Yo sólo puedo hablar, amigos, cuando
algo como una lluvia, desde dentro,
pero también cayendo dentro, pone
por mi manera de mirar, y pone
por el cauce de entrada o de salida
al exterior del sentimiento, un velo
de agua, o luz, o niebla,
o, yo diría, algo
como una mano de agua, una mano
lúcidamente opaca, que recoge
suavemente las externas formas
de ver, o de pensar, también las formas
de ver, y las sitúa
junto al mismo brocal a donde asoma
de vez en cuando mi palabra. Entonces
puedo decir: estoy lloviendo; yo
estoy lloviendo, aquí. Esta es la hora
del poema.
Sucede
que esta lluvia, o manera, o ser en sí
que condiciona mi salida, nace
de un océano extenso original
al que vierte el dolor —porque el dolor
también es agua— y nace
de originales lagos diminutos,
bajo los manantiales o cascadas
de la dicha. En su doble,
desigual procedencia, esta lluvia,
o mano de agua, o fondo neblinoso
que engendra la palabra, que es palabra
anticipada a los sonidos o ecos
que consigue de mi oquedad, ya hereda
un más alto legado doloroso.
Yo empiezo a hablar, o como
quise decir, si tomo formas, modos
de ver que me presenta el agua
desde dentro, yo empiezo
a llover, y contemplo cómo afuera,
ajeno y lejos de este velo umbroso,
el tema o el suceso toma cuerpo
por sí mismo y se forma
independiente de mi lluvia, pero
sustentado por su humedad o aliento.
Y puede ser que al cabo de una misma
manera, que es la mía, de ponerme
a mirar, siempre abrumado
por el agua, los seres
que se conforman a su amparo tengan
distinto germen natural.
Por eso,
amigos, sólo puedo
asegurar que algunas veces, pocas,
estoy en situación de lluvia, estoy
en personal estado de palabra.
Luego llega el poema, si es que llega,
por sí mismo; no siempre
con una misma intensidad, o modo,
o razón para ser. Y yo lo veo
alejarse. Esto es todo.
Archivo de la categoría: Poesia española
La túnica en el viento – Antonio Gracia
Miamada: eres la luz, y siempre has sido
la aurora de mis días, y la carne
y el pan de mi existencia.
Sacio en ti cuanta sed habita al hombre.
Tus labios, porque me amas,
tienen forma de beso.
La savia sexual ha florecido
más allá de nosotros, y su urdimbre
se extiende al infinito.
Oriundo del amor, orfebre tuyo,
te espero en ese prado inextinguible
en donde el horizonte se renueva
como eterna atalaya divisándose.
Llevo tus besos y tu piel conmigo
y te dejo mi amor mientras tú llegas.
Serás conmigo más allá del tiempo
y, más allá del túnel, nos veremos
luz otra vez tú de mis ojos, círculo
de mi sed, herramienta de mi vida.
Pensar en ti llena de lluvia el mundo
y lo inunda de hiedras y diamantes.
Recuerda que te amé, que soy un niño
esperando tu amor para nacer.
Y si no vivo, víveme en tu boca,
resucítame tú, sé mi destino.
Ir y quedarse, y con quedar partirse,… – Lope de Vega
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades;
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma , y en la vida infierno.
La dulce boca que a gustar convida… – Luis de Góngora y Argote
La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas distilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
amantes, no toquéis, si queréis vida;
porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas, que a la Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno;
manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora,
y sólo del Amor queda el veneno.
La isla del dios – Luis Antonio de Villena
Un mar verde de sol,
bate en los altos roquedos
de esta isla; y en su parte
cimera, sobre senderos
de viñas y de olivos, y entre
el dulce perfume de la adelfa,
han levantado una estatua al dios.
Una estatua como un cuerpo
de oro, de torso delicado y movimiento grácil, con
el cabello oscuro, ondeando
al viento entre reflejos de luz.
