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El largo aprendizaje – Jenaro Talens

Una mujer, un hombre, una ciudad.
La ciudad sin objeto. O una escena de amor.

Alguien que se desdobla en estrías de luz,
caminando sin prisa por los soportales.

Una mujer aún joven; sus inciertos poderes
sin otros límites que los que impone
un rostro ajeno donde nadie ve.

El hombre avanza a tientas por el pálido cielo,
dueño de un aire intacto que no puede usar.

Ando cansada por las avenidas,
dice; no es amarillo
este fuego en que quemo mi vacilación.

Él no responde, se reclina, espera.
Ella sonríe. No es silencio: sabe.

Del otro lado del espejo, noche.
Y una mujer, un hombre, una ciudad.

AGOSTO EN EL JARDÍN – Álvaro Valverde

Cesa la luz
y el tiempo
se suspende
y se levanta
apenas una brisa
como, si en su caída,
el sol moviera el mundo.

Con naturalidad,
respiras hondo.
Hueles entonces
el nítido perfume
que llega del jazmín.

Está debajo.
A lo largo de un muro,
a media altura.
Contemplas
sus hojas delicadas,
su tronco (que parece
el trazo de un dibujo
chino antiguo),
sus mínimas, fugaces
flores blancas.

El olor es intenso,
de otro tiempo tal vez,
evocativo.

Comprendes bien
que por encima
de cualquier otro hecho,
de este agosto en el sur,
quedará en tu memoria
ese momento:
alguien que, a solas,
mientras el sol se va,
huele el jazmín.

Los pasos – César Simón

Más noche que en las calles cabe en uno
cuando pasa. ¿A qué andamos?
Allá creo que existe una muralla.
Cae la desolación a tierra. Es suelo.
Qué charco. Qué silencio.
El límite, qué claro. Noche cruda,
haznos como tu hielo.

El diamante es duro. Está al final.
El azufre es ardiente. Se rebasa,
se vuelca, llega al más allá. Su triunfo
es un delirio. Oh muerte.

Pero nosotros somos turbios.
No cuajamos.
No vemos bien la sombra.
Y, sin embargo, qué ágiles,
qué fugitivos tras la esquina
subimos por la noche,
huimos, nos perdemos
en los años.

Mujer en forma de elegía – Jenaro Talens

I

Pura como un enigma,
como la luz desnuda que respiro,
dime qué soy para el silencio
de esta noche de agosto,
sin milagros ni júbilo,
de este noviembre anticipado
donde el amor se anilla como fruto
sobre tus hombros frágiles, y tu
cuerpo se vuelve playa rumorosa
para mis manos, donde se endurece
tanto brusco recuerdo,
como un mar desbocado
que fuese asombro y muerte y aventura
y no supiera que aún hay tiempo, que
halló hospitalidad donde halló nido.

II

Desnuda y grácil como el aire
viniste a mí desde una primavera
donde la nieve es dulce y da sentido.
En tu amorosa inundación moraba
la plenitud de un mundo devastado
sobre el abismo de la carne. Ardías,
sola en medio del frío
que me llevaba a ti, blancor indescifrable
donde no hay antes ni después ni nunca
sino luz, puro espacio
donde el deseo anida sin objeto.
Es otoño otra vez. No hay soledad, ni voces,
sólo palabras que simulan lumbre
sin comprender que el agua de tu boca
pudo apagar el fuego de mi infierno.

 

III

Esta lenta penumbra con que muere noviembre
se posa en la terraza, junto a la enredadera
que ella sembrara un día tan cercano.
Una pereza húmeda diluye su memoria
entre la tierra seca, como esa sed tan dócil,
empapando una lluvia que no llega.
Aquí buscó fingir un posible horizonte
inventando una gruta que fuese como un cielo,
y conoció la muerte por sí sola.
Es éste un sitio donde crecen flores.
Supe de la ternura por su opacidad.
Y era el aire tan frágil que no siento su aroma
sentado en esta noche donde el sol ya no brilla
oculto como está bajo una nieve
hecha de amor y límites y olvido.