A la hora en que trata de acostarse, cansado de escribir poemas,
se le acercan unos pasos en línea recta, triturando hojas secas.
Vienen hacia la casa del hombre. Desde muy lejos.
Alguien mete la cabeza por la ventana del estudio para leer
los manuscritos, todavía no terminados, que están sobre
el escritorio. Con entusiasmo. Sólo para eso viene él desde
muy lejos. Noche tras noche. Y se va al terminar de leerlos.
Hacia el fondo del bosque.
Cada vez que escribe un poema, el hombre se siente
afl igido, pensando que nadie lo leerá por más que escriba.
Pero ahora, él recuerda con felicidad que sí tiene un lector:
el único lector, cabezón, del mundo.
Esta mañana, el hombre se quedó dormido encima de los
manuscritos de sus poemas. Por el cansancio del día. Él
aguardó con paciencia a que se despertara el hombre. Fuera
de la ventana. Pero se marchó sigilosamente antes de que
Venus desapareciera en el cielo oriental. Hacia el fondo del
bosque.
¿Quién es él? El hombre no tiene la menor idea. Nunca lo
ha visto. Sólo percibe su presencia con seguridad, debido a
la mancha en los manuscritos y el fuerte olor que su cuerpo
deja tras su paso.
El rencor – Yutaka Hosono
El soldado murió golpeado.
Murió golpeado por el cabo
que lo tiró a puñetazos,
lo forzó a levantarse
y lo siguió golpeando.
Finalmente, el soldado cayó de bruces
y murió.
Detrás de la cerca
brillaron los ojos de unos niños
entre los cuales siguen brillando
los míos.
El soldado murió callado,
reprimiendo su cólera, su terror y su reclamo.
¿Cuántos soldados murieron así?
Que no sea la muerte nada más que una pérdida;
que se llene el mundo con las almas
de los que mueren oprimidos.
El agua y Mongolia – Toriko Takarabe
No pienso en el mar cuando tomo agua.
De pie en la cocina,
sólo alzo la mirada hacia el sucio ventilador azul.
No siento ni en el corazón ni en la espalda
las oleadas lejanas de la boca del río o de la bahía.
Que en medio de la llanura de Mongolia, parecida al mar,
haya un paso
con televisor
no se me ocurre, tampoco que el cuerpo humano
sea casi por completo de agua
ni que el alma sea de agua.
Cuando tomo agua,
con cariño corre una oveja por la tráquea
como una pincelada pianísima.
En ese instante el cuerpo sosegado
tiembla con fuerza,
pero no pienso en los mongoles que persiguen las ovejas
cuando el agua atraviesa la garganta
Ni tú pensarás cuando tomas agua
en hombres mongoles.
Ante el eco del sonido gutural,
no se te ocurrirá pensar
que los mongoles caminan hacia la orilla
a grandes zancadas con botas largas de cuero de oveja
Caminen, hasta donde resplandece el agua.
Al soplar el viento sobre la llanura seca de la orilla,
los pastos bajitos ondulan, como si las ovejas
estuvieran dormitando.
Los pastos secos se erizan susurrantes contra el viento,
la agilidad de los susurros movedizos,
¡qué brincos tan suaves!: –nada de esto
lo pensarán cuando el agua atraviesa la garganta.
Sólo de un vaso transparente
tomamos agua a borbotones sin pensar en nada.
Es lo más lógico.
El cielo de la nevera – Ruriko Mizuno
Un bocadillo de invierno en un plato
en cuyo extremo
sin cesar
está nevando.
(El mundo es mítico.)
Una noche así,
en un rincón del cielo,
agoniza un gigante,
con su campo de cultivo manchado de sangre...
Una noche así,
en el revés de las estrellas
el sol del ocaso burbujea susurrante,
mientras la madre difunta da a luz un bebé
sobre la sábana ondulante color rosado.
(El mundo gira varias veces).
Cierro la puerta,
y en la cocina, lejos de la bóveda celeste
lavo las fresas del invierno pleno.
Bajo el encierro del cielo nocturno,
el plato helado
se atrasa
en el sueño.
Pájaro Carpintero – Kazuko Shiraishi
aparece un pájaro carpintero que industrioso
perfora un hueco en la cabaña
un hombre vuela y lo amenaza
durante 8 años el hombre
construyó la casa
para su esposa y dos hijos
entonces
antes de que el pájaro carpintero perforara el hueco
otro invisible pájaro carpintero llegó
y picoteó a la esposa
de ahí la mujer
voló hacia alguna parte
y no regresó más
aparece un pájaro carpintero que industrioso
picotea la cabaña de un hombre
Ruina – Leopoldo María Panero
Padezco de una extraña comunicación con el estiércol
Bautizado por el Papa Negro de la ruina
Un papa al que no dejan salir electo
Unos buitres asexuados sin religión
Y el buitre volando sobre la página
Sobre el ciervo de la ruina
Sobre el ciervo atroz del desastre
Y todos mis poemas son un himno al desastre
Y la única comunión debe ser comunión con la ruina
Y la única compasión, compasión con la ruina
Y con la perfecta belleza del desastre.
Todo – Cristina Camacho
Necesito tu voz planetaria
para acariciar mi sueño,
necesito tu mirada nórdica
que incendia mis noches
haciendo estremecer universos.
Necesito tu alma, necesito tu boca,
tu fuerza que es mi galaxia,
tus ojos que son mi sombra.
Te necesito todo tú todo,
desde principio hasta el final.
Lunas que caían a pedazos – Ana María Rodas
Lunas que caían a pedazos
descolgadas del cielo
lunas nuevas no vistas nunca
Lunas llenas a ratos
me inundaron la garganta de llanto
Lunas Siempre fueron lunas
A dónde ha ido todo?
Qué viento de cuarenta años borró tu
carne de mi carne?
Ariosto envió a Orlando
el Furioso
a buscar su sanidad mental
a ese lugar lechoso donde uno encuentra
todo
lo que se pierde en la tierra/
A dónde iré a buscar yo
el calor de las noches
la lluvia tibia
las cenas de sopa de fideos?
Nos comimos
la luna a pedazos Casi duró cuatro años
Creación – Margarita Carrera
Yo creo mi forma.
Soy mi propio Dios
y mi demonio.
Alejaos figuras ya hechas.
Quiero el barro
la carne no modelada
el alba de la palabra.
Yo modelare su nada
su naturaleza esquiva.
Dadme la lágrima
y el suspiro.
Les daré forma,
cuerpo, luz.
Ver el sol – Amalia Bautista
ERA todo mentira y me convenzo
en el momento más inoportuno.
El amor no era amor. Eran los besos
una manera de apagar la sed.
Las caricias, el modo de orientarnos
en medio de la noche. Oigo ahora
la voz de la tristeza: si pretendes
ver el sol, deberías al trasluz
mirar un huevo pasado por agua.
Estoy ausente (2004)