Cuéntame un canto de sílice y luna,
hazme una historia de paño y satén,
tráeme un molino bajo la noche,
cántame un barco que se acune bien.
¿Y si me pincho la sonrisa?
¿Y si la sed me atraganta?
¿Si se me marea el juicio,
si el cincel se me adelanta?
Mi abuela modista y no sé coser.
Mi abuelo cantero y no puedo labrar.
Zahorí mi padrino y no encuentro el agua.
Fue marino mi padre y no sé navegar.
Archivo de la categoría: Poesia española
Tristania – Nach
Es imposible recordar aquel techo
porque nunca lo miramos juntos,
solo teníamos nuestros ojos conectados,
o uno estaba siempre encima del otro.
¿Recuerdas?,
movíamos las manecillas del reloj
a nuestro antojo, tan fundidos y enormes
que parecíamos una escultura de Botero
sobre (y a los lados, y detrás y bajo) la cama.
Pero que estratega es la memoria
que nos guarda una sola foto finish,
y deja lo demás anclado en un lodo
de imaginación demasiado insegura.
Ya no te acuerdas, pero yo sí.
Para eso estoy aquí, convencido,
sacando aquellas Polaroid mentales
del cajón del dolido subconsciente.
Tu sabías que la nostalgia no era asunto tuyo,
mientras esas comisuras apuntaban hacia arriba
tus silencios interrogaban mis temores,
¡qué divertido era adivinarnos!
Jugábamos a deshacer las sombras
y sus nudos negros que nos perseguían,
nuestra propia ropa de repente
era diez tallas más grande,
convertidos en lo que se convierten quienes aman,
dos niños salvajes.
Hoy tristeza,
tristania
tristeria
tristorno
porque tú fuiste una nube
que ni se espera ni se deja atrapar,
y yo fui un estúpido por querer
volverme adulto demasiado rápido.
Porque
he buscado tu olor en otras pieles,
porque
he mirado a hurtadillas otro pelo,
porque
he intentado repetirte tantas veces,
pero eran guerras
tan perdidas
como yo.
Romance de los celos – Miguel de Cervantes
Yace donde el sol se pone,
entre dos tajadas peñas,
una entrada de un abismo,
quiero decir, una cueva
profunda, lóbrega, escura,
aquí mojada, allí seca,
propio albergue de la noche,
del horror y las tinieblas.
Por la boca sale un aire
que al alma encendida yela,
y un fuego, de cuando en cuando,
que el pecho de yelo quema.
Óyese dentro un ruido
como crujir de cadenas
y unos ayes luengos, tristes,
envueltos en tristes quejas.
Por las funestas paredes,
por los resquicios y quiebras,
mil víboras se descubren
y ponzoñosas culebras.
A la entrada tiene puestos,
en una amarilla piedra,
huesos de muerto, encajados
de modo que forman letras,
las cuales, vistas del fuego
que arroja de sí la cueva,
dicen: «Esta es la morada
de los celos y sospechas».
Y un pastor contaba a Lauso
esta maravilla cierta
de la cueva, fuego y yelo,
aullidos, sierpes y piedra;
el cual, oyendo, le dijo:
«Pastor, para que te crea
no has menester juramentos
ni hacer la vista experiencia:
un vivo traslado es ese
de lo que mi pecho encierra,
el cual, como en cueva escura,
no tiene luz ni la espera.
Seco le tienen desdenes
bañado en lágrimas tiernas,
aire, fuego y los suspiros
le abrasan contino y yelan.
Los lamentables aullidos,
son mis continuas querellas,
víboras mis pensamientos
que en mis entrañas se ceban.
La piedra escrita, amarilla,
es mi sin igual firmeza,
que mis huesos en la muerte
mostrarán que son de piedra.
Los celos son los que habitan
en esta morada estrecha,
que engendraron los descuidos
de mi querida Silena».
En pronunciando este nombre,
cayó como muerto en tierra,
que de memorias de celos
aquestos fines se esperan.
Herido siempre, desangrado a veces… – José María Hinojosa
Herido siempre, desangrado a veces
y ocultando mi sangre sin riberas
llevo mis pasos presos entre nieblas
y mis miradas van sobre cipreses.
