El deseo va por un alambre al corazón
Aspira el aire de su espacio hueco,
alarga sus dos manos,
se sostiene.
Todo ha sucedido sobre alguna primavera
de la isla, en pleno carnaval
cuando los hijos de vecino
se saludan
chorreando la cerveza de un vaso de papel.
De aquí sale un camino que sucede
entre dos mazos de monte,
sobre un hilo se extiende la ciudad,
mis ojos vistos
a la altura del balcón y la camisa
puesta a secar
en medio de la noche.
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La muralla – Nicolás Guillén
Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-Una rosa y un clavel...
-¡Abre la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-El sable del coronel...
-¡Cierra la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel...
-¡Abre la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-El alacrán y el ciempiés...
-¡Cierra la muralla!
Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla...
Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien.
allá sobre el horizonte...
Poema sin nombre – Dulce María Loynaz
He de amoldarme a ti como el río a su cauce,
como el mar a su playa, como la espada a su vaina.
He de correr en ti,
he de cantar en ti,
he de guardarme en ti ya para siempre.
Fuera de ti ha de sobrarme el mundo
como le sobra al río el aire, al mar la tierra,
a la espada la mesa del convite.
Dentro de ti no ha de faltarme
blandura de limo para mi corriente,
perfil de viento para mis olas,
ceñidura y reposo para mi acero.
Dentro de ti está todo; fuera de ti no hay nada.
Todo lo que eres tú está en su puesto;
todo lo que no seas tú me ha de ser vano.
En ti quepo, estoy hecha a tu medida;
pero si fuera en mí donde algo falta, me crezco...
Si fuera en mí donde algo sobra, lo corto.
Brisa que apenas mueves – Nicolás Guillén
Brisa que apenas mueves
las flores, sosegada,
fino aliento del carmen
que blandamente pasas,
ven y empuja mi barca,
presa en el mar inmóvil.
Llévame, poderosa,
en tus mínimas alas,
oh, brisa, fino aliento,
brisa que apenas mueves
las flores, sosegada.
Sobre un grabado de alquimia China – José Lezama Lima
Debajo de la mesa se ven como tres puertas de pequeños hornos, donde se ven piedras y varas ardiendo, por donde asoma el enano que masca semillas para el sueño. Encima de la mesa se ven tres cojines grises y azules, en dos de ellos hay como figuras geométricas hechas con huevos irrompibles. Al lado un jarrón sin ornamento. Pedazos de leña por el suelo. Un hombre curvado con una balanza pesa una cesta de almendras. La varilla de ébano Alcanza de inmediato el fiel. El hombre que vende teme a los tres pequeños hornos que esconden debajo de la mesa. Por allí deben salir las figuras esperadas que vendrán cuando el pesador logre el centro de la canasta. A su derecha el hombre que contempla absorto al pesador, juega con unos pájaros.
El desposeído – Cintio Vitier
No son mías las palabras ni las cosas.
Ellas tienen sus fiestas, sus asuntos
que a mí no me conciernen,
espero sus señales como el fuego
que está en mis ojos con oscura indiferencia.
No son míos el tiempo ni el espacio
(ni mucho menos la materia).
Ellos entran y salen como pájaros
por las ventanas sin puertas de mi casa.
Alguien habla detrás de esta pared.
Si cruzara, sería en la otra estancia:
el que habla soy yo, pero no entiendo.
Tal vez mi vida es una hipótesis
que alguno se cansó de imaginar,
un cuento interrumpido para siempre.
Estoy solo escuchando esos fantasmas
que en el crepúsculo vienen a mirarme
con ansia de que yo los incorpore:
¿querría usted negar, sufrir, envanecerse?
No es mía, les respondo, la mirada,
negar sería espléndido, sufrir, interminable,
esas hazañas no me pertenecen.
Pero de pronto no puedo disuadirlos,
porque no oigo ya mi soledad
y estoy lleno, saciado, como el aire,
de mi propio vacío resonante.
Y continúo diciéndome lo mismo, que no tengo
ninguna idea de quién soy,
dónde vivo, ni cuándo, ni por qué.
Alguien habla sin fin en la otra estancia.
Nada me sirve entonces. No estoy solo.
Estas palabras quedan afuera, incomprensibles,
como los guijarros de la playa.
Quiero a la sombra de un ala… – José Martí
Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala
la que se murió de amor.
Eran de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda.
...Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
obispos y embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores.
...Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer:
ella se murió de amor.
Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente, la frente
que más he amado en mi vida!
...Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada
la pusieron en dos bancos;
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador.
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!
Idilio Perdido – Jacqueline Soto
Voy a dejar que en el viento
se desvanezca el idilio
que un día construí contigo
a partir de un viejo sueño.
Veré tu voz extinguirse,
mi mirada se irá lejos
llevando con ella anhelos
que no pude compartirte.
Y sola me quedaré
desmembrando tu recuerdo
con un vacío en el pecho
que en silencio cerraré.
El lirio – Carilda Oliver Labra
A Raúl Rivero
Llevo un lirio fantástico, tremendo;
bello por fuera y por adentro malo.
Me espanta con su sed. Lo doy, lo vendo,
a cualquiera que pase lo regalo.
Que se vaya a crecer; alto, derecho,
a la tierra más dura de otro hombro.
A mí me da dolor suelto en el pecho,
solitario y de pie como un escombro.
Me estorba su reflejo empobrecido,
su no querer llegar a ser olvido,
su seda intolerable y cenicienta.
¡Quitádmelo de aquí! Pronto... lo pido,
Haced un corazón ciego, abolido,
de este lirio que al fin se me aposenta.
Soneto a la virgen – José Lezama Lima
Deípara, paridora de Dios. Suave la giba del engaño para ser tuvo que aislar el trigo del ave, el ave de la flor, no ser del querer. El molino, Deípara, sea el que acabe la malacrianza del ser que es el romper. Retuércese la sombra, nadie alabe la fealdad, giba o millón de su poder. Oye: tú no quieres crear sin ser medida. Inmóvil, dormida y despertada, oíste espiga y sistro, el ángel que sonaba, la nieve en el bosque extendida. Eternidad en el costado sentiste pues dormías la estrella que gritaba.