La mirada perfecta se pierde
al horizonte, y la piel desnuda
del intonso muchacho, brilla
al sol y arde, como fuego en el mar.
Llegan los adoradores cada
día a la isla, pues el dios
en ella se muestra en todas partes, y parece ocurrir que no hay otra edad
allí, sino esta que descubre
relucientes torsos y armonías
cobrizas, y la elegancia
del ciervo que se mueve, convertido
en apretada cintura casi rubia.
(...)
Madrigal – Félix Grande
Palabra, dulce y triste persona pequeñita,
dulce y triste querida vieja, yo te acaricio,
anciano como tú, con la lengua marchita,
y con vejez y amor aprieto nuestro vicio.
Palabra, me acompañas, me das la mano, eres
maroma en la cintura cada vez que me hundo;
cuando te llamo veo que vienes, que me quieres,
que intentas construirme un mundo en este mundo.
Hormiguita, me sirvo de ti para vivir;
sin ti, mi vida ya no sé lo que sería,
algo como un sonido que no se puede oír
o una caja de fósforos requemada y vacía.
Eres una cerilla para mí, como esa
que enciendo por la noche y con la luz que vierte
alcanzo a ir a la cama viendo un poco, como ésa;
sin ti, sería tan duro llegar hasta la muerte.
Pero te tengo, y cruzo contigo el dormitorio
desde la puerta niña hasta la cama anciana;
y, así, tiene algo de pálpito mi lento velatorio
y mi noche algo tiene de tarde y de mañana.
Gracias sean para ti, gracias sean, mi hormiga,
ahora que a la mitad de la alcoba va el río.
Después, el mar; tú y yo ahogando la fatiga,
alcanzando abrazados la fama del vacío.
Conversación con Elisa – Luis García Montero
CUANDO cierres la puerta
y traigas en los ojos
la próxima derrota,
piensa que yo he perdido
más batallas que tú.
Cuando tu soledad
pese en las multitudes
y los indiferentes,
piensa que yo he vivido
más solo que tú.
Cuando nadie comprenda
la realidad de un sueño
herido por el mundo,
piensa que yo he fallado
más veces que tú.
Y cuando te avergüencen
por acudir al frío
de los que te llamaban,
piensa que yo he deshecho
más nieve que tú.
La vida nunca es fácil,
pero vas a entender
su corazón alegre,
tenaz y melancólico,
igual que yo.
Porque aparecerá
cualquier día del año
alguien mucho más joven
y más desobediente,
igual que tú.
Recibirás entonces
la mejor recompensa.
Todo tendrá el sentido
y una mirada limpia,
igual que tú.
Los sueños malos – Antonio Machado
Está la plaza sombría;
muere el día.
Suenan lejos las campanas.
De balcones y ventanas
se iluminan las vidrieras,
con reflejos mortecinos,
como huesos blanquecinos
y borrosas calaveras.
En toda la tarde brilla
una luz de pesadilla.
Está el sol en el ocaso.
Suena el eco de mi paso.
– ¿Eres tú? Ya te esperaba...
– No eres tú a quien yo buscaba.
El mal invitado – Pedro Salinas
Quedarme aquí
en esta casa
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
—ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada—,
visto al fulgor del momento,
y lo agavillan ansiosos
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.
Verlo tanto
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera,
eternidad, lo olvidado.
Pájaro del olvido – José Ángel Valente
Pájaro del olvido
jamás te tuve más cierto en mi memoria.
Vuelvo ahora
desde no sé qué sombra
al día helado del otoño en esta
ciudad no mía, pero al fin tan próxima,
donde el sol de noviembre tiene
la última dureza
de lo que ya debiera
morir.
¿Y es éste el día
de mi resurrección?
Las hojas arrastradas por el viento
apagan nuestros pasos.
Llego y ni siquiera sé muy bien quién llega
ni por qué fue llamado a este convite
tantos años después.