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Ante unos sarmientos – Jacobo Cortines

Oda a Carmen Laffón

Sobre un fondo de blancos y de grises,
esculpidos en bronce unos sarmientos
con sus hojas frondosas
de la pared frontal en alto cuelgan.
Son tus «Sarmientos», Carmen, los que hiciste
para el sitio elegido: el paramento
desnudo y estucado que recubre
el tiro del hogar, la chimenea
de planos lisos que en el techo mueren.
Viste ese espacio un día como un reto
y llenaste de vida su vacío
para dar cumplimiento a una promesa,
en prueba de amistad larga y fecunda.

Este lugar te sugirió la idea,
y te aplicaste presta a darle forma:
su textura, grosor, y colorido,
teniendo muy en cuenta
todo aquello que al sitio rodeaba:
la luz de las ventanas, las paredes,
la pálida techumbre, el pavimento
de rojizos ladrillos, las alfombras,
los muebles, los objetos
surgidos con el uso y la costumbre.
Y todo ahora, Carmen, se fusiona
con tus «Sarmientos», que serenos, firmes,
sus límites expanden,
inundando la sala de sosiego.

Desde sí mismos ellos sobrepasan
lo que fueran entonces:
vástagos de unas cepas que darían
pámpanos verdes y jugosas uvas.
Ahora son bronce y óleo no sujetos
al ciclo de estaciones,
sino esencias que al tiempo desafían.
Ahora sombras parecen que se esfuman
como unas manchas de carbón difuso.
Ahora relieves de perfiles claros,
según la luz y el ojo los observe.

¡Cuánto detrás de estos «Sarmientos», Carmen!
¡Cuántas historias como savias corren
por los tallos leñosos y los nervios
de las hojas en plenitud abiertas!
¡Cuánta vida interior fija en la plancha
que de soporte sirve,
donde además de grises y de blancos
asoman tonos ocres y celestes!

Al contemplar estos «Sarmientos», Carmen,
pienso en tu infancia junto al ancho río,
allá en la Jara de arenosas tierras,
con sus viñas de higueras salpicadas,
sus huertas y frutales
frente al inmenso y misterioso Coto,
tan cambiante en su luz a mar abierto.
¡Cuántos amaneceres, mediodías,
siestas, ocasos, noches. Bajamares
con algas entre brumas!

¡Cómo amaste ese río y sus orillas,
sus aguas fango rosa, o barro, o plata.
Cómo supiste ver ya cauce adentro
ese blancor de las salinas frías,
el silencio de la marisma oscura,
la paz de esos remansos
de sauces y de mimbres,
y llegar a Sevilla y descifrarla
con su torre dorada como eje
y el perfil de la esbelta en el celaje!

Sanlúcar y Sevilla, una morada,
un espacio interior para adentrarse
en el ser de las cosas y salvarlo
del olvido tenaz y su silencio.
Plantaste allí tu viña, que cultivas
año tras año con amor constante.
Vendimias ya su fruto y lo transformas
no en el dorado vino de la tierra,
sino en otro más dulce para el alma,
ansiosa de verdad y de belleza.

Gracias, querida Carmen, por tu ejemplo,
por tus lienzos, carbones y esculturas,
por tu amistad abierta de horizontes.
Y gracias por el don de estos «Sarmientos»,
en cuyo resplandor hallan mis horas
su necesaria paz y su sentido.

