Archivo de la categoría: Poesia española

Rumor rural – Gabriel Celaya

—¡A la eh, Mingo Revulgo!
Gil Arrebato, ¡a la eh!
—Si tú me cuentas tu cuento,
el mío te contaré.
He abandonado mis tierras
porque la guerra es de ley.
—En Madrid están los amos;
aquí queda el padecer
que si se nombra a Castilla
sólo es porque suena bien.
—¿Qué me dices de la gloria
y las conquistas del Rey?
Somos los dueños del mundo
y eso sí que es un poder.
—¡Ay Gil, Gil, Gil Arrebato!,
nuestras tierras tienen sed.
Aquí sabemos del hambre;
en Madrid, no sé de qué.
—Nos han regalado un mundo.
Lo tenemos sin querer.
Como valor no nos falta,
vamos a ver lo que es.
—Más vacío y extorsiones;
más repetir, ya sin fe,
nuestra historia castellana.
Madrid, una y otra vez.
—¡A la eh, Mingo Revulgo!
—Gil Arrebato, ¡a la eh!

Las parejas de payasos
siempre han sido de saber:
El clown y el tontolontón,
el pícaro y el burgués,
el gracioso y el señor,
el mendigo y el marqués,
el labrador y el soldado,
el Licenciado y el Rey
que, alternando sus papeles,
se muestran sólo al revés.
Tan sólo los tratamientos
dicen de uno lo que es:
No es lo mismo Usted que Vos,
ni Eminencia que Excelencia,
Vuesamerced que Señor.
Reverencia al bajo clero,
Señoría al Superior,
Ilustrísima al Obispo;
y sepan usar el Don
de acuerdo con las Pragmáticas
que el Rey Felipe dictó.

Ya lo decía Cervantes
con verdad y con humor:
«—Pues sabes que soy pastor
entona más bajo el punto.
Habla con menos primor.
—Que si eres te pregunto
Amadís o Galaor.
—No soy sino Antón Clemente
y andas, Pedro, impertinente
en hablar por tal comino
—Pan por pan, vino por vino
se ha de hablar con esta gente.»
Y no saldrán de villanos
pues vivir, ¿qué les procura?
Mal pan, ajos y cebolla,
migas y cecina dura.
—Y a vosotros: ¿qué os procuran
vuestras armas y plumeros?
Glorias que nadie recuerda.
Miserias cuando sois viejos.
—No caperuzas de bobo.
—No fantasías de loro.
—¡A la eh!, Mingo Revulgo.
—Gil Arrebato, ¡a la eh!

Santoral agreste – Rafael Alberti

¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!

Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.

El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,

corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.

IMRAM – Antonio Rivero Taravillo

Una navegación extraordinaria.
Eachtraí: aventuras maravillosas
cruzando el mar. Así ahora
he venido a esta isla que dejaron
los marinos atrás. Marcó su estela
la senda de las focas y delfines,
camino de ballenas, hasta aquí,
empedrado de espumas
y con losas de algas y de arenques.

Una navegación extraordinaria
no desde Irlanda, hacia su costa.
San Brendan no viajó a lugar más mágico.

Sobre la colina de Tara,
vi yo
         mi sombra,
mi luz.

Reseña del poeta

cura para lo inconfesable – Regina Salcedo

a la señora le parece que la cura podría hallarse en una imitación aproximada.
por supuesto: prohibidos los espejos; dentro y fuera.
nada de detenerse
a quebrarle la cáscara a tan precaria nuez.

si le fuera posible,
buscaría financiación pidiendo un crédito
o por medio de un crowdfunding  fraudulento.

si de algo está segura
es de que el universo no va a proporcionarle patrocinio
ni a honrarle con la vista de todas sus peonzas
centrifugando unísonas.

por el contrario, teme
que su único aporte consista en unas risas enlatadas
cuando ella se resbale en una roca,
cuando pase los tres primeros días
magullada en urgencias.

así que de momento, para siempre,
se conforma tejiendo tiritas discursivas,
escribiendo secretos en recibos
que introduce en toperas y otros huecos.

y luego, cada noche,
se acuesta unos minutos más temprano,
la huida, cada noche,
un poco más temprano.

