EL DÍA TIENE EL DON DE LA ALTA SEDA,
pétalos desandados por el pie de la noche,
monedas en corolas, eso dije.
Pero se izó la nube de magnolia hasta llegar al núcleo ahogado,
estambre eléctrico y pistilo triturado de amor,
monedas deshojadas por el terrible cheque templario
o bien las brujas vírgenes prudentes
y la plomiza nada milenaria.
El día tuvo el don de la alta seda,
amor mío, amor mío, y por eso aún escúchame,
por eso te repito el perdido poema,
amor mío, amor mío, tu voz que amé y que cruza
las pupilas moradas de los puentes,
y tu olor habitado, azul, y todo
lo que ahora abandono y abandonas
no sé con qué propósito,
ni sé de qué manera clandestina,
ahora, mientras yo rompo
la idea de tu rostro
y continúo ignorando
qué invierno,
qué arteria barroca del diciembre aquel,
qué orden despierto es el tuyo
mientras yo vivo sola, y duermo, y te detesto.
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De luz y rosas – Julio Martínez Mesanza
Si no sabe de ti, mi alma no sabe,
acostumbrada al páramo sombrío,
donde estaban tu casa y esas rosas
y la luz que encendías a la noche;
la casa que jamás me abrió sus puertas,
pero sus rosas y su luz bastaban,
para saber de ti, de luz y rosas.
Tu superhéroe – Nach
Cuando la vida te golpee y te caigas,
yo me convertiré en el Hombre Colchón.
Si alguien se acerca para hacerte daño,
yo me convertiré en el Hombre Burbuja.
Cuando tengas ganas de llorar y no sepas dónde hacerlo,
yo me convertiré en el Hombre Hombro.
Si en algún momento te ves andando entre tinieblas,
yo me convertiré en el Hombre Antorcha.
Cuando estés caliente y necesites desahogarte,
yo me convertiré en el Hombre Pene.
Cuando te canses de mí, no te preocupes,
no tendré más remedio que convertirme en el Hombre Invisible.
Trasmundo – Abelardo Linares
Más allá del deseo y su luz torpe,
más allá de la risa, al otro lado
de ese instante sin tiempo o la nostalgia,
lejos de la razón, de la locura,
más allá de mí mismo, de la vida,
tan inútil, tan vieja conocida,
más allá de estos sueños, de esta muerte:
tras de la sombra en llamas de tus ojos.
Inspiración y gracia – José María Pemán
Nada hay perfecto en mí, sino las cosas
que son apenas mías:
el relámpago puro,
la centella infinita.
Todo me es dado en gracia:
gracia humana o divina.
La riqueza mejor de mis riquezas
es mi riqueza gratuita.
Riqueza no ganada: plenitud sin esfuerzo.
Maestría
que se me entró desnuda
como el viento o el sol, por las rendijas
mal cerradas del alma; luz robada;
música no aprendida;
rosa de otros jardines
que la mano de Dios, porque Él lo quiso,
puso en mi pecho mientras yo dormía.
Inspiración y Gracia:
todo lo que hay en mí claro y perfecto
vino a mí, sin esfuerzo, en la alegría
del sol de la mañana
cuando yo estaba de rodillas.
Todo, de vuelta, lo encontré en mi mesa:
servido el pan y el agua,
la lámpara encendida...
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Nunca salí al encuentro de las cosas:
y las cosas mejores
me fueron concedidas.
¡Señor: yo te bendigo
por todas mis riquezas gratuitas!
Ilustre y hermosísima María… – Luis de Góngora y Argote
Ilustre y hermosísima María,mientras se dejan ver a cualquier horaen tus mejillas la rosada Aurora,Febo en tus ojos y en tu frente el día,y mientras con gentil descortesíamueve el viento la hebra voladoraque la Arabia en sus venas atesoray el rico Tajo en sus arenas cría;antes que, de la edad Febo eclipsadoy el claro día vuelto en noche obscura,huya la Aurora del mortal nublado;antes que lo que hoy es rubio tesorovenza a la blanca nieve su blancura:goza, goza el color, la luz, el oro.
Oda del ansia – Luis Rosales
No sólo yo. Silencio. Hay que afirmar el ansia.
Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tu sola evidencia desnuda
sobre el árbol sin agua que agoniza en el ojo.
Tú solo, amor, tú solo, primavera morena,
y los barcos que llevan tu ternura en el ancla.
La mano más pequeña desplegará la honda,
y aceptaré tu sueño sin preferencia alguna.
La fe es una visión temblorosa y alada.
Cuando crezca en el mar la emoción de la yerba
con un vasto temblor de prodigios tirantes,
tú solo, amor, tú solo y alerta, alerta, alerta.
