Llega tu altura a su inteligencia
y en precoz salto
embate la escorada y alta meta,
gentil tensión del desusado cuello,
donde efectúa el lance e invadiendo
la altiva playa
aplaca en languidez el suave aroma
que de la selva deja la esperanza.
De luto por el velorio de la sardina,
con tres espinas a sueldo de un carcamal,
me vi vomitando el zumo de otra cantina
pagando los platos rotos de don Carnal.
Cuando le salen eccemas a la hermosura doña
Cuaresma rescata el garrote vil, y braman
los talibanes de la tonsura, para alcaldes carnales,
el de Madrid.
Apesta España a cucañas electorales,
fomentan las alimañas en recesión patrañas
con anatemas episcopales para los pobres
mortales sin redención.
Afino mucho mejor cuando desentono, la
brocha gorda me pone más que el pincel,
comentan que Gallardón se parece a Bono
aunque no sea consuegro de Raphael.
Pues claro que marzo anhela una izquierda
unida y fuerte, don Llamazares, añado yo, no
me regañe usted, que, en esta movida,
queremos muy parecidas urnas los dos.
En soledad y tinieblas busco
tu cuerpo grave —atmósfera que cubre
de hiedra la pared— y me apoyo en sonrisas
diluidas en nieve, corro hacia donde más crece
la ilusión de tu voz. Buscar
siempre en tinieblas,
y en tinieblas perdiendo, perdiendo
cuerpos graves, lo que nunca encontré,
esta es ya mi sustancia, rumbo
donde me muero, tacto donde la entrega
se entorpece en la piel.
He aquí pájaro humano de lenguas devoradas, Señor.
He aquí mi llegada sin descanso sobre la yerba
a tanto andar color violeta
a tanto llorar por ojos enemigos
en verano que avanza avanza avanza.
Que delgadez en el frío de esta flor
suspirada hasta nube
en el canto de este árbol inclinado
hasta besar el origen de las especies.
Este venir a mí la tarde
con pies de pluma distinguida por
desiertos viajeros hasta el viento
donde humo de besos espera la llegada
de este llegar tendido a no sé dónde.
Te quiero suavemente desde aquí
sin que notes mi amor rosa-azul
en este tanto andar andar andar
color violeta que se derrumba y piensa.
Sobre la sombra, el deseo
esmalta la alondra
que vive en mi cuerpo, desnudo mensaje
para tu nieve. Vuelco
el vino en la tarde, apoyo
la memoria en la genuflexión, pájaro
que me curte, tersura
para el cristal. Viajo en la oscuridad
pero sé
que mi alondra
te canta en la superficie, bálsamo
que ahoga, balcón
desde donde la sombra corre. Busco
la cumbre de nieve,
látigo para la piel que no duele.
Me has acorralado
y con odio agarrado mis solapas,
me has empujado hacia un rincón
y me has golpeado
hasta dejar tinto de sangre el aire mismo,
y así y todo,
he aquí que todavía me levanto
y mirándote te digo:
ahora mismo,
en este momento lo decido,
haré donación de mis ojos
aunque tenga que llevarlos
mi asesino.
Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?
Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?
No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada…
Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.
Llueve, llueve... Goterones
caen con fuerza. Un gran río
¡es mi calle sin navío!
Árboles son los balcones
que amparan a los obreros
que fuman. Y el capataz
aguarda el brillante haz
de luz. Y los barrenderos
se guarecen. Con sus botas
y sus cubos plateados
—brillantes pero enfangados—,
cristal son, que llora en notas.
Le llamaron folklore a la miseria
y reserva moral al abandono;
le llamaron virtud a la ignorancia,
pecado al horizonte...
Se desnudó de mar, y echó sus anclas
a lo interior Castilla;
su impulso de expansión trocó en amarga
lección de narcisismo, y, por creerse
señora de la luz, cerró ventanas
a la canción del viento y al mensaje
forastero del agua.
Y así vivió en sí misma la meseta,
como la luz de sus contornos, plana.
¡Oh anacrónica monja de clausura
que medita su calma rutinaria
protegida por tocas ancestrales...
oh arruga invertebrada!
Silencio de una tierra ardiente y vieja
que por caminos lentos se desangra.
Ya no atrapes el día -no se deja,
no es tan fácil ser dueño del presente,
persistir en la dicha o detenerla
para el trámite mínimo
de asignarle palabras.
Y ni al acariciar
las sienes o los pómulos o el pecho
que con furia deseas, cuando la luz parece
palparse con las yemas de los dedos,
estás lejos al fin de los vampiros:
la Utopía, el Vacío, la Memoria.
Amas para escribirlo solamente,
la dicha pide a gritos que un recuerdo
del futuro la abrace y la duplique.
No corras tras el día. Si no lo acosas puede
que se tienda sumiso
de noche en tu regazo.