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Pájaro del olvido – José Ángel Valente

Pájaro del olvido
jamás te tuve más cierto en mi memoria.

Vuelvo ahora
desde no sé qué sombra
al día helado del otoño en esta
ciudad no mía, pero al fin tan próxima,
donde el sol de noviembre tiene
la última dureza
de lo que ya debiera
morir.
     ¿Y es éste el día
de mi resurrección?

Las hojas arrastradas por el viento
apagan nuestros pasos.

Llego y ni siquiera sé muy bien quién llega
ni por qué fue llamado a este convite
tantos años después.

Sé tú mi límite – José Ángel Valente

Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tu acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás:
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí feliz, que tú me has dado.

El poema de amor que nunca escribirás – Carlos Marzal

Debería nombrar (debería intentarlo)		
el afán hasta hoy por ti dilapidado		
en perseguir amor, que quizá fuera tanto		
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,		
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,		
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.		

Debería acoger, dar lugar a unos labios		
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo		
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-		
diálogos de alcoba que pareciesen tangos		
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,		
siempre que en la distancia solemos evocarlos):		

De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,		
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,		
otra eterna contigo, cogidos de la mano.		
Y habría de alojar dictámenes sagrados,		
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:		
De entre todas las perras que en la noche he tratado,
		

la más perra eres tú. Debería, malsano,		
contener esas citas de los domingos vastos,		
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,		
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,		
con su aire de ramera experta en el contagio		
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.		

No podrían faltar los cuerpos del verano,		
cuando la adolescencia ardía por el tacto,		
en especial aquél de todo lo vedado.		
Ni habría de omitir el vicio solitario,		
por el amor perdido en inventar los rasgos		
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.		

Y en él habitarían con todo su sarcasmo		
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,		
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-		
las cartas sin respuesta; y esos aniversarios,		
tiernamente ridículos después de celebrados,		
que dejan en el alma aroma a mal teatro.		

Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,		
dirigidos al centro del dolor, como un dardo		
con toda la miseria que acarrean los años.		
El placer del acoso, cuando el amor intacto,		
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,		
no señalaba límites al indudable ocaso.		

El maldito poema tanto tiempo aplazado,		
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,		
querría redimirte de todos tus letargos.		
Una voz que te daña diría murmurando:		
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,		
para que tus palabras no tengan que inventarlo.		

Quien a ese poema de amor dilapidado		
incauto se atreviera, sin calcular el daño,		
amaría el amor, probablemente tanto		
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,		
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,		
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

La adolescente – José Ángel Valente

Ya baja mucha luz por tus orillas,
nadie recuerda la invasión del frío.

Ya los sueños no bastan para darle
razón de ser a todos los suspiros.

Tú cantas por el aire.

Ya se ponen de verde los vestidos.
Ya nadie sabe nada.
                  Nadie sabe
ni cómo ni por qué ni cuándo ha sido.

Poema de amor desesperado – Silvina Ocampo

Todas, todas las tardes con su fases,
alucinantes y ceremoniosas,
con sus reinos de nubes ingeniosas
lejos de tu presencia son falaces
y fatuas y espantosas.

Las vi con pena, pero atentamente,
como en las galerías, mal pintadas,
se ven sobre las telas arrumbadas,
las guirnaldas, las frutas y la fuente
con flores nacaradas.

Las vi en la circular paz de las plazas
donde los árboles escrupulosos
elevan sus follajes venturosos
ocultando en los muros de las casas
balcones tenebrosos.

En vano las he visto y demasiado
a través del cristal enrojecido
de las ventanas, o en un desvalido
jardín entre las rejas olvidado
como un niño perdido;

debajo de los plátanos dorados
las vi aspirando en la fragancia pura
del follaje esa insólita amargura
que sólo han de sentir los desterrados
con igual desventura.

Cuando elevan los vientos sus murallas
nocturnas en el agua azul del mar,
yo las he visto en vano iluminar
con esplendores largos, en las playas,
la arena sublunar;

las vi en la levedad de las espumas,
en los acantilados donde velan,
en las piedras, palomas que revelan
el mar, el aire, el cielo, hechos de plumas,
trémulas, cuando vuelan.

Mientras pensaba en dónde vagarías
contemplando las mismas deslumbrantes
virtudes de la tarde, suplicantes,
rutilaban vedadas lejanías
para mí en sus diamantes.

Las vi en los cielos de oro perdurables
con nubes que pendían como flecos
purpúreos entre rocas o en los huecos
donde nace en reflejos memorables
la hermana voz del eco.

En sus rosados y altos frontispicios
los cupidos, los leones, las sirenas
dieron formas de sueños a mis penas
en las molduras de los edificios
que creí ver apenas.

Podría dibujarlas una a una
con sus volutas de humo alambicados
en largos arrabales alumbradas
por el fulgor naciente de la luna,
con ramas abrazadas.

Como en los libros más arrobadores
de la infancia, en que todos los objetos
conservan en las láminas secretos
que atesora el amor —con los colores
de algunos alfabetos—,

grabados por tu ausencia en mi memoria
están la esfinge, el quiosco verde, el puente,
el terreno baldío en la pendiente,
la rosa, cualquier rosa invocatoria,
y la estatua obsecuente.

En los senderos grises del invierno
están las plantas del jardín botánico
donde canta un zorzal dulce y tiránico
que podría agravar cualquier infierno
con su canto mecánico.