Amor, amor de labios apretados, sin dientes,
todo arena de mar y disciplina oculta.
¿Tendrá sobre mi carne rubores de bautismo
tu ceniza colmada de sombra dolorida?
¿Será una adolescencia de mar? Tendrá una libre
movilidad sin norma de ciprés enclaustrado,
desplegada obediencia —simplísima— del hombro
taciturno de soles y sereno equilibrio.
¿Será un toro dormido sobre el pasto olvidado
tan henchido de sangre, soledad y ternura?
¿O un vuelo de palomas tiránico en la nieve,
evangelio de puentes y porvenir de arroyo?
La tierra, sí, la tierra; voy a hablar lentamente
de la rosa desnuda sin poder, del aroma
de tu fiebre sin nombre en infancias de almendro,
del silencio del remo acogido en el agua,
de enmohecidas veletas con dirección inmóvil,
y de angustias de largas y azules cabelleras.
No sólo yo. Silencio. Como un galgo tendida
mi oración se recorta definida en tu nombre.
Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tú solo, que te sueño desnudo
como un varal de nardos angustiados, tú solo
como un ciervo, en mi frente derramada en el agua.
Ambición de ser mar de las manos viriles.
La presencia es un ala del amor de las cosas,
ascensión hasta el vuelo que agoniza en el ojo
con la angustia imposible de la concha en la arena.
La mano más pequeña desplegará la honda.
¡Dame el cántico, amor, del puro vencimiento!
¡Mis manos son el mar y la brisa y la nube!
¡Tú solo, amor, tú solo, y alerta, alerta, alerta!
A ***, DEDICÁNDOLE ESTAS POESÍAS – JOSÉ DE ESPRONCEDA
Marchitas ya las juveniles flores,
nublado el sol de la esperanza mía,
hora tras hora cuento, y mi agonía
crecen y mi ansiedad y mis dolores.
Sobre terso cristal ricos colores
pinta alegre tal vez mi fantasía,
cuando la triste realidad sombría
mancha el cristal y empaña sus fulgores.
Los ojos vuelvo en incesante anhelo,
y gira en torno indiferente el mundo,
y en torno gira indiferente el cielo.
A ti las quejas de mi mal profundo,
hermosa sin ventura, yo te envío:
mis versos son tu corazón y el mío.
La ternura – Josefina Romo Arregui
Y pensar cómo te busqué, con qué ciega esperanza
hice resonar el silencio con mi llamada;
cómo he sabido abandonar el penetrante fuego apasionado
por seguir tu sendero sencillo con musgo verde
y pájaros escondidos en sus árboles,
llegando hasta tu agua mi rostro
para aliviar las sienes agobiadas e infelices…
Ahora sé que solo eres un fugitivo temblor,
una buena mentira para acallar infantiles congojas;
que nadie puede aprisionarte, pájaro desmesurado en vuelo,
y que en la mano tu limosna no cae
más que en los sueños imposibles.
Solo es cierto el agrio sabor de la manzana verde,
de las grosellas fragantes y luminosas,
y el ácido escalofrío del membrillo duro y oloroso.
Solo es cierto el amor, áspero y fuerte, inconstante y dolorido,
que troncha el esbelto talle de los árboles jóvenes
como el viento del Sur, ardiente e impetuoso.
Solo es cierta la acongojada duda,
la irrazonable pregunta de los celos,
el encuentro de dos pleamares con distinto equinoccio,
de dos hambres que nada sacia,
de una sed diferente y conjunto que se abreva de vino áspero.
Ternura, tú no existes: es tan solo tu nombre
un ojo de agua quieta que se pierde en el llano,
un ojo gris que se estanca y se pudre.
Las nubes te visitan como mi sueño
y mis manos se llegan a tu cauce
hasta romper la dura realidad de un espejo,
de un espejo vulgar, mentira de agua clara.
Y la sed infinita va agrietando mis labios
y retuerce mis manos como secas raíces.
¡Oh, mi agua soñada de ternura!,
pequeña voz del arroyo naciente
que peinabas dichosos tréboles en tu orilla.
Nada tengo, porque no sé si te he perdido por no merecerte,
o acaso no has existido más que en mi anhelo impetuoso,
dulce ser de agua, suave espuma de nube, fugitiva ala de pájaro,
risa de niño, palabra no pronunciada,
voz que nació sin garganta del temblor de las primeras flores de almendro.
Ternura, tú.
No hagas daño, compañero – Augusto Ferrán
No hagas daño, compañero,
ni a los que daño te hicieren,
porque aquel que a hierro mata
casi siempre a hierro muere.