Aún conservo en las uñas esta sangre
que me dejó la carne de un momento
empapado de lágrimas y miedo
cuando vino a perderse entre mi carne.
Era sólo mi sangre quien llamaba
en medio de aquel valle, de aquel bosque,
y era sólo mi sangre, eran mis voces
las que oían la lluvia sobre el agua.
Espino – Yaiza Martínez
I
Porque la carencia afila,
el espino araña.
II
Por si la sequía lo cierra todo,
cifra las púas de una llave
entre algodones y una voz tan dulce…
III
Contra el hambre ha hecho otros milagros:
las hojas en madera,
tamizar el aire para atrapar el arroz;
desgranar la duna hasta encontrar alimento.
IV
Y consuela como el necesitado:
irriga con lo poco
el filo que siempre está pidiendo.
El desnudo – María Sanz
Qué invisible tu piel en esta hora
de frío y soledad. Qué amargo encuentro
con el aire de antaño, con la senda
que aún conserva la huella enamorada
del olvido. Te miras poro a poro,
despreciando tu propia ausencia. Sabes
que en el espejo fiel de cada día
el hombre busca siempre a otra muchacha.
Tesis – Esther Giménez
He visto una mota azul
difuminada en lo pardo
de ese diestro tragaluz
que llamas ojo y es falso.
Que son cienos movedizos
y yo me hundí por mirarlos.
Estoy flotando: espejito,
¿dónde he de cortar el árbol?
De dónde el rocío, el óleo
que en tus aguas hizo charco.
No son azules mis ojos
ni ya tu mirar castaño.
Incertidumbre – María Sanz
Con quién te jugarás este poema,
si aún no ha despejado
su incógnita de suerte...
Sólo colma el principio que desoye
la melodía innata,
un trayecto de granos aventados
sobre el dócil terreno
que tantas horas fue su lenitivo.
Por quién escribirás esta agonía,
si aún te sobra noche
para buscarle a ciegas...
Sólo alzas la pluma entre tus dedos,
terrible imitación de lo sagrado,
mientras vas reflejándote,
sin rostro,
en un papel vacío
donde aún no has firmado tu sentencia
de vida retirada.
Y no vas a ser tú – María Sanz
Te has inventado un hombre que no existe,
ese hombre que sólo reconoces
lejos de la barbarie,
inmune a lo mediocre y a su causa.
Continúas buscándole,
mientras el arcoiris
es toda su mirada,
cuando aclama la vida
tu soledad en plena muchedumbre.
El hombre que deseas,
ése de cuyos brazos
nada terminaría de arrancarte,
hace tiempo que huyó del Paraíso,
que encuentra cada noche
la mujer de sus sueños,
y no vas a ser tú, precisamente,
con tanto Brahms y tanta poesía.
Primavera celosa – Miguel Hernández
Me cogiste el corazón,
y hoy precipitas su vuelo
con un abril de pasión
y con un mayo de celo.
Vehementes frentes tremendas
de toros de amor vehementes
a volcanes me encomiendas
y me arrojas a torrentes.
Del abril al mayo voy
más celoso que moreno
y más que celoso estoy
en mi corazón ameno.
Como de un fácil vergel,
se apropian de ti y de mí
la vehemencia del clavel
y el vellón del alhelí.
Hay gallos de altanería
alardeando en mis venas
y en la frondosa alma mía
mejoranas y azucenas.
Sin sospechar sus gusanos
llega tu carne a sus plenos,
y se me encrespan las manos
y se te encrespan los senos.
Me desazona la planta
un ansia de enredadera
y de tu cuerpo y de tanta
rosa rosal ser quisiera.
Dando fruto a las abejas,
entre labios y racimos,
muy cerca de tus orejas
y de las mías vivimos.
Si a higuera tu beso huele,
suena y sabe a ruiseñor,
y abril con amor me duele
y mayo con flor y amor.
Beso y quiero, quiero y muero;
si nos parte en dos la ausencia,
pues con vehemencia te quiero,
me moriré con vehemencia.