El hijo de la noche – Aristófanes

Al principio existían el Caos y la Noche,
el negro Erebo, el Tártaro espacioso;
no existían la tierra, la atmósfera ni el cielo.
En el seno infinito del Erebo la Noche de alas negras
pone un huevo sin germen y, cumplidos los ciclos,
nace adorable Eros, con dos alas de oro brillándole en la espalda
igual a un torbellino de viento huracanado.
Y en el Tártaro inmenso, Eros unido al Caos de alas tenebrosas
engendró nuestra raza y la sacó a la luz.
No existía el linaje de los dioses
hasta que Eros mezcló los elementos
y unidos entre sí surgió el océano,
surgió el cielo y la tierra y la estirpe indestructible
de los dioses felices.

Ante el mar – Antonio Lucas

Detrás de tanta noche hereditaria
un hombre mira el mar de espaldas a lo vivo.
Confía en la aventura
de no tener delante más párpado que el agua.
Es alguien asomado a su extremo más mortal,
donde todo se libera de sentido.
Un hombre ya sin gozo ni trofeo.
Un hombre con la voz desordenada,
con la piel de muchos años como un alcohol fingido.

Está mirando el mar donde el mundo no merece más pretexto.
Es uno de nosotros, visible en lo invisible.
Un cuerpo con sus glóbulos, su prodigio, su sonido,
con su verdad que llega a oírse.
Un hombre sabiéndose irreal cuándo aún se siente cierto.
Un hombre ya implacable, con su estatura de fiebre,
con su atlas de espumas,
con la vida un poco aparte y derramando olvido.

Es exactamente así:

Pues cuando un hombre observa el mar
amplía la nostalgia de sí mismo.

Tirano de los hombres – Eurípides

Eros, Eros, tú que de los ojos el deseo destilas
y goce dulce inoculas en el alma
de aquellos contra quienes combates,
no te aparezcas nunca con dolor
ni llegues hasta mí desmesurado.
Porque el dardo del fuego y de los astros
no tiene más poder que el de Afrodita, el que arrojan las manos
de Eros, hijo de Zeus.

Vana, muy vanamente, a orillas del Alfeo
y en las moradas píticas de Apolo
la sangre de las víctimas nutre la tierra griega.
Pero a Eros, tirano de los hombres, el dueño de las llaves
de las gratas alcobas de Afrodita,
no solemos honrarlo: a él, que cuando llega,
aniquila y empuja a los mortales
por el centro de todas las desgracias.

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte… – Susana March

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte, prefiere
aguardar en la sombra tu primera llamada,
si mi tímido anhelo sabe apenas decirte
con torpe lengua el verso que me dicta la sangre.

Si no sé darle nombre a esta hoguera en que vivo,
ni logro desprenderme de mis cansados credos,
y ahuyento entristecida los rápidos corceles
que habrían de llevarme a tu sueño, a tus labios…

Si soy así, tan pobre, con mi cuerpo encendido,
encarcelado al vago fantasma de mi miedo,
el alma hecha jirones, batiendo sobre ella,
los pecados del mundo, tercamente, uno a uno…

Ven tú que desafías leyes, prejuicios, miedos;
tú, que llevas la vida sobre los hombros, ancha,
tú que arrasas montañas, que desnucas el mundo
con tu fuerza de macho sin fronteras ni angustias.

Lo mismo que las otras, yo te estoy esperando.
Sellada está mi boca; sellada mi ternura.
-¡Oh Dios, cómo rebosa este fuego, esta llama!-
Rompe tú todo sello, desgarra, libra, entra.

Las durmientes – Queremón

Una estaba tendida y a la luz de la luna,
suelto el broche del hombro, mostraba un pecho blanco;
a otra desató el costado izquierdo
la danza impetuosa y desnuda enseñaba
a la visión del cielo un cuadro vivido;
lo blanco de la piel contrasta luminoso
con las negras labores de la sombra.
Una, que ha desnudado los brazos tan hermosos,
al cuello de otra joven se abrazaba.
Y otra bajo los pliegues rasgados de su túnica
dejaba ver un muslo, y desesperanzado
el deseo marcaba con su sello la hora jovial.
Les hacía caer la somnolencia sobre los calamentos
y les quiebran las alas negras a las violetas
y al azafrán, que imprime en el tejido de los peplos
su silueta de sol, y sobre prados tiernos
sus cuellos reclinaron.

El silencio – Isla Correyero

Todo el silencio de mi vida
está encerrado en un grano de ámbar.
Todo lo que callé y aún callaré
está escondido allí.

La sola voz desnuda que me obliga al secreto
y ni lágrimas vierte ni impaciencia,
en un punto negro dentro del amarillo fulgor
que el alma tiene,
una extensa planicie de oro en el desierto
esférica y helada
con un solo habitante en su interior:
un pájaro gigante, muy lejano
atrapado en la quietud de la resina
derretidas las patas por el tiempo
y la mirada ingenua del que muere inocente.

Todo el silencio cabe en un segundo
en un sueño
en una seña
o en el último estertor junto a otra boca.

Por eso escribo sin violar las leyes del silencio
con la tristeza en flechas arrancadas del labio
escarchada en cristales de azúcar y aguardiente
cual ramo de anís en la botella blanca
o faisana soñando solitaria
en los bajos espumeros de la sal.

Todo mi reino está rayado a esmeril
y es pasto del olvido
costa brumosa surcada de aguanieves
intenso mar que vive en mí
con la niebla y la sombra.

De sus playas extraje todo el ámbar
de mi azotado corazón, todo el silencio.

Claro fue nuestro amor; y al fresco halago… – Leopoldo Lugones

Claro fue nuestro amor; y al fresco halago
plenilunar, con música indecisa,
el arco vagaroso de la brisa
trémulas cuerdas despertó en el lago.

En la evidencia de sin par fortuna,
dieron senda de luz a mis afanes
tus ojos de pasión, ojos sultanes,
ojos que amaban húmedos de luna.

Con dorado de joya nunca vista,
tu mirada agravaba su desmayo.
y removía su ascua en aquel rayo
la inquietud de león de mi conquista.