Archivo de la categoría: Poesia española

Señora mía, si yo de vos ausente… – Garcilaso de la Vega

Señora mía, si yo de vos ausente
en esta vida turo y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero,
y al bien de que gozaba en ser presente;

tras éste luego siento otro accidente,
que es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;
y ansí ando en lo que siento diferente.

En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia y en porfía,
no sé ya que hacerme en tal tamaño.

Nunca entre sí los veo sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día,
que sólo se conciertan en mi daño.

Por ásperos caminos he llegado… – Garcilaso de la Vega

Por ásperos caminos he llegado
a parte que de miedo no me muevo;
y si a mudarme a dar un paso pruebo,
y allí por los cabellos soy tornado.

Mas tal estoy, que con la muerte al lado
busco de mi vivir consejo nuevo;
y conozco el mejor y el peor apruebo,
o por costumbre mala o por mi hado.

Por otra parte, el breve tiempo mío,
y el errado proceso de mis años,
en su primer principio y en su medio,

mi inclinación, con quien ya no porfío,
la cierta muerte, fin de tantos daños,
me hacen descuidar de mi remedio.

Cuando me paro a contemplar mi estado… – Garcilaso de la Vega

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por dó me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino estoy olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido:
sé que me acabo, y mas he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme,
si quisiere, y aun sabrá querello:

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

Madonna de Bellini – Julio Martínez Mesanza

Y siento que es inextinguible el alma;
hasta las lágrimas lo siento a veces,
como en santa maria la gloriosa,
cuando la dulce madre me esperaba
después de estar oculto tanto tiempo
bajo el abstracto e imperdonable frío.
un espacio vacío, muros blancos:
solo malvivo en sitios diferentes,
y, sin embargo, sé que alguna imagen
guarda la luz y el oro verdaderos.

Lo que queda – Bibiana Collado Cabrera

UNA breve superficie rugosa
levemente oscurecida.
Eso es lo que queda.
La huella de la quemazón.

Un bar en frente de la guardia
civil. Remotos cumpleaños
con puntillas entre las cajas
del almacén. La reja de un colegio
que ya no existe.

Nada está en su sitio.
Ni siquiera la breve mancha
que se ha reacomodado en algún pliegue
de la mujer que siguió a la niña.

Vuelvo y busco obsesivamente
las nuevas tiendas que se han abierto
en estos años. Esperando
que cada imagen se desenganche
de su respectivo rincón.

Anular el desarreglo del espacio,
la luz opaca de las mañanas,
la parálisis anárquica del cuerpo
ante la posibilidad oblicua
del encuentro y la certeza
de que no parecemos lo bastante
felices.

Nada está en su sitio.
Tan solo la guardia civil.

Eso es lo que queda.
El tacto de la breve superficie
rugosa y el obcecado recuerdo
de un padre que sostiene a una hija
en brazos, sin soltar el puro
de la mano derecha.

El señor de la guerra (Homenaje a J.E. Cirlot) – Álvaro Valverde

A Néstor Hervás

Hoy mi reino
es esa tierra de nadie

Umberto Saba

Veinte años de guerras me contemplan
y eso, a mi edad, es una vida.

A pesar de la fama y las victorias,
el que llega a este oscuro
rincón de Normandía
es un hombre que ha sido derrotado.

Desde esta única torre que rodean
un bosque y una ciénaga,
se ve el paisaje atroz
del fin del mundo.

En medio de este páramo que anegan
las aguas ponzoñosas de un pantano,
no hay ley que legitime ningún orden,
ni distinción de súbdito y proscrito,
ni mayor amenaza que uno mismo.

Tan sólo una mujer podrá salvarme.
Porque ella es la verdad y la belleza.
No tengo otro señor que su palabra.
Ella es mi redención. Ella, mi muerte.

Sobre el bárbaro hervor del mar lejano… – Juan Eduardo Cirlot

Sobre el bárbaro hervor del mar lejano
turbio de oscuras voces sin regreso,
la atmósfera se exalta en un poseso
fulgor donde el metal se vuelve mano

cuyos dedos de espuma en el arcano
antiguo se exacerban en acceso
nostálgico de bronces sin el beso
arcaico de aquel viento sobre el llano.

La Doncella de barro sonrosado
tiene un pájaro azul entre los senos,
o el temblor de los cantos panhelenos,

sobre cumbres perdidas en la sombra,
que el tiempo tenebroso ha derramado
a los pies de esta diosa que no nombra.

La Coruña – César Antonio Molina

Construyeron tan altos edificios
que desde ningún punto
se ve ya el faro de mi infancia.
Hoy la luz se estrella
contra los grandes bloques de cemento
y no hay más verdad que la de esas
omnipotentes vallas que cubren las fachadas.
Perdí los cines, los cafés, los trasatlánticos
inmensos como rascacielos por encima de las aduanas.
Perdí mi eucaliptus, mis plátanos queridos.
¡todos talados! ¡talados! ¡todos talados!
Su recta hilera que me protegía con su tacto
en la Puerta de Aires.
¡Oh! si al menos supiera lo que hicieron con sus ramas.
Diez o doce, o apenas menos golpes de hacha
van aniquilando los lugares de mi memoria.
¿Dónde estoy?
Y ahora despierto y sólo siento el manto de la niebla,
y la luz que no llega
para iluminar mi espíritu perdido por sus calles.
Mientras, a lo lejos, suena la draga como un yunque
arrancando un sanguinolento mordisco de amargura.