Ororó (fragmento) – Ana Strauss

Ahora bien

ahora, sin mis pies pisando el suelo

la mirada hastiada

encuentra belleza

ahora la mirada

mira las sillas y la mesa

el sol se posa con cierta alegría en el cuenco

la palabra sol

derrama su luz

el color en la vocal donde me ovillo

y buscando algo de sombra

allí cuando la mirada se vuelve

y la mirada descubre el rostro en la mano del que mira

la línea del rostro donde fuimos manos

el minuto donde las manos otean

el rostro, la línea de cada letra hecha

y la línea del rostro

dirá

velada

y qué se mira en el rostro

qué se mira en la cara querida

qué se mira en la línea que define el gesto

la cara hecha a media hora

y cuando en los ojos cerrados qué

memoria de dátil

de ovillo

donde la mirada se opaca

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar

entre pared

humo

la mirada ahumada

la mañana ahumada

el rostro

eso que dice rostro

la inminencia del rostro

y su perpleja perplejidad

trasiego

algo en la mirada se añica

hasta que la mirada vuelva a componer

atisbo

mil años en un parpadeo

entre salinas y huellas de sol

entre mi vestido y mi enagua

huella anterior

ahora en mi galope

mis leguas de galope

mil leguas en la salina

me leguo mil leguas más

entre hierro y herraje

un día

cerrar los ojos

respirar

los párpados cerrados

mil leguas al galope, mil lunas al galope

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

II

mira hacia la ventana

la ventana

la mesa

la vela

el plato

la copa

la casa la casa la casa

tres nombres la casa

llamo a esa rosa

la cito

dice la didascalia:

diez veces tirar los dados

cerrar la puerta

(lo haré)

en el lugar común de la belleza

la belleza de la rosa

la rosa, mira, la rosa

la rosa

es mirada

aunque la rosa completa sobre la mesa

llamo a esa rosa

la cito

rosa allí

inmóvil

sobre la tierra de toda tierra

a cada palabra en cada palabra a las palabras

adornarlas

ignorarlas

quemarlas hasta el tedio

hasta el cansancio

hasta el más acá de todos los sitios

amarlas hasta el cansancio

hasta el tedio y la distracción

habría que amarlas para hacerlas oro, rubí y coco, fruta y limón

habría que amarlas hasta el cansancio, hasta mañana, hoy, ayer y siempre

habría que amarlas como niñas

como ancianas

amarlas hasta el hastío, hasta la risa

hasta la rosa

III

debería yo

rascar mis manos hasta encontrar aceite

fuego, brasas

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

a veces soy mientras duermo

dedos de una mano

la tonalidad de una luz al atardecer

mi mareo se adelanta

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

en días

debería encontrar hojas, asir el cabello

pausar en cada paso

antes de enunciar

hablaré con cada letra

arrogancia

el baile de las letras, su danza y entre el sueño se me huyen

la mañana anterior moldeada

palpo esa idea anterior entre mis manos

mirar antes

mirar lo que viene andando

entre lo que es mi cuello y labios sellados

yo me estoy hablándome a mí y de hablar entre mi piel

me estoy hablando

cuando cierro las pupilas

desarraigo las pupilas

jazmín, amarro una rama

amarro un paso del día

de ese día sobre mi palabra

la boca

los pies

me retumbo en mí diciendo

debería hacer arena en mis manos

en la elocuencia de las manos porosas

detenerme paso a paso

haciendo mi jazmín de noche

a la mañana siguiente

haciéndome

paso a paso en el telón

allá hacia el jardín de mi cuello

al cabo de unas horas se abren los ojos

soy durmiéndome

mis ojos caen

interior

en mi lengua sujeto el agua

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

allí no reconozco las orillas

de mis palabras nada

se me vacían los ojos

llueve

de allí la imagen

primero la comisura

primero en la comisura

primero está la comisura

he perdido la mirada de mis pies

mi sombra más lejos

me desmembró de mis otras orillas

debería yo

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

se recobran los ojos

antes del deseo

aún antes del deseo

he olvidado qué decirme

las manos palpan algunas piedras o perlas

se hace una pedrería en la garganta

ahora, sin mis pies pisando el suelo

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar.

Ars Vitae – Diego Maquieira

Teníamos fuerte afición al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.

La mujer invisible – Osías Stutman

El buen hombre invisible, en sus vendajes,
es más real que esa Reina nerviosa. Todo
envuelto en las densas neblinas de Abril,
en el atardecer de Nueva York se recorta su figura.


Su mujer invisible se pasea desnuda,
camina a mi lado, su silueta en la niebla,
y siento su tibieza y los olores de sus pliegues.
Nunca la vi, no conozco su rostro, pero fuimos amantes


seis años. Cientos de veces vi mi simiente
en el aire, flotando, dentro de sus huecos.
Su sudor cayó sobre mi rostro, tisana tibia, única,
mientras me montaba invisible, como rocío de la mañana.


No sé si es negra, blanca, roja, color del marfil,
pálida o rosada como una rusa. ¿Rubia? Habla poco,
quiere ser escritora, ama a hombres y