El mejor vestido para mi cuerpo
es tu cuerpo desnudo.
el mejor vestido para tu cuerpo
es mi cuerpo desnudo.
Vestido así,
no tengo ganas de desnudarme
nunca.
El mejor vestido para mi cuerpo
es tu cuerpo desnudo.
el mejor vestido para tu cuerpo
es mi cuerpo desnudo.
Vestido así,
no tengo ganas de desnudarme
nunca.
Todo está en donde estuvo, todo late
en el primer latir
de la primera aurora cautivada,
y en su cautivo corazón en pálpito.
Todo fluye
en el mismo fluir de un mismo río,
por el agua tenaz de un cauce idéntico.
¿Acaso es que no sientes en tu piel
la salvaguardia de otra piel pretérita,
las sangres centinelas de tu sangre,
las sombras que fecundan a tu sombra?
¿No sabes escuchar bajo la voz
los coros primordiales de las voces,
ni el ser de la palabra en cuanto somos,
ni el eco de vivir en lo que hablamos?
Lo que antes eran hombres hoy es tiempo,
las mujeres que han sido son del aire,
la arena vagabunda, nuestros hijos.
¿En el volar, no ves el vuelo inmune?
¿No amas, en el amar, el amor único?
A fuerza de mudarse, nada cambia;
de tanto discurrir, todo está inmóvil.
Hay una sola frente pensativa
que entiende la hermandad de cuanto existe
y en cuanto ha muerto ve lo que no muere.
¿Qué se fizieron, pues? ¿Dó los escondes?
Cierra los ojos para ver más claro
y sal fuera de ti para morar contigo.
Soledad, sí
pero tú nunca.
Ausencia,
pero tú nunca:
inmóvil luz sin término
bajo la luna fría
de la falta de amor.
Miro el río y hacerlo me consuela
porque en sus aguas calmas rememoro
la vida que he pasado contemplándolo.
Aunque con su corriente se marcharan,
para nunca volver, penas y gozos,
el engaño del tiempo hace posible
que no parezcan duras esas pérdidas.
Están en mi mirada las mañanas
tranquilas de domingo, pero también,
proyectadas sin luz en su reflejo,
las sombras acechantes de la noche.
Y están en las orillas los recuerdos
de las tardes de amor y están las voces
de los niños que juegan y se bañan.
Mi vida es este río que me lleva,
esta apacible huida hacia la muerte.
Mis ojos, al mirar, sin edad sueñan.
Y me siento feliz por cuanto intuyo
debajo de sus aguas incesantes.
A Joëlle Guatelli Tedeschi
He aquí la bella flor que desmiente mi invierno como imagen de muerte,
abierta en la luz fría, frente a la nieve hostil, junto a los lirios tímidos
que en las herrizas vírgenes proclaman agrupados el vigor de la vida.
Un discreto perfume, nunca el de la nostalgia, nunca el de los deseos,
sino el constante aroma de las hojas tenaces con su verdor, me acepta
con mi espeso ropaje de ceniza y de humos y mi opaco latido.
Cautivo de su ofrenda, su tersura, su brillo, su vigor, su gallarda
vinculación al aire, vigilo. Ahora la riego, de la escarcha la cubro,
me cubro con sus pétalos, con su mano piadosa que me tiñe de aurora.
¡Ay, terca niña!
Le dices que no al viento,
a la niebla y al agua:
rajas al viento,
partes la niebla,
hiendes el agua.
Te niegas a la luz profundamente:
la rechazas,
ya teñida de ti: verde, amarilla,
– vencida ya – gris, roja, plata.
Y celas de la noche,
la ardua
noche de horror de tus entrañas sordas.
Cuando la mano intenta poseerte,
siente la piel tus límites:
la muralla, la cava
de tu enemiga fe, siempre en alerta.
Nombre te puse, te marcó mi hierro,
«cáliz», «brida», «clavel», «cenefa», «pluma»…
(Era tu sombra lo que aprisionaba.)
Al interior sentido
convoqué contra ti. Y, oh burladora,
te deshiciste en forma y en color,
en peso o en fragancia.
¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprehensible!
¡Ay, niña terca.
Ay, voluntad del ser, presencia hostil,
límite frío a nuestro amor! ¡Ay turbia
bestezuela de sombra,
que palpitas ahora entre mis dedos,
que repites ahora entre mis dedos
tu dura negativa de alimaña.
Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. Qué buscas,
poeta, en el ocaso?
Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón. El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!… En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean;
en los montes lejanos
hay oro y sangre… El sol murió…
Qué buscas, poeta, en el ocaso?
En el tren que una tarde de mayo me llevó
de Salamanca a Ávila,
no olvidaré que estuve
totalmente de acuerdo con la vida.
Era una tarde en la que diluviaba,
y frente a mi ventana iba pasando
todo el campo mojado: trigales ya crecidos,
a los que el agua daba un verdor muy reciente;
dehesas con encinas entregadas
a la quietud de su ensimismamiento
y terneros impávidos pastando
bajo la espesa lluvia;
algún pueblo pequeño,
con sus cigüeñas en los campanarios.
Y arriba un cielo trágico, como de fin de mundo,
lleno de apretujados nubarrones
sin cesar hostigados por hermosos relámpagos.
Marchaba el tren despacio; yo iba en el tren muy solo,
pero estaba contento y nada me faltaba,
porque es fácil sentirse venturoso y colmado
en una tarde como la que digo,
aunque sepamos bien que en otras ocasiones
puede la vida ser despiadada y terrible,
aunque el amor se acabe y aunque exista la muerte.
«De ti me fío, redondo
seguro azar»
Pedro Salinas
Te encontraré
postrada tras una revuelta del otoño
-estandartes de sol helado,
barricadas de hojas secas-
o no te encontraré.
Te encontraré
desnuda frente al mar en el rellano
de una escalera oscura
-y no me atreveré a rozar tu cuerpo-
o no te encontraré.
Te encontraré
sucia de soledad o de heroísmo,
acribillada de pájaros sin vuelo,
inmensa e íntima cual cielo sin heridas.
Te encontraré.
Cuántas mujeres duermen
en mis versos, ah,
para siempre…