Estremecido vi tu boca aprisa
y no era todo, pero era el ave.
Asombro fuiste, pero no es la clave.
Más he caído en mí que en tu sonrisa.
Venía yo de penitencia. Y misa
necesitaba. Y la cantaste suave
como la noche que, aunque duerma, sabe
que oficia, oficia, oficia, oficia, oficia.
De mi sorpresa se creó el diamante.
De tu repente, el rayo. Y con ojeras
pulido me quedé como quien jura.
Mas de lo que amo a mí hay un instante.
Un destello que resta sus maneras.
Una salud que tiene calentura.