Están en las anchas márgenes del río
con suaves y patéticas neblinas,
como en un marco de oro las glicinas,
en la desolación del caserío
final de las esquinas;

en el boscaje, oculta está la flor—
cuyo nombre jamás he conocido—
esa flor que el silencio ha conmovido
y que satura el aire de frescor.
¡Oh tardes que no olvido!

Tardes en que las calles habituales
llenas de vanidad y de banderas
tiznan de hollín las plácidas palmeras
y el cielo que se mira en los claustrales
patios con sus higueras.

Tardes en que la música es palpable
como una joya de oro entre las manos,
o un jazmín o el teclado de los pianos
o el agua donde el sol dibuja un sable
de luz en los veranos.

Tardes en que mi oscuro corazón,
al sentir mis tristezas tan ajenas,
se helaba de congoja entre mis venas
viendo la impura representación
lejana de mis penas.

Cuánta felicidad me prometieron,
cuántos milagros mientras he esperado
que retornen estando yo a tu lado
no vanas mas hermosas como fueron
en mi amor conjurado.

Óscar Wilde en París – Guillermo Carnero

Si proyectáis turbar este brillante sueño
impregnad de lavanda vuestro más fino pañuelo de seda
o acariciad las taraceas de vuestros secreteres de sándalo,
porque solo el perfume, si el criado
me tiende sobre plata una blanca tarjeta de visita,
me podría evocar una humana presencia.
Un bouquet de violetas de Parma
o mejor aún, una corbeille de gardenias.
                                         Un hombre puede
arriesgarse unas cuantas veces, sobre la mesa
la eterna sonrisa de un amorcillo de estuco,
nunca hubo en Inglaterra un boudoir más perfecto,
mirad, hasta en los rincones una crátera de porcelana
para que las damas dejen caer su guante.
Oh, rien de plus beau que les printemps anglais,
decidme cómo hemos podido disipar estos años,
naturalmente, un par de guantes amarillos no se lleva dos veces,
cómo ha podido esta sangrienta burla
preservarnos del miedo y de la muerte.
Un hombre puede, a lo sumo unas cuantas veces,
arriesgar el silencio de su jardín cerrado.
Pero decid, Milady, si no estabais maravillosa preparando el clam-bake
con aquella guirnalda de hojas de fresa!
Las porcelanas en los pedestales
y tantísimas luces y brocados
para crear una ilusión de vida.
No, prefiero no veros, porque el aire nocturno,
agitando las sedas, desordenando los pétalos caídos
y haciendo resonar los cascabeles,
me entregará el perfume de las flores, que renacen y mueren en la sombra,
y el ansia y el deseo, y el probable dolor y la vergüenza
no valen el sutil perfume de las rosas
en esta habitación siempre cerrada. 

Antagonías – Pere Gimferrer

                      I
No es el sonido del agua en los opacos cristales
(la oscuridad de invierno, que ahoga los sonidos)
ni la luz nebulosa de los astros de acero.
Como si hubiera entrado en un espejo,
la violenta refracción del aire
pone mi cuerpo en pie, galvanizado espectro de una rosa.
Tras un telón de sedas amarillas
bultos de luz, figuras con disfraz.
Los bajíos, la espuma, los rubíes que reflejan unos ojos,
las piedras que incitan al sueño -zafiros-, la significación
                                   del oro y los metales,
el brillo que queda en la mirada después del amor,
la verde oscuridad del mar en sueños,
la simultaneidad de tiempos en el momento de correrse
                                unos visillos, con el
    gesto de ayer, un perfil en escorzo, como en un
                                       boceto de pintor
las figuras del agua en los nublados cristales,
la lucha de dragones en el cielo borrascoso,
el espacio y el tiempo de un poema, el tono en que se dice,
el ritmo de lectura, las pausas, los silencios, lo que alude
                                        entre paréntesis,
(lo que un poema alude entre paréntesis)
la superposición de imágenes que aluden a la muerte, al amor,
                              al transcurso del tiempo
(la superposición de imágenes que aluden al poema)
cuando en la noche una voz se detiene, se hace una pausa
                         en la lectura, se alza la mirada
para contemplar el fuego reflejado en el espejo,
y todo queda entre paréntesis, como un lugar santo
en levitación o un lugar maligno tras la silenciosa explosión
                                  de humo de un fakir.

                        II
Las primeras tentativas daban sólo figuras inciertas,
velado el cliché, todo envuelto en la blancura diabólica
                               de una placa en negativo,
los ácidos, las sales, mostraban sólo sombras plateadas,
en la pantalla aparecían reflejos crepusculares,
el crepúsculo invadía la habitación con su llamear de vencejos,
y quizá era éste el sentido de la fotografía.
Una experiencia de la ambigüedad
o una experiencia del silencio:
el jardín puebla el triunfo de los pavos reales
en una silenciosa llamarada creciendo ante los ojos,
luz de colores cálidos, otoño.

                     III
Tambores, oh tambores oscuros del otoño, cobre, lentas cañadas,
estas calles donde a veces los vidrios de los balcones reverberan
-mucho más que mi imagen y sin embargo menos que una
                                         aparición-
creced en mi corazón y sus lúgubres jardines,
en la vegetación de verdes resplandores que oscurecen latiendo
(en este tiempo estamos obligados a escribir sólo esbozos
                                          de poemas)
cuando entre bastidores la oscuridad impide ver los rostros,
pero aún no es de noche: las palabras,
estos bultos de sombra que pronuncian el nombre
                                 de jardines secretos,
la ráfaga de un viento helado en primavera,
los bosques de la helada primavera que oprime los sentidos.