Inventario galante – Antonio Machado

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negras noches sin luna,
orilla al mar salado,
y el chispear de estrellas
del cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena carne,
los trigos requemados,
y el suspirar de fuego
de los maduros campos.

Tu hermana es clara y débil
como los juncos lánguidos,
como los sauces tristes,
como los linos glaucos.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano...
Y es alba y aura fría
sobre los pobres álamos
que en las orillas tiemblan
del río humilde y manso.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano.

De tu morena gracia,
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de cielo nebro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios...
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.

Para tu linda hermana
arrancaré los ramos
de florecillas nuevas
a los almendros blancos,
en un tranquilo y triste
alborear de marzo.
Los regaré con agua
de los arroyos claros,
los ataré con verdes
junquillos del remanso...
Para tu linda hermana
yo haré un ramito blanco.

Rosana en los fuegos – Juan Meléndez Valdés

Del sol llevaba la lumbre,
Y la alegría del alba,
En sus celestiales ojos
La hermosísima Rosana,
Una noche que a los fuegos
Salió la fiesta de Pascua,
Para abrasar todo el valle
En mil amorosas ansias,
Por doquiera que camina
Lleva tras sí la mañana,
Y donde se vuelve rinde
La libertad de mil almas
El céfiro la acaricia
Y mansamente la halaga,
Los Amores la rodean
Y las Gracias la acompañan,
Y ella, así como en el valle
Descuella la altiva palma
Cuando sus verdes pimpollos
Hasta las nubes levanta,
O cual vid de fruto llena
Que con el olmo se abraza,
Y sus vástagos extiende
Al arbitrio de las ramas;
Así entre sus compañeras
El nervado cuello alza,
Sobresaliendo entre todas
Cual fresca rosa entre zarzas
O como cándida perla
Que artífice diestro engasta
Entre encendidos corales,
Porque más luzcan sus aguas.
Todos los ojos se lleva
Tras sí, todo lo avasalla;
De amor mata a los pastores
Y de envidia a las zagatas.
Ni las músicas se atienden,
Ni se gozan las lumbradas;
Que todos corren por verla
Y al verla todos se abrazan,
¡Qué de suspiros se escuchan!
¡Qué de vivas y de salvas!
No hay zagal que no la admire
Y no se esmere en loarla.
Cuál absorto la contempla
Y a la aurora la compara
Cuando más alegre sale
Y el cielo de su albor baña;
Cuál al fresco y verde aliso
Que crece al margen del agua.
Cuando más pomposo en hojas
En su cristal se retrata;
Cuál a la luna, si muestra
Llena su esfera de plata,
Y asoma por los collados
De luceros coronada.
Otros pasmados la miran
Y mudamente la alaban,
Y cuanto más la contemplan
Muy más hermosa la hallan;
Que es como el cielo su rostro
Cuando en la noche callada
Brilla con todas sus luces
Y los ojos embaraza.
¡Ay, qué de envidias se encienden!
¡Ay, qué de celos que causa
En las serranas del Tormes
Su perfección sobrehumana!
Las más hermosas la temen,
Mas sin osar murmurarla;
Que, como el oro más puro,
No sufre una leve mancha.
-¡Bien haya tu gentileza
Una y mil veces bien haya
Y abrase la envidia al pueblo,
¡Hermosísima aldeana!
Toda, toda eres perfecta,
Toda eres donaire y gracia;
El amor vive en tus ojos
Y la gloria está en tu cara;
En esa cara hechicera
Do toda su luz cifrada
Puso Venus misma, y ciego
En pos de sí me arrebata.
La libertad me has robada
Yo la doy por bien robada,
Mas recibe el don benigna
Que mi humildad te consagra.
No el don por pobre desdeñes,
Que aun las deidades más altas
A zagales, cual yo, humildes,
Un tiempo acogieron gratas;
Y mezclando sus ternezas
Con sus rústicas palabras,
No, aunque diosas, esquivaron
Sus amorosas demandas
Su feliz ejemplo sigue,
Pues que en beldad las igualas,
Cual yo a todos los excedo
En lo fino de mi llama—.

