Archivo de la categoría: Poesia española

Las cosas odiadas – Pilar Paz Pasamar

No es culpa mía. Hay un abismo abierto
aun antes de existir. En la memoria
de quien lo hizo esté el remordimiento.

Estoy desperdiciando con vosotras
una frecuente luz que bien pudiera
iluminar las manos generosas,
iluminar los trigos y las cepas,
encenderme en el llanto o la alegría.

¿Cómo es posible que no os lleve
junto a mi corazón como a otras tantas,
que involuntariamente en mí os destruya?

Más que dolor es miedo a contemplaros
desde mi pensamiento,
reconocer que es imposible
quereros acercar y, sobre todo,
saber que incluso el odio
es una forma de sentir la vida,
que estáis también alimentándome,
que vuestra muerte es una forma
de crecerme en mí misma,
que involuntariamente el corazón
os siente: ¡que sois mías! 

Cinco poemas para abdicar – Blanca Andreu

El Buen amor – Olga Novo

                               Busca estes amores..., búscaos,
                               si tes quen chos poida dare;
                               que éstes son sóio os que duran
                               nesta vida de pasaxen.
                                             ROSALÍA DE CASTRO
A menudo me decías
que una legión de ángeles rilkeanos me protege
y era cierto.
En las mañanas en que llovizna
y el ruido del roce de la nada me hace vibrar
sintiendo que estoy viva...
se acerca sin más pisando sobre hierbas aún no nacidas
el buen amor
que salva y canta allá
donde se unen mis vértebras y los astros.

Como aquel libro leído en plena adolescencia
que ardió en mi boca entre Dante y los sueños.
Ahora sé por fin 
que en medio del camino de la vida
entre Vilarmao y Bastavales
la bestia de la felicidad pacía con paz entre flores amarillas.

Y le doy de beber esta sangre fluvial
y proclamo su armonía como un tratado barroco
para zanfoña y lágrimas
de alegría.

A menudo me decías 
pero yo no entendía...
Que en las mañanas de nieve
donde la blancura asume la suma total del color
y yo me alzo tres metros sobre mí apenas sin ser notada
por la gravedad y sus manzanas maduras...
Que en esas mañanas 
todo perdura 
al pender de las manos del buen amor
que cura y percute en la piel
como un bombo de esferas celestes.

Extremo saber que todo cambia
que nos levanta del barro la lengua al límpido lenguaje
donde te digo que te quiero y todo arde
sutil y tranquilo en esta tarde...

A mi Ángel – María Zambrano

... Y no hay misterio
sólo trabajos, pesadumbre,
y esa amarga yerba.
Pero tú me conduces
y nada te pido.
Sí, quiero ser tus alas
caídas, ahora, llanto,
lluvia de lágrimas por mí.
Porque tú me lloras,
lloras mi no ser
porque me sientes amantísima a tu lado.
Soy tu fealdad, tu impotencia
extranjera a ti confiada.
Cómo te peso,
yo, la invisible,
soy tu piedra,
el aceite que unta tus alas,
tu rémora
y, en instantes infinitos,
tu desesperación.
¡Oh, Ángel!
¿Seré tu infierno?
Eterno retorno
de tu ligereza por mí aprisionada.
Como una oscura cosa
me ofrezco a tus pies
para ser quemada, ahumada,
víctima necesaria de tu libertad.
No me dejes existir, pues que te
peso.
Tú me mides,
soy tu irreductible,
¿hasta cuándo?,
tu condena.

Luz sedienta – Jorge de Arco

CREPITAN esta noche entre mis manos
la luz sedienta,
el verbo amante,
la desnuda madeja de tu cuerpo...,
y a resguardo del sueño, resucito
la súbita avaricia de tu carne,
los jirones de luna diurna y nuestra.

Ahora,
la soledad reclama su lugar y su instante
y la misma agonía que respiran
las ruïnas recientes de mis párpados,
recorre los cimientos de este hogar,
de esta conciencia
de cal y llanto.

Me asomo al ventanal de la memoria
y la lenta alborada me devuelve
el río ardiente de tus pies descalzos.
Entonces, el pasado, pareciera
no haberse ido,
no haber disuelto
la amante ceremonia del gozo en nuestros labios.
Pero ya sin remedio tus palabras golpean
los resquicios del alma,
y el eco de tu voz
se derrama en la sábanas del tiempo
desde el instante aquel en que dijiste
«Mi corazón ya late en otra casa».

Los nombres – Jorge Guillén

Albor. El horizonte
Entreabre sus pestañas
Y empieza a ver. ¿Qué? Nombres.
Están sobre la pátina

De las cosas. La rosa
Se llama todavía
Hoy rosa, y la memoria
De su tránsito, prisa,

Prisa de vivir más.
A lo largo amor nos alce
Esa pujanza agraz
Del Instante, tan ágil

Que en llegando a su meta
Corre a imponer Después!
Alerta, alerta, alerta,
Yo seré, yo seré

¿Y las rosas? Pestañas
Cerradas: horizonte
Final. ¿Acaso nada?
Pero quedan los nombres.

Nostalgia de mujer – Carmen Conde

Mil años ante Ti son como sueño.
Como de aguas el grosor de una avenida.
Hierba que en la mañana crece,
florece y crece en la mañana
aunque a la tarde es cortada y se seca.

¿Qué es el tiempo ante Ti, qué son los truenos
que blandes contra mí cuando me nombras?

Pavor siento a tu idea, te veo hosco
mirándome en la lumbre de tu Arcángel.
La espada Tú también, eres el filo
y el pomo que se aprieta con el puño.

Para verte a Ti mismo me has nacido.
Por no estar solo con tu omnipotencia.
Soy la nada, soy de tiempo, soy un sueño...
Agua que te fluye, hierba ácida
que cortas sin amor...

Tú no me quieres.