Archivo de la categoría: Poesia española

Letanía del ciego – Carlos Bousoño

Soy como un ciego
RUBÉN DARÍO
Y tú que tanto amas, tanto ríes,
tanto adivinas y conoces tanto,
¿dónde el escudo para que te fíes,
dónde el pañuelo de enjugar tu llanto? 

¿Dónde el camino que no veo ahora?
Dímelo o llora y el mirar suprime.
¿Es ya la noche que no tiene aurora?
Dímelo, dime. 

Y sin embargo tu vivir empaña
mi vivir con un vaho que es ternura,
que es caliente rumor que me acompaña
la noche oscura. 

Y sin embargo con tu mano guías
y a tientas toco lo que apenas veo
y digo acaso para que sonrías
lo que no creo. 

Y toco apenas y tu bulto aprendo
y torpe sigo lo que tú me indicas.
Lo que no miro, lo que no comprendo,
tú multiplicas. 

Tú multiplicas, o quizás es tu invento
porque lo vea aunque quizá no exista.
Entre la noche de mi pensamiento
dulce es tu vista. 

Dulce es tu vista, tu mirar risueño
que mira un llano donde estaba un monte
y que a mi alma de temblor pequeño
llamó horizonte. 

Dulce es tu vista que miró aquel lago
y lo llamaba alegre mar bravío.
Tu generoso corazón es mago.
¡Lo fuese el mío! 

Mis penas – Francisco Martínez de la Rosa

Pasa fugaz la alegre primavera,
rosas sembrando y coronando amores;
y el seco estío, deshojando flores,
haces apiña en la tostada era.

Mas la estación a Baco lisonjera
torna a dar vida a campos y pastores;
y ya el invierno anuncia sus rigores,
al tibio sol menguando la carrera.

Yo una vez y otra vez vi en mayo rosas,
y la mies ondear en el estío;
vi de otoño las frutas abundosas,

y el hielo estéril del invierno impío.
Vuelan las estaciones presurosas…
¡y solo dura eterno el dolor mío!

La madeja – Carlos Bousoño

En la noche callada,
suspenderse a sí mismo, detenerse,
sonido, voz, pisada
confusión que nos llega,
el laberinto, el otro lado,
la vuelta a la desgracia,
la madeja que no se puede desenredar,
la maraña que nos congrega en meditación,
suspender ese movimiento, ese daño,
ese estupefacto dolor,
parados en la noche profunda,
detenidos en ella,
con una madeja en los dedos,
mirándola, sin poderla entender,
por qué la tengo aquí, por qué estaba,
una mano, una mano tan sólo,
una boca de lobo, que más da, alguna boca,
se interrumpe una sílaba, escisión de una lámina,
por que donde, o el viento,
por qué iba, o lloraba,
por qué estamos aquí,
no me puedo desenredar, ojo que mira desde
el sitio de una lágrima.
Algo pasa en el mundo, algo a mí me sucede,
despegarse es difícil, y una madeja lóbrega,
me asusta una madeja, y no entiendo

La tarde – Carlos Bousoño

Sí, nuestro amor trabaja cual labriego
que arroja la semilla que no nace
y el tiempo pisa y bajo el pie se hace
podredumbre que el viento arrastra luego.

Podredumbre es mi amor. Podrido fuego.
Miro la tarde que en el aire yace
como a la muerte. Lejos se deshace
alguna sombra. Es el mayor sosiego.

Ésta es la tierra en que nacimos. Ésta
en la que viviremos. Triste espía
mi corazón a la dorada cresta

del monte aquél. ¡Ansiada lejanía!
¡Quién pudiera creerte, dulce puesta
de sol; soñarte sólo, cielo, día!

El poema – Carlos Bousoño

Todo está allí, y sigue estando allí, en las palabras
misteriosas, que fueron dichas, pronunciadas,
rotas en una voz de hombre. La crispación del alma,
la grave hora del pesar
más hondo. Más también
aquel otro dolor,
mínimo para todos, pero no para ti,
en la estación de lluvias, junto al portal oscuro.
O nuestro recordar una canción, a la orilla del bosque,
en la ladera suave, un momento de marzo...

... Todo está allí, la sombra, el esplendor
del sol entre las ramas
bajas de los cerezos,
nuestros pasos que van por el sendero
junto al seto de moras,
de niños,
un poco retrasados. Y la riña al llegar
tras la merienda, cuando no lo esperábamos.

... Todo está allí, la sombra del castaño
en el verano suave del norte, y el calor de las islas,
la tristeza, el ensueño, la nostalgia,
la desesperación después, cuando todo cedió
rendidamente,
el caminar postrero...

... Todo está allí, moviéndose o inmóvil,
tal como fue en verdad, entre neblina y leve
sueño. Tal como fue, sin conexión, escaso
de realidad, confuso
como vida de hombre.
Y pues fue así, es bien que quede así,
por siempre,
en las fieles palabras.

Orillas del Duero – Antonio Machado

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
y las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!