Queríamos a Brando acá en el bote queríamos recuperar a Brando que llevaba siete años de prenda de guerra encarcelado en la Capilla Sixtina convertida en celda de la conciencia por los disciplinantes milenaristas Pero los milenaristas no lo querían soltar Estaban embelesados con la captura de Brando y lo hacían pasarse mirando el techo y con la primera bajada de cuello amenazaban con agregarlo al Juicio Final mientras afuera rodeábamos cómo sacarlo cómo irrumpíamos sin rozar la capilla Ma seguido de arduas comidas privadas de bajas recíprocas y de graves daños y con atentados colosales durante los postres donde las llamas ensanchaban las sacristías canjeamos a Brando por un Tiziano guardado en el mar bajo armamento para cubrir expensas de gustos caros Así subimos a Brando al Harrier y le abrazamos la papada en la nave pero Brando venía difícil y contrariado venía con la boca mordida de ayunos y al posarnos suave sobre la cubierta del CittáFelice mandó a escobillar su abrigo de sacos y soltó el racimo que traía en la lengua: Prescindiré de recepciones ni cancillerías Prescindiré del alcohol, de las pastas de los helados de asiento de alcachofa de los propensos excesos al desengaño y de mis mujeres que me han crucificado Pero no cruzaré el desierto para hacerme perdonar el oro del dolor que he infligido No fornicaré, no me deleitaré ni me pondrán de rodillas No quiero ni demostrar, ni sorprender ni divertir, ni persuadir Aspiro al fin de mí mismo en vida y sin la constatación de mi muerte Nadie me volverá a ver en mil milenios El tiempo se está acabando. Es serio Los dura sangre y las orugas de la miseria no cejarán hasta devastarme. Lo sé A un mimo como yo no puede permitírsele vivo.
Canción del macho y de la hembra! La fruta de los siglos exprimiendo su jugo en nuestras venas.
Mi alma derramándose en tu carne extendida para salir de ti más buena, el corazón desparramándose estirándose como una pantera, y mi vida, hecha astillas, anudándose a ti como la luz a las estrellas!
Me recibes como al viento la vela.
Te recibo como el surco a la siembra.
Duérmete sobre mis dolores si mis dolores no te queman, amárrate a mis alas acaso mis alas te llevan, endereza mis deseos acaso te lastima su pelea.
¡Tú eres lo único que tengo desde que perdí mi tristeza! ¡Desgárrame como una espada o táctame como una antena! Bésame muérdeme, incéndiame, que yo vengo a la tierra sólo por el naufragio de mis ojos de macho en el agua infinita de tus ojos de hembra!
Nada está sujeto a los ojos para siempre Nada tiene lazos de leyenda a través del murmullo Sólo tu sombra da el destino y despierta la caverna Tu lumbre que suspira a modo de subir Entregándose entera en su esperanza Como chispa confiada y como signo de su hondura
Volvamos al principio sin conclusión alguna En virginal salida de la piel vidente Sin suceso del día ni del año sino largo memorial De la raíz a la más alta punta Con los dedos crecidos por el viento Y el terror de los anuncios obscuros regalados Humildemente regalados como semillas a la madre Así el barco buscado por sus aguas Ha de reconocer los fluidos de su acento Y será reconocido por las puertas hermanas
La idea es nacimiento y sepulcro de grandes alas Es vuelo general es huñida de células y huesos En árbol repentino sin recuerdo aparente Es un río asomado a su balcón En el ir y venir de rincones incógnitos Entre cabezas y corazones asustados por su modo de ser Infinito alarido por el tiempo enseñado Con tanta muerte adentro que es cúspide de vida Interminable océano sacrificado a la noche Y noche sacrificada al sol que no la espera
Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.
Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.
Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas
y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.
Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos buscan las tuyas porque si yo te amo y tú me amas tal vez no todo esté perdido. Las montañas duermen abajo y quizás las margaritas enciendan el campo de flores blancas. Un campo donde Los Andes y el Pacífico abrazados en el fondo de la tierra muerta despierten y sean como un horizonte de flores nuestros ojos ciegos emergiendo en la nueva primavera. ¿Será? ¿será así? las margaritas continúan doblándose sobre el mar difunto, sobre las grandes cumbres hundidas y en la oscuridad, descendidos, como dos envejecidas pieles que se buscan, mis dedos palpan a tientas los tuyos porque si yo te toco y tú me tocas tal vez no todo esté perdido y, podamos adivinar algo del amor. De todos los amores muertos que fuimos y de un campo de flores que crecerá cuando nuestras mortajas blancas, cuando nuestras mortajas de nieve de todas las montañas hundidas nos besen boca abajo y nos vuelvan para arriba las erizadas pestañas.
Caminamos de la mano por el supermercado entre las filas de cereales y detergentes Avanzamos de estante en estante hasta llegar a los tarros de conserva
Examinamos el nuevo producto anunciado por la televisión Y de pronto nos miramos a los ojos y nos sumimos uno en el otro
Y después de tener perdida lo mismo que un pomar la vida, —hecho ceniza, sin cuajar— me han dado esta montaña mágica, y un río y unas tardes trágicas como Cristos, con qué sangrar.
Los niños cubren mis rodillas; mirándoles a las mejillas ahora no rompo a sollozar, que en mi sueño más deleitoso yo doy el pecho a un hijo hermoso sin dudar...
Estoy como el que fuera dueño de toda tierra y todo ensueño y toda miel; ¡y en estas dos manos mendigas no he oprimido ni las amigas sienes de él!
De sol a sol voy por las rutas, y en el regazo olor a frutas se me acomoda el recental: ¡tanto trascienden mis abiertas entrañas a grutas, y a huertas, y a cuenco tibio de panal!
Soy la ladera y soy la viña y las salvias, y el agua niña: ¡todo el azul, todo el candor! Porque en sus hierbas me apaciento mi Dios me guarda de sus vientos como a los linos en la flor.
Vendrá la nieve cualquier día; me entregaré a su joya fría (fuera otra cosa rebelión). Y en un silencio de amor sumo, oprimiendo su duro grumo me irá vaciando el corazón.
A la vuelta de las escarificaciones el parpadear de la locura y la obsesión de los objetos hirientes. Disturbios que reemplazan el alma por la sed en que prueba el alcohólico el gusto de sus vísceras. No se puede dormir en horas sucesivas, completar este cántaro con una arcilla erizada de vidrios sino en todo mezclar la vigilia y la sangre y el miedo al crimen y la eyaculación sobre la arena tórrida.
Levantamos un faro en medio del mar un faro de paredes de papiro que usábamos para guardar los vinos y para echarnos a beber con mujeres pero no hacíamos nada para la posteridad Una noche que intentamos dar Macbeth nos demorábamos meses en darla y se nos olvidaba en qué íbamos Habíamos levantado un faro en el mar para no hacer nada en la vida y gozar desnudos y con mujeres Ma a veces maravillados por un Mirage por una clona que nos hacía los ojos asaltábamos a la sexta flota española y promovíamos graves desórdenes bajo cubierta Pero no hacíamos nada grande la verdad Abusábamos del amor del ocio y del porvenir y bebíamos hasta moverle el piso al mar.