanas revueltas;

quédate en un rincón con este libro
y oirás danzar en él la luz del tiempo,
girando para ti como brillan y mueren
el olor y el resorte de una caja de música.

Epitafio – Jenaro Talens

yesca me han hecho de invisible fuego
FRANCISCO DE LA TORRE

Fui un viejo juglar, y conté historias.
Mi nombre os es indiferente.
Sólo dejo constancia de mi oficio
porque fue oficio quien dictó mis versos
no la pequeña vida que viví,
ni su dolor, ni su insignificancia:
ella murió conmigo y aquí yace,
desnuda como yo, bajo esta piedra.

Rima V (Espíritu sin nombre…) – Gustavo Adolfo Bécquer

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío
del sol tiemblo en la hoguera
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea;
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbre,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugas llama en las tumbas
y en las ruinas hiedra.

Yo atrueno en el torrente,
y silbo en la centella
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores
susurro en la alta hierba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
del el humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo en los dorados hilos
que los insectos cuelgan
me mezclo entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arrollo
desnudas juguetean.

Yo en bosque de corales,
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas,
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los nomos
contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.

Yo sé de esas regiones
a do rumor no llega,
y donde los informes astros
de vida y soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa;
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy el espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

Define el amor, que dicen que solo tiene para fin las veneraciones sin apetecer el último fin – Diego de Torres Villarroel

Váyase a los Infiernos el Poeta,
y cuantos han pensado y definido
que es el amor un Dios apetecido
siendo un demonio de muy mala feta.

Como puede ser Dios el que me aprieta
a que adore un veneno fementido,
que es la mujer, en cuyo afán perdido
el alma se esclaviza y se sujeta.

Es este amor, por lo que yo percibo,
de lo que el pecho acá sabe callarse,
un halagüeño imán, un incentivo.

Que no quiere partirse ni ausentarse,
es un torpe deseo sucesivo
y un pecar mortalmente, sin holgarse.

Consejo – Pilar Paz Pasamar

Aprende a estar tan sola que hasta tu sombra misma
apetezca librarse. Sé tú la compañera
de tus pasos, de modo que llegues a las cosas
siempre como el que llega de una tierra extranjera.

Aprende que el dolor solo es de ti, la risa
solo tuya, testigos los dos de tu manera.
Para que la luz fluya clara de tu sonrisa,
desaloja el fingido sol que el mundo te presta.

Quédate con la nada que brote de tus manos,
quédate con lo poco o lo mucho que seas
en la noche tranquila de tus mejores gestos,
en la sombra amorosa que ahora se te revela.

¡Los otros!... Si los otros pudieran comprenderte,
si alguien pudiera hablarte por dentro y no por fuera,
si esos que ahora te llaman no estuviesen atentos
al sonido estruendoso de las falsas trompetas...

Llámate tú. Sé música de tu propio instrumento,
color de tu pintura, cincel en la madera
de tus sueños. Dibuja lo que quieras decirte,
escríbete tu historia, escúlpete en tu piedra.

Aprende a estar a solas. Bebe el agua en tu mano,
nadie te la ha de dar tan limpia ni tan fresca.
Lo que tomes del mundo con la ayuda de otros
no podrás admirarlo de noche en las estrellas.

A una señora impaciente de genio la aconseja tranquilidad – Diego de Torres Villarroel

No te enojes, bien mío, no te alteres,
vive entre los deleites singulares
y deja los disgustos y pesares
a la clase común de las mujeres.

Tú eres Deidad y tan divina eres,
que se van a tus pies y a tus altares
las almas y las vidas a millares,
a darte en sacrificio los placeres.

Tuyo es el Mundo y tuyo es Cielo mío,
el Cielo con las bellas impresiones
que te dieron la Gracia y Señorío.

Trátalo bien, no lo ajes, ni abandones,
que para todo tienes albedrío,
mas no para alterar tus perfecciones.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades