EN Jungborn, en el Harz,
hay colinas y un prado,
y en lo verde, cabañas.
Con cautela, Kafka abre la puerta de la suya.
No le agrada la idea de ver aproximarse
algún cuerpo desnudo
de los que a veces pasan.
Bajo la poca luz, hay tres conejos
que lo miran, quietos.
¿Adustos? Vienen quizás a reclamarle,
a él, que está vestido, la intromisión
de lo innatural en lo natural:
gente desnuda junto a castos conejos,
arropados en su pelaje suave,
«variegati» diríamos, si ellos fuesen
tres plantas que han optado por moverse,
pero por un segundo estarán quietas.
El aterrado Kafka olvida sus pulmones
y entra a soñar mi sueño.
Archivos Mensuales: abril 2024
Manuales heredados – Bibiana Collado Cabrera
MANUALES heredados de padres
y abuelos de otros.
Los míos estaban en el campo,
el esparto no llegó a absorber la tinta.
Hubiera querido que la inocencia
de nuestras cartulinas de colores
hubiera sido izada con las cañas
usadas para varear los almendros.
Pero el cerro es ya una piedra
donde sentarse a inventarnos los ayeres.
Las lindes no se aprecian desde el llano.
El sol de este domingo no refulge.
Sentados en el parque distinguimos
las urnas-dormitorio donde acecha
la verdad proclamada de la infancia.
A toro pasado – Ida Vitale
AHORA es ayer, cuando te imaginabas
contra la gala real del cielo abierto,
en calma. Ahora sí, ya has llegado
al mercado del inútil saber.
Inesperados ámbares rezagan
un fósil de otro tiempo, llegan sueños,
recuerdos analgésicos, sensatos,
pero sólo algo como algas queda
escurriendo de manos que ignoraron
siempre el arte de asir el bien que huye.
Abrumado lo que se creyó a salvo,
sin fe ya esperas lo poco que resta.
Elegía – Tomas Tranströmer
Abro la primera puerta.
Es una habitación grande y soleada.
Por la calle pasa un camión
que hace temblar la porcelana.
Abro la puerta número dos.
¡Amigos! Bebisteis oscuridad
y os volvisteis visibles.
Puerta número tres. Una angosta habitación de hotel.
Da a una calleja.
Una farola brilla en el asfalto.
La hermosa escoria de las experiencias.
Visión oscura – Ida Vitale
AL tajo de penumbra
resbalan posos de otros días,
mientras, tras los vidrios velados
veo partir los indecisos estorninos.
En la ventana recalan
ecuaciones, no su angustiosa solución,
no su elusión. Si torpes,
quizás no sean inútiles ni tramposas:
las plantean fantasmas que,
ajenos a tentación o cautiverio,
apenas dicen que ya pasó su tiempo
y se evaporan hacia un silencio
que ya no oculta nada.
Del carcaj – Gloria Gil
Sin que tiemblen más tus dedos,
la mano hacia la espalda
atrapa del carcaj
la penúltima flecha que resiste.
Silenciosa como sueles,
te agazapas en la jara.
Sabemos que lo sientes aun sin verlo.
Concentras tus pupilas
hacia el cuerpo que recorres,
nervios y sistemas en alto.
Vas a disparar un pacto:
que nadie se mueva.
Mi frailecico – Blas de Otero
Conmigo está mi dueño
leyendo su lectura silenciosa.
Mi dueño es muy pequeño,
mas tiene voz de rosa
cuando del alma el canto le rebosa.
Leyendo está mi amigo,
y yo con él, penando vivo y muero.
A solas, sin testigo,
así es como le quiero,
hablándome un sentido muy de vero.
Con este frailecico,
el alma se recoge y empavesa;
¡qué importa si es tan chico,
si el alma es la que besa
y amigos son sus labios de Teresa!
Con ella, y con su voce,
no quiero otro coloquio, por ventura.
En ella está mi goce;
con ella, la Hermosura
de amor que me da fiebre y calentura.
Que si ella es, castellana
de Dios, lo que del mundo yo más quiero,
él tiene una fontana
tan rica de venero,
que en ella me adolezco, peno y muero.
Por ella yo quisiera
dormirme entre los brazos del Esposo,
muriendo de manera
tan alta, y silencioso,
que abriérame este pecho que reboso.
Nuestro Salieri – Diego Maquieira
Fue de entrada en casa de Carmine Galante
nuestro inculto sastre mal hablado
y experto en tapices etruscos
donde estuvimos cerca de componer un oratorio
y de dar un buffet de sesos engreídos
pues nos topamos otra vez con Salieri
el confesor laureado de esta república
que se mandaba a hacer sus casullas
de marta cibellina con Galante también
Qué promiscuidad, Luchino
y qué incómodo además para Salieri
verse sorprendido allí donde Galante
probándose la ropa
Habíamos olvidado que aun vivía
y no nos dio ganas de hacerle algo
de hilarle el cuello a los turbos del Harrier
y dejarlo caer al mar como betarraga
por inmiscuirse en nuestras telas
Pero ahí al verlo hicimos memoria
Demonios
Qué bajoneante para la lengua española
y qué merma para los dineros del culto
seguir mamando y con décadas de atraso
las puerilidades seniles de un pendenciero
cuya vanidad era infinitamente mayor
que su insignificancia
Lo vimos irse, Luchino
irse rodeado por los mozos de Galante
que le tapaban el bolso.
Ruidos – Miguel Ángel Velasco
EL tic-tac del reloj como un insecto
que maquina la ruina de las vigas,
araña que edifica
su minuciosa red en mis oídos.
Los yambos y troqueos que fabrica
el oído acorralado.
El dáctilo metálico en el tímpano.
Los ruidos de las tripas
del gato que se extingue lentamente
en la silla de al lado.
Los ruidos de las mías
con su oscuro gruñido indiferente
de vieja cañería.
Maullidos de otros gatos enzarzados
en reyerta de espinas.
El maullido del viento;
su arañazo de esparto entre los pinos.
El mismo viento como un mar de lija.
Crepitar de rescoldos.
El crujido de un hueso en la mandíbula.
El motor de tu coche que se acerca.
El ruido de la verja. La puerta del garaje.
Tus pasos cuando subes la escalera.
La puerta de la casa, su chirrido.
Las pezuñas del perro en las baldosas.
El roce de tu cuerpo en la cortina.
La bulliciosa esquila cuando orinas
deshaciendo la trama de los ruidos.
Cárcel de sombra – Sergio Arlandis
Siempre del centro de la luz emana
la oscuridad adversa.
Aunque sea una zarza ardiente
en un mundo de sombras:
ese dolor de todos los reversos.
Mas no digáis que, a pesar de acatarlo,
no es hiriente para los ojos
como para la mano esperanzada,
saber que hasta el propio hecho de amar
lleva consigo
la triste cárcel de sus sombras.