Estos días azules y este sol de la infancia,
este camino que sigo, que nunca acaba,
que me lleva a todos esos lugares que me nombran
y abrazo, yo también, con la memoria de los versos imborrables.
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Somos mujeres – Elvira Sastre
Miradnos.
Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.
Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.
Miradnos.
Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.
Miradnos.
Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos el tropiezo de otro
que pretende marcar un camino que no existe.
Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a volar a los pájaros.
Miradnos.
Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.
Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.
Miradnos.
Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.
He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.
Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.
Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.
Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.
América Latina – Elvira Sastre
Vino a nombrarte la tierra,
vino a plantarte como si fueras un árbol
y no mi parte izquierda,
vino a sembrarte como agua
y no como aire.
Vino a nombrarte la tierra.
Llego a ti como extranjera y me quedo
como invitada. Eres de color azul,
verde, rojo, amarillo.
Eres de color y eso,
en este mundo de grises que hemos creado,
es igual que partir el silencio con una carcajada.
Te huelen los ojos a fruta recién nacida,
tus manos cantan canciones en otros idiomas
que conozco aunque no comprenda,
hay algo de ti en todo lo que hago y creo que
sería capaz de dibujarte sin usar los dedos.
Tu voz se enciende si la toco,
hay ceniza en tu garganta
pero nada cesa tu grito,
existe tanto cariño en tus esquinas
que el viaje, como el amor cuando es cierto,
siempre es de ida.
Tienes nombre de mujer,
de mujer valiente que se planta,
de mujer que se planta y lucha,
de mujer que lucha y vence,
pero también tienes nombre de mujer que se muere,
tienes nombre de mujer que se muere
porque alguien la mata.
Vino a nombrarte la tierra.
Y vino a quitarte la fuerza,
vino la tierra a sacarte de mi ombligo
y a arrastrarte con ella,
vino a quitarte la vida.
Pero no sabía la tierra
que estás por encima de la muerte,
que te elevas y me abrazas
y me enseñas las verdades que nadie escucha,
y esperas, paciente,
que regrese y te cuente mis lamentos
sin reproches, con el abrazo
de los que siempre aguardan,
con el perdón de los que siempre confían.
Porque eres una y eres cientos,
América Latina,
y yo te llevaré conmigo,
y me llevaré contigo,
todo el tiempo que me queda,
todo el tiempo que me esperes.
A Moctezuma – Pedro Casaldáliga
Dioses por dioses, sin piedad trocaban;
madres por viudas, reyes por vasallos.
La muerte cabalgaba en sus caballos.
Sus cruces y sus preces blasfemaban.
No “fue Dios quien le dio tanta victoria”.
No andaba Dios metido en sus degüellos.
Menos que maceguales todos ellos,
quemaron con sus naves su memoria.
Y basta ya de imperios y de oro.
Sea el matiz el único tesoro
y soberano el Pueblo y ley la Vida.
Libre la sangre en las banderas rojas,
verás reverdecer piedras y hojas,
Tenochtitlán verá la amanecida.
Orfeo en el Elíseo – Juan Herrero Diéguez
ME acuerdo de jugar descalzos muchas veces,
¿lo recuerdas? Bailábamos
en las losetas viejas del garaje
la canción del verano, la que fuera.
También me acuerdo del olor a limpio
de los ambientadores de los coches
y del barniz y el cloro y de los globos de agua
y de las cenas juntos en la mesa del patio.
Me acuerdo de hasta cómo ibas vestida
cuando por fin me decidí a pedirte
que salieras conmigo, tanto tiempo después,
pero no soy capaz de recordar
cuál era el tono exacto de tu voz,
ni cuál era tu olor cuando te levantabas.
He oído en estos años cómo crecen
ortigas por las jambas de las puertas:
Por eso fui a buscarte al inframundo.
Jesús de Nazaret – Pedro Casaldáliga
¿Cómo Dejarte ser sólo Tú mismo,
sin reducirte, sin manipularte?
¿Cómo creyendo en Ti, no proclamarte
igual, mayor, mejor que el Cristianismo?
Cosechador de riesgos y de dudas,
debelador de todos los poderes,
Tu carne y Tu verdad en cruz desnudas,
contradicción y paz, ¡eres quién eres!
Jesús de Nazaret, hijo y hermano,
viviente en Dios y pan en nuestra mano,
camino y compañero de jornada,
Libertador total de nuestras vidas
que vienes, junto al mar, con la alborada,
las brasas y las llagas encendidas.
Diario – Luis Escavy
NO dejo de escribirte cada día.
Junto a cada poema que imagino
también tengo un diario con tu nombre.
Te cuento cada cosa que me ocurre
exactamente igual que si estuvieras.
No escribo para ti: es a la otra
mujer que ya no existe y me quería.
Al indio anónimo – Pedro Casaldáliga
Eras tierra, pasión, memoria, mito,
culto en la danza y fiesta en el sustento.
Pero ellos te imputaron el delito
de ser otro y ser libre como el viento.
Te hicieron colectivo anonimato
sin rostro, sin historia, sin futuro,
vitrina de museo, folclor barato,
rebelde muerto o salvaje puro.
Y, sin embargo, sigues siendo, hermano,
ojos acecho al sol del altiplano,
huesos murallas en los tercos Andes,
raíces pies en la floresta airada,
sobreviviente sangre congelada
por todo el cuerpo de la Patria Grande.
Suicidio – María Paz Otero
OTRA muerte. Tal vez
el comienzo de otra vida.
La decisión última de saltar
a otros lugares, de emprender
el sinuoso camino
que lleva hacia el descanso.
El cuerpo suspendido en el aire,
vivo todavía unos segundos, y luego, poco después,
inerte. Una imagen inmóvil rodeada de edificios,
un rostro que era de alguien,
unas manos que horas antes sostenían
un tazón de leche, un billete de metro, el rostro de otra joven...
ahora yacen frías, ocultas por el polvo,
y entre ellas la vida se desliza
como entre las cañas el lomo de la serpiente.
América latina – Pedro Casaldáliga
Sobre su larga muerte y esperanza
desnudo el cuerpo entero
—la palabra, la sangre, la memoria—,
definitivamente
será mi cruz
América Latina.
Dios, pobre y masacrado,
grita al Dios de la Vida
desde esta colectiva cruz
alzada
contra el sol del Imperio y sus tinieblas,
ante el velo del Templo estremecido.
Mañana será Pascua
—porque El ya es mañana para siempre—.
(Revestida de llagas y sorpresas,
vendrá por el jardín
la Libertad,
hermanos.
Y hay que poner ternura en las quenas despiertas
y quebrar los aromas solidarios
y conminar el miedo del sepulcro
desarmando a los guardas).
Pero hoy todavía es Viernes Santo.
Todos somos testigos,
entre dados y lanzas,
mientras la madre llora sobre el hijo ciado.
Yo no quiero negarme a ese misterio.
¡Yo no quiero negarTe!
América Latina
será mi cruz
definitivamente.