Volviendo a casa desde las crédulas cúpulas azules,
el soñador refrena el despertar de su apetito
aterrorizado en la cosecha de las catacumbas
que surge de noche como una plaga de setas venenosas:
los refectorios en los que se deleitaba se han transformado
en una fonda de gusanos, cuchillas rapaces
que urden en el blanco útero del esqueleto
una podredumbre de lujosos brocados a modo de caviar.
Volviendo las tornas de este gourmet de ultratumba,
entra el diabólico mayordomo y le sirve como banquete
la dulcísimo carne de la obra maestra del infierno:
su propia novia pálida sobre una bandeja flameante:
adobada con elegías, la joven yace de cuerpo presente
aguardando a que él la consagre con su bendición.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
Elegía en abril – Carilda Oliver Labra
Andaba yo volando por el suelo,
sin zapatos,
sin mi traje de nube de las nubes;
sola para tus manos,
patética,
inviolada,
pobre,
sola para tus manos,
sola,
y me empinaba hasta rozarte el ángel.
Andaba yo
-noche sobre la noche-
distraída en tu voz de inconfundibles dalias;
andaba yo como entre acosos de belleza,
clásica,
lírica,
absoluta,
y en las paredes profanadas por otros sin el sueño
rebotaban lejanías, pedazos de palabras,
besos
que guardaré mañana.
Mi boca dio en la tuya
como un ave de paso.
Pensé en abril
y en que las noches de amor son breves como
fósforos negros
De qué serán los versos sino de aquella sombra
que hicimos sobre el lecho?
Su enredadera me arroja en la inocencia
y otra vez soy la misma
que demoraba su salud de novia.
Me he preguntado hoy si tú entendías la media luz
si hallaste el todo,
si te faltaba piel, no quiero, entraña, como a mí.
Me he preguntado si asumes la ternura de memoria,
si odias tu trabajo, los relojes, mi ómnibus,
el alba fiera, insobornable...
¡Ay, tantas cosas...
(¡Qué trastorno hace aquí si te recuerdo,
qué venas tengo nuevas si me ayudas
a duplicar el alba
otra vez en mi frente!)
Y las preguntas pasan inalterables, con verano,
ayer, ahora, siempre,
siempre, ahora, ayer,
y quedo muda sobreseyendo un pájaro,
la fiebre, el mar,
la arena que debe estar contigo,
todas las soledades,
el desayuno triste como un acuerdo impronunciado.
¡Ay, qué palabra diré para ignorarte,
en cuál silencio no hablaré tu nombre
que ya supe!
Mira, te quejas y el amor instala
la agonía,
el tiempo,
la casa extraña donde empecé tu carne
hecha de estalactitas y misterios.
Mira, te quejas,
y yo me acojo a un zumo de azucenas porfiadas,
a niños que desean intervenir mi vientre.
Mira, te quejas,
y estoy yo sola con tu voz
-nelumbio, amarillez, cauto cristal-
viviendo el alarido de la noche muerta
que resucito en el poema.
Yo me pregunto hoy cómo aplacar el cisne,
lo inefable de tu tedio,
la marca de mi alma,
esto que no es morirme aunque me muero.
Y sigo oscura, oscura, oscura,
por gusto derramada,
como esos sauces que nos dicen llantos
que no oímos,
como esas olas que se acaban tan cerca y no miramos,
como esos cánceres horribles que ni duelen,
como esa luz que aunque es la luz porque es la luz
nos deja ciegos...
Yo me pregunto,
llama que no se dijo,
cerrada puerta,
óxido,
hueso maldito,
sed;
yo me pregunto cómo saberte a toda la sorpresa,
a adolescencia,
a naufragio por fin,
a vértigo,
a imposible;
cómo salir de pronto a condenar tu sangre,
a dividirte en truenos,
a ser otra
metida en tus gavetas de estudiante.
Pregunto,
y me socorren todos los incendios del mundo
y vuelvo sola,
y sola vuelvo
y vuelvo sola.
No sé qué tengo. Digo que es jueves
y me asesina un miércoles.
Llega el frío.
Paseo entre callados árboles
sin otro aviso
que el que me traen las horas que nos vieron.
Sí, … – José Antonio Molero Bote
Si,
Te quería
Cuando trenzabas mis dedos
en la ceremonia amorosa.
Cuando abrías la piel
de mi pecho a tiras
o cuando el manto espeso
de amadora virgen te cubría,
te quería.
Y te quería
Cuando, por los broncos bosques,
me arrojabas,
impasible y perfecta,
hacia la trampa mortal
en que tus muslos
se habían convertido.
A LA TRASLACIÓN DE LAS CENIZAS DE NAPOLEÓN – JOSÉ DE ESPRONCEDA
Miseria y avidez, dinero y prosa,
en vil mercado convertido el mundo,
los arranques del alma generosa
poniendo a precio inmundo;
cuando tu suerte y esplendor preside
un mercader que con su vara mide
el genio y la virtud, mísera Europa,
y entre el lienzo vulgar que bordó de oro,
muerto tu antiguo lustre y tu decoro,
como a un cadáver fétido te arropa;
cuando a los ojos blanqueada tumba,
centro es tu corazón de podredumbre;
cuando la voz en ti ya no retumba,
vieja Europa, del héroe ni el profeta,
ni en ti refleja su encantada lumbre
el audaz entusiasmo del poeta;
yerta tu alma y sordos tus oídos,
con prosaico afanar en tu miseria
arrastrando en el lodo tu materia,
solo abiertos al lucro tus sentidos,
¿quién te despertará?, ¿qué nuevo acento,
cual la trompeta del extremo día,
dará a tu inerte cuerpo movimiento,
y entusiasmo a tu alma y lozanía?
