Archivo de la etiqueta: Poesia española

El mar – Joan Margarit

Com els lloms foscos d’un ramat de poltres,
les onades s’acosten, desplomant-se
amb una remor sorda però lírica
que Homer va ser el primer a saber escoltar.
Cansades de la llarga galopada,
es posen a tremolar.
Després es queixen, ronques de plaer,
com una dona als braços de l’amant.
Les onades, més tard, comencen
a abraonar-se, escumejants, com llops
que haguessin olorat alguna presa.
El ponent, arribant de rere meu,
posa medalles roges als seus lloms.
En la vora mullada de la sorra
veig les teves empremtes i, per l’aire,
passa una ombra daurada del teu cos.
Era de tu que m’avisava, doncs,
amb els seus gestos de sordmut, el mar.
Està dient que el lloc, dins meu, que ocupes
serà part de l’infern si el deixes buit.
Que al fons d’aquest amor torna a esperar-me
la desolació dels meus vint anys.

Pietat – Joan Margarit

El temps entre dos trens. S’hi ha acostat
buscant aquella guerra de la infància.
És patètic provar de conversar,
als cinquanta, amb el pare de vint anys.
Vora el vell riu fangós de la batalla,
gronxa herbotes el vent davant la làpida.
És una jove eternitat passant
com les aigües de l’Ebre, lluny de casa.
La tarda va tornant-se una campana
amb ocells foscos per camins de canyes.
Li va deixar un passat petit i gris,
acabat per la bala d’algun màuser.
De sobte, descobreix que està plorant
com un pare a la tomba del seu fill.

Barcelona – Joan Margarit

Aquest nom és encara un refugi.
La santedat civil de la cobdícia
i també l’exabrupte generós
dels morts a Montjuïc, enfront del mar.
On és aquella burgesia culta?
I aquells obrers que, a més del seu ofici,
se sabien poemes de memòria?
Què pot, encara, unir-me a una ciutat
a qui li veig la cara maquillada
com d’una mare morta?
Callat, escolto el ferro dels tramvies
que quan jo era jove passaven per la Rambla:
una sonata de pobresa i roses.
Però, a Montjuïc tinc dues filles,
i ara m’ofèn una gentada estranya,
que s’encega en la festa innecessària
d’hotels gelats i aparadors superflus.
Sol ser als refugis
on, a vegades, fa més fred que enlloc,
desolada ciutat que fas de puta.

IDENTITAT – JOAN MARGARIT

Què fer de les paraules al final?
Si vull trobar què sóc no puc buscar
més que en dos llocs: la infància i ara que sóc vell.
És on la meva nit és neta i freda
com els principis lògics. La resta de la vida
és la confusió de tot el que no he entès,
els tediosos dubtes sexuals,
els inútils llampecs d’intel·ligència.
Convisc amb la tristesa i la felicitat,
veïnes implacables. Ja s’acosta
la meva veritat, duríssima i senzilla.
Com els trens que a la infància,
jugant en les andanes, em passaven a frec.

Dignidad -Joan Margarit

Si la desesperanza
tiene el poder de una certeza lógica,
y la envidia un horario tan secreto
como un tren militar,
estamos ya perdidos.
Me ahoga el castellano, aunque nunca lo odié.
Él no tiene la culpa de su fuerza
y menos todavía de mi debilidad.
El ayer fue una lengua bien trabada
para pensar, pactar, soñar,
que no habla nadie ya: un subconsciente
de pérdida y codicia
donde suenan bellísimas canciones.
El presente es la lengua de las calles,
maltratada y espuria, que se agarra
como hiedra a las ruinas de la historia.
La lengua en la que escribo.
También es una lengua bien trabada
para pensar, pactar. Para soñar.
Y las viejas canciones
se salvarán.

POESÍA – Joan Margarit

Tampoco, como Sísifo, yo conozco mi roca.
La subo a lo más alto. Pero cae hasta abajo.
Vuelvo a buscarla, es pesada y áspera.
Aun así la caliento entre mis brazos
mientras vuelvo a subirla a lo más alto.
Es una extraña infelicidad.
Pienso que, todavía más cruel,
es no haber encontrado roca alguna
para subirla así, inútilmente.
Subirla por amor. A lo más alto.

Bar de noche – Joan Margarit

Desde la barra miro, más allá del cristal,
una calle oscura sin nadie y escucho
la disonancia dorada
del sol nocturno de la trompeta,
la abstracción donde acaba la lujuria.
Se necesita esta gran ciudad
para saber que estamos solos.
Trapos de niebla y conversaciones
abandonadas dan un tono frío
a lo que pienso, un agujero como una queja.
La lluvia en bruscas ráfagas golpea,
bajo faroles desolados, un parabrisas
de mi recuerdo. Detrás, tal vez, tú.

El cuerpo en el alba – Emilio Prados

Ahora sí que ya os miro
cielo, tierra, sol, piedra,
como si viera mi propia carne.

Ya sólo me faltabais en ella
para verme completo,
hombre entero en el mundo
y padre sin semilla
de la presencia hermosa del futuro.

Antes, el alma vi nacer
y acudí a salvarla,
fiel tutor perseguido y doloroso,
pero siempre seguro
de mi mano y su aviso.

Ayudé a la hermosura
y a su felicidad,
aunque nunca dudé que traicionaba
al maestro, al discípulo,
más, si aquel daba forma
en su libertad
al pensamiento de lo bello.

Y así vistió su ropa
mi hueso madurado,
tan lleno de dolor y de negrura
como noche nublada
sin perfume de flor,
sin lluvia y sin silencio…

Solo el cumplir mi paso,
aunque por suelo tan arisco,
me daba luz y fuerza en el vivir.

Mas hoy me abrís los brazos,
cielo, tierra, sol, piedra,
igual que presentí de niño
que iba a ser la verdad bajo lo eterno.

Hoy siento que mi lengua
confunde su saliva
con la gota más tierna del rocío
y prolonga sus tactos
fuera de mí, en la yerba
o en la obscura raíz secreta y húmeda.

Miro mi pensamiento
llegarme lento como un agua,
no sé desde qué lluvia o lago
o profundas arenas
de fuentes que palpitan
bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte.

Hoy sí, mi piel existe,
mas no ya como límite
que antes me perseguía,
sino también como vosotros mismos,
cielo hermoso y azul,
tierra tendida…

Ya soy Todo: Unidad
de un cuerpo verdadero.
De ese cuerpo que Dios llamo su cuerpo
y hoy empieza a asentirse
a, sin muerte ni vida, como rosa en presencia constante
De su verbo acabado y en olvido
De lo que antes pensó aun sin llamarlo
Y temió ser: Demonio de la Nada.

En nombre de muchos – Blas de Otero

Para el hombre hambreante y sepultado
en sed salobre son de sombra fría,
en nombre de la fe que he conquistado:
alegría.

Para el mundo inundado
de sangre, engangrenado a sangre fría,
en nombre de la paz que he voceado:
alegría.

Para ti, patria, árbol arrastrado
sobre los ríos, ardua España mía,
en nombre de la luz que ha alboreado:
alegría.