En el viaje al confín del alimento,
al fondo de la luz no masticatile,
en esta expedición al sol hirviendo, en nuestro descender
a los misterios de otro corazón
que burbujea en el volcán, volando
en los lagos del norte, en nuestra vida gótica,
en azafrán dorado de los fiordos,
en este remolino acaba el mundo.
La cuchara del náufrago y el cuerpo adolescente
ya no sirven, se quiebran en la fuerza del descenso.
Y el vacío nos lleva, ni siquiera una pluma escapará
de tanta clara gloria.
En el borde del plato se congregan las ranas
como monjas en torno de una espiga.
Acordaos de mí, acordaos de mí,
dice el hombre que va a ser absorbido
y alzando así los ojos
ve arriba una vez más el jarrón con las flores amarillas,
el día puesto allí, desordenado,
el viejo humilde don
que se aleja en el aire. El remolino
ya convierte sus piernas en raíces del mar
y en círculos desciende, más amplios cada vez,
con cangrejos, sirenas y podrido pescado.
Todos los hombres se hunden en la sopa.
Abismo, ten piedad,
pues en la rueda azul del alimento
solamente quisimos ser muy jóvenes
para apretar los pájaros que cantan
en las axilas de una mujer.
Suena, sopa, despierta a tus ahogados.
Y lánzalos, escúpelos de nuevo
a la tierra caliente de Abraham.
En los tobillos del día, en sus escamas,
han de tenderse los despiertos y
cantar, cantar, cantar.
Y del cuerpo aterido, encallado en la costa,
se derrama otra vez
el primero y el siempre último amor.
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Tú que me diste el sol no me des toda… – José Luis Rey
Tú que me diste el sol no me des toda
la oscuridad un día.
Tú que me diste
palabra de misión
dame ahora un camino entre las sombras,
porque yo te escuché y te fui fiel,
un devoto noruego en campanarios
que proclaman tu gloria. Tú que me
diste tantas visiones
dame el ojo que no se cierra nunca.
Tú que me diste música
dame el oído en que golpea el Ser.
Los patos y las arpas se rebelan,
los muy maleducados,
contra tormentas de tu mal carácter.
¡Forjador de mi fuego!
Tú que me diste paz dame batalla.
Tú que me diste todo
lo que un hijo desea y no se atreve
a pedir dame ahora
el nadar por las venas amarillas
de otro abril.
Si en abril desperté,
en otro abril despierte
y cante yo y cante
yo tu melancolía,
general arruinado con casaca
cosida por los grillos y la estrella.
Tú que me diste el dar
no me quites aún este
recibir, recibir.
Soy esa espiga de oro tan gigante
que el niño ve en la noche
al final del pasillo
y por eso recuerda el paraíso.
Dorado, tú me diste
un pasar por la gloria pronunciando
la transfiguración.
Dame el ponerme en pie cuando me duerma.
Tú que me diste el don dame la vida.
Celebración del embarazo – Rafael Duarte
TU comienzo fue un hilo de peces momentáneos,
de anémonas crecidas en las algas del cuerpo.
Vegetal y marino ascendiste a la sangre,
secreto y empujado de esperanzas pacíficas.
En el fondo del lago cereal de la madre
una niebla redonda de ceras y de uvas
fue entornando su vientre de corolas esféricas
donde el mundo empezaba de nuevo su manzana.
Eras, hijo, una incógnita de eléctricos corales,
atolón de un cariño de grávidas cadenas.
El linaje encendido. Una isla en el gozo
rodeada de mares de escarcha y de misterio.
Tentaste un abanico de besos boreales,
conmoviste el sigilo de anchuras y caderas,
elevaste los pechos a los tallos del nácar
rizando los jazmines aéreos de la leche
al latir tu relámpago de harinas y de lunas.
Rocío frutal de carne pegujal del abrazo,
gramínea y aumentada primavera escondida,
aroma circundante de espirales ternuras,
en cúpula creciente del polen del deseo.
Nadie pudo arrancarme la rosa de tu júbilo,
ni diezmar tu presencia con temores impunes.
Nacerás porque vienes masticando la vida,
curvando la cintura en un arco de mimos,
consumación global de un deleite enlazado
por la raíz redonda, circular de tu espera.
Anónimo Urbano – Berta Serra Manzanares
HE perdido las letras de su nombre
entre todos los ojos y los escaparates
que anunciaban las últimas rebajas.
Me ha rozado la espalda en un vagón de metro.
(Afuera lloviznaba).
He pisado su sombra en un semáforo.
(Otoño se vestía en las acacias).
Para llegar al cine,
he bajado tres calles paseando
mientras alguien bailaba pasodobles
y una pareja de titiriteros
interpretaba un aria de Rossini,
(dos nubes se besaban en un charco)
y al escoger butaca,
bastante atrás como acostumbro,
se ha sentado a mi lado oscuramente.