¡Ah! ¡Solitario entre cenizas frías,
mudas rüinas, aras profanadas
y antiguos derrüidos monumentos,
me sentaré, segundo Jeremías,
mis mejillas con lágrimas bañadas,
y romperé en estériles lamentos!
No, que la inútil soledad dejando,
la ciudad populosa
con férrea voz recorreré cantando,
y agitará la gente temerosa,
como el bramido de huracán los mares,
el son de mis fatídicos cantares.
No, yo alzaré la voz de los profetas;
tras mí la alborotada muchedumbre,
sonarán en mi acento las trompetas
que derriben la inmensa pesadumbre
del regio torreón que el vicio esconde,
y el mundo me oirá en donde
el precio vil de infame mercancía,
del agiotista en la podrida boca,
avaricioso oía.
¿Qué importa si provoca
mi voz la befa de las almas viles?
¿Morir qué importa en tan gloriosa lucha?
¿Qué importa, envidia, que tu diente afiles?
Yo cantaré, la Humanidad me escucha.
Yo volaré donde la tumba oculta
la antigua gloria y esplendor del mundo;
yo con mi mano arrancaré la losa,
removeré la tierra que sepulta,
semilla de virtud, polvo fecundo,
la ceniza de un héroe generosa;
y en medio el mundo, en la anchurosa plaza
de la gran capital, ante los ojos
de su dormida, degradada raza
arrojando sus pálidos despojos,
«¡Oh, avergonzados!», gritaré a la gente,
«¡oh, de los hombres despreciable escoria,
venid, doblad la envilecida frente:
un cadáver no más es vuestra gloria!».
Sueño infantil – Antonio Machado
Una clara noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría
—era luz de mi alma,
que hoy es bruma toda,
no eran mis cabellos
negros todavía—,
el hada más joven
me llevó en sus brazos
a la alegre fiesta
que en la plaza ardía.
So el chisporroteo
de las luminarias,
amor sus madejas
de danzas tejía.
Y en aquella noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría,
el hada más joven
besaba mi frente...,
con su linda mano
su adiós me decía...
Todos los rosales
daban sus aromas,
todos los amores
amor entreabría.
Galanteo – Pilar Adón
Garantízame una melodía polaca
fabricada de nieve y barro
con gotas de marginalidad.
Ofréceme un viaje de madera
por las vías de un tren en desuso
con verdes mareas y guaridas
habitables.
Cántame como Piaf rota
y luego ocúltame.
No vendas más planos
de pinturas inacabadas,
y deja de perseguir amapolas
por los pasillos encalados que desembocan
siempre
en el mirador.
La sonrisa arrugada de piel mordida
no provoca ya memoria
y tus manos, blancas, de artista expatriada
mendigan tantos méritos,
que los círculos van rotando
en direcciones opuestas.
Recluye con tu genio
la sofisticación de miradas nuevas
y mañana procura salvar del ahogo,
sin súplicas,
a la niña muerta que descansa en todos tus cuadros.
La noria – Antonio Machado
La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula,
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.
Canción – Aurora Luque
Se pierden los sentidos.
Es cierta la canción.
La noción de lo dulce
y amargo se confunde
y el latido de un cuerpo
se convierte en clamor;
el olor de una piel
abruma el universo
y en el fondo, en lo oscuro,
se ve con precisión.
El tacto de unos hombros
descubres por destino:
se ganan los sentidos.
Es falsa la canción.
Me dijo una tarde… – Antonio Machado
Me dijo una tarde
de la primavera:
Si buscas caminos
en flor en la tierra,
mata tus palabras
y oye tu alma vieja.
Que el mismo albo lino
que te vista, sea
tu traje de duelo,
tu traje de fiesta.
Ama tu alegría
y ama tu tristeza,
si buscas caminos
en flor en la tierra.
Respondí a la tarde
de la primavera:
Tú has dicho el secreto
que en mi alma reza:
Yo odio la alegría
por odio a la pena.
Mas antes que pise
tu florida senda,
quisiera traerte
muerta mi alma vieja.
Moja bieda – Antonio Gracia
Ella era triste como una lascivia insatisfecha.
No sabía mirar, no sabía vivir, no sabía morir.
Ella era hermosa como un suicidio de quince años.
No quería ser triste, no quería ser bella, no quería ser muerte.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Tenía el horizonte agarrado a su cuello
como una horca terrible sin forma de patíbulo
y se dejó caer hacia arriba, en la noche.
Ella vino en un beso masacrado, ella vino.
Ella era amor como una errata en un libro de lágrimas.
Ella no tiene cielos ni infiernos en sus ojos.
Tampoco los crepúsculos sonríen a su paso.
Y sin embargo el zoclo se detiene al oírla.
Ella era el cobalto, la manzana y el grítalo.
Quizásmente tal vez ella es una liturgia.
No hubo salacidad que rozase su piel de lepra virgen.
Ella no muere nunca porque no vive nunca.
Jamásmente ella ha sido lo que yo no soy nunca.
No enturbia, no conoce, no sonríe, no llora.
Sin embargo su pálpito eclipsa el universo.
Ella vino en la noche con un beso en la noche.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Yo amé su piel de amianto para mi fuego inútil.
Murió hace doce años al erguirse hacia un beso.
Murió hace doce años llevándose mi vida.
La verdad: yo quisiera
no haber tenido que escribir este poema.