Esto un zagal le decía
Con razones mal formadas,
Que salió libre a los fuegos
Y volvió cautivo a casa.
Y desde entonces perdido
El día a sus puertas le halla;
Ayer le cantó esta letra
Echándole la alborada:

Linda zagaleja
De cuerpo gentil,
Muérome de amores
Desde que te vi.


Tu talle, tu aseo,
Tu gala y donaire,
No tienen, serrana,
Igual en el valle.

Del cielo son ellos
Y tú un serafín;
Muérome de amores
Desde que te vi.


De amores me muero,
Sin que nada alcance
A darme la vida
Que allá te llevaste,

Si no te condueles
Benigna de mí:
Que muero de amores
Desde que te vi.

Viento de otoño – José Hierro

Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento
gloria final a las hojas doradas.
Arder, fundirse el monte en llamaradas
crepusculares, trágico y sangriento.

Gira, asciende, enloquece, pensamiento.
Hoy da el otoño suelta a sus manadas.
¿No sientes a lo lejos sus pisadas?
Pasan, dejando el campo amarillento.

Por esto, por sentirnos todavía
música y viento y hojas, ¡alegría!
Por el dolor que nos tiene cautivos,

por la sangre que mana de la herida
¡alegría en el nombre de la vida!
Somos alegres porque estamos vivos.

Cumpleaños – Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo 
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

A la espalda – Elvira Sastre

Sigues teniendo la misma mirada
que tienen
los que lloran a escondidas
y a gritos.

Tu rostro es
un trozo de pena arrancado
de algún domingo,
un cúmulo de ruidos
que solo son silencio,
una senda de cicatrices
que empiezan en tus manos
y se agrandan en tus aristas,
que son tantas como bemoles
colman tu vida.

Sé que te sigues acordando de mí
las tardes de otoño,
que se te empequeñece el corazón
cuando llueve
porque has olvidado
cómo te ardió el pecho
cuando te cogí con mis dos manos
y te hiciste un ovillo herido,
que mira al suelo
cuando caminas
porque ahora prefieres pisar el presente
y dejar de vislumbrar futuros.

También sé
que sigues guardando secretos
para quien venga
-guárdate bien,
sigues siendo el mejor que tengo-.
Que tu felicidad insiste en el descanso
y que solo bailas cuando estas despeinada.
Que encuentras el placer
al lamerte las heridas,
que te cuesta decir adiós para siempre
porque en tu espalda está toda tu historia.

Claro que lo sé,
amor.

Me bastó mirarte una vez
a través de todos tus cortes,
de tus excusas y de tus huidas,
de la velocidad de tu acento,
de tus palabras puestas porque sí,
de las frases escritas a media voz,
de los mensajes a destiempo,
de tus ojos rearmados has los dientes.

Me bastó mirarte una vez,
la primera,
para llevarme toda tu tristeza a mis ojos
y no poder mirarte de otro modo,
y no poder ser de otra manera,
y que no pudieras ser de otra forma.

Pero yo te quise así
y tú quisiste que quisiera así.
Eres mi tristeza más pesada,
una losa de pena a la espalda.

Pero en ocasiones,
amor,
a veces,
me recuerdo feliz a tu lado,
te rememoro feliz a mi lado.

Y entonces lo entiendo todo.

Por qué – María Elvira Lacaci

Tú pudiste evitar
que me rasgara el alma
en los alambres
espinados y puestos por los hombres.
Yo bien te pregunté
si tras aquella senda——en apariencia clara——
habría noche para los sentidos. Y noche para ti. A ti te alcanza.
Tú nada respondiste. Yo creí que asentías.
Caminé
poniendo mucha luz en las pupilas.
Caminé... Tú pudiste evitarlo. Tú veías... Lo veías, Señor.
Y, lo mismo que ahora,
jugaste con el brillo
de una estrella asustada y fugacísima.
Y me dejaste ir. Pisar. Hundirme.
Pero aun así
siento que yo te lato
en la divina arteria de tu Esencia (los humanos decimos corazón).
Aun así
ciegamente confío
en esa muda voz que te reclamo.
Sólo digo a menudo:
«No comprendo..., no sé. ¡Porque Tú podías!»