Archivo de la categoría: Poesia española

Antagonías – Pere Gimferrer

                      I
No es el sonido del agua en los opacos cristales
(la oscuridad de invierno, que ahoga los sonidos)
ni la luz nebulosa de los astros de acero.
Como si hubiera entrado en un espejo,
la violenta refracción del aire
pone mi cuerpo en pie, galvanizado espectro de una rosa.
Tras un telón de sedas amarillas
bultos de luz, figuras con disfraz.
Los bajíos, la espuma, los rubíes que reflejan unos ojos,
las piedras que incitan al sueño -zafiros-, la significación
                                   del oro y los metales,
el brillo que queda en la mirada después del amor,
la verde oscuridad del mar en sueños,
la simultaneidad de tiempos en el momento de correrse
                                unos visillos, con el
    gesto de ayer, un perfil en escorzo, como en un
                                       boceto de pintor
las figuras del agua en los nublados cristales,
la lucha de dragones en el cielo borrascoso,
el espacio y el tiempo de un poema, el tono en que se dice,
el ritmo de lectura, las pausas, los silencios, lo que alude
                                        entre paréntesis,
(lo que un poema alude entre paréntesis)
la superposición de imágenes que aluden a la muerte, al amor,
                              al transcurso del tiempo
(la superposición de imágenes que aluden al poema)
cuando en la noche una voz se detiene, se hace una pausa
                         en la lectura, se alza la mirada
para contemplar el fuego reflejado en el espejo,
y todo queda entre paréntesis, como un lugar santo
en levitación o un lugar maligno tras la silenciosa explosión
                                  de humo de un fakir.

                        II
Las primeras tentativas daban sólo figuras inciertas,
velado el cliché, todo envuelto en la blancura diabólica
                               de una placa en negativo,
los ácidos, las sales, mostraban sólo sombras plateadas,
en la pantalla aparecían reflejos crepusculares,
el crepúsculo invadía la habitación con su llamear de vencejos,
y quizá era éste el sentido de la fotografía.
Una experiencia de la ambigüedad
o una experiencia del silencio:
el jardín puebla el triunfo de los pavos reales
en una silenciosa llamarada creciendo ante los ojos,
luz de colores cálidos, otoño.

                     III
Tambores, oh tambores oscuros del otoño, cobre, lentas cañadas,
estas calles donde a veces los vidrios de los balcones reverberan
-mucho más que mi imagen y sin embargo menos que una
                                         aparición-
creced en mi corazón y sus lúgubres jardines,
en la vegetación de verdes resplandores que oscurecen latiendo
(en este tiempo estamos obligados a escribir sólo esbozos
                                          de poemas)
cuando entre bastidores la oscuridad impide ver los rostros,
pero aún no es de noche: las palabras,
estos bultos de sombra que pronuncian el nombre
                                 de jardines secretos,
la ráfaga de un viento helado en primavera,
los bosques de la helada primavera que oprime los sentidos.

Soldadesca – Félix de Azúa

                          Lenín piensa en Finlandia


Las fauces del tigre están llenas de sangre
el hombre libre merca sus lágrimas de plata sus gestos
suena un pistoletazo en el barrio judío
una conciencia más que explota dice el Führer

No tengo carros ni munición ¡aguantad como podáis!
el coronel telegrafista mueve la manivela
pensando en su mujer (una georgiana sentimental)
y el carrusel aquel de Beograd ambos sin pasaporte

Como si hubieran sido higos podridos
la lengua de la hiena está irritada
¿cómo dices que llaman en tu tierra a las mujeres de la vida?
¿y a las que nunca te dejan hacer nada?

Duerme la tarde y oscurece las suaves torres
ciruelas malvas como atacadas por un hielo salvaje
la brigada hace guardia en San Juan de Acre son
como avispas doradas a la luz de un quinqué

Todo esto sucede en Moscú en enero de 1919
cuando por el más largo corredor del Palacio de Invierno
el caballo de Kornilov galopa enfurecido.

Estela funeraria – José María Álvarez

                 «Este que aquí dejó en la tetradracma…»
                                           Konstantino Kavafis


Sobre el muro, grabadas
con una cuchara o con las uñas,
dos palabras.
El odio y la soberbia
del vencedor, no precisó borrarlas.

Quién fue. Joven
o viejo, o mujer, o niño. Cómo
soñaría su vida. Qué madrugada
bajo ruido de puertas, botas, armamento,
vivas y mueras bruscamente cortados
por los disparos,
vio ante sí el rostro de los asesinos.
Qué les diría.
Sobre el muro,
junto a insultos y fechas,
nombres escritos para no morir
del todo, su

YA VIENEN.

Después caminaría
con desesperación y sueño
hacia el alba helada.

Deriva – Antonio Martínez Sarrión

Paraísos que nunca se perdieron,		
se hallaban emboscados simplemente		
en las encrucijadas del futuro		
adoptando las formas más disímiles:		
azulados caballos que dibujan		
los escapes del gas, arborescencias		
en bucle del asfalto derretido, palomas		
que vuelven al sombrero del prestímano		
abatidas por la cohetería		
que clausura entre palmas un siglo tan feliz.		

Entre estos intervalos de esplendor		
se deslizaba el tiempo como un buque		
con las luces cegadas, el gobernalle roto		
y una leve modorra en el pasaje		
que en vano interrogaba a la marinería		
por el dudoso muelle del atraque final.

EL dibujo en el agua – Felipe Benítez Reyes

Bien sabes que estos años pasarán,
que todo acabará en literatura:
la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos.

                         Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos.

Un dibujo en el agua es la memoria
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.

Tú harás ese dibujo.

                       Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.

Blues del nacimiento – Antonio Gamoneda

Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
y no me la dejaron ver despacio.		
Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
pero me la quitaron de las manos.		

Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y habla conmigo y ella ve mi rostro.		
Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y canta y piensa pero ve mi rostro.		

Yo ahora ya no me pregunto		
por qué se ama a un rostro ensangrentado.

Poetas andaluces de ahora – Antonio Hernández

Salvo a Vicente y su callada riqueza
y salvo a Rafael y su escrutinio
de lo bello, nunca los vi. Porque la guerra
los puso lejos como un barco arrugado
en la memoria, no vi a Luis Cernuda,
ni a Federico, ni a Emilio Prados
o a Altolaguirre.
                  Ellos cantaban
la luz como los potros de mi pueblo
y extraían claveles de sus venas
astrales. Con mi edad, o mejor dicho
un poco más expertos en los astros
terrestres, se marcharon, con el ave
de la muerte o del exilio, a otros mundos
lejanos, perseguidos por la doble
sombra de la derrota para que,
de nuevo, se cumpliera el destino
de quien canta y quien ama.
                          (No los vi
y ahora serían amigos, a los cuales
cuesta trabajo visitar por miedo
a visitar la propia egolatría,
la de uno, la que al fin desaparece
con los versos de ellos.)

No los vi, y lo repito en un sollozo
con la herida cerrada, lo repito
con una salva póstuma de aplausos
y como un corazón para que todos
sepan que se recuerda con doliente
armonía a lo desconocido
que hace presencia en unos versos suyos
porque aparezca el Sur en la distancia,
habite el mundo entero, no disponga
la Tierra de lugar para otro sueño.

Para que, acaso, pueda contemplarlos
aún —no los vi— pues permanecen rotos.
Igual duran la gloria y la injusticia.

Ella y sus ojos – Pureza Canelo

Lo mejor de sus Ojos,		
mi constancia.		

Deprisa quieren madrugada,		
mi ofrecimiento.		

Si los miro		
prendiendo fuego al vértice		
crecen dentro, y hablan.		

Lo mejor de sus Ojos		
es un punto que comienza		
en el asombro.		

Y su hebra, a lo mejor		
es la mía, que busca		
la materia.		

Va y viene.		
Llamo al mundo. Se hace mundo.		
Golpea, pero no a esta boca hiere.		
Si lo hiciera, un brote de luz		
bajaría		
del paladar a los labios.		

Es mi espacio de emoción		
y la tela más pura		
a mi único brazo.		

Es la creación.		
En la creación.		
En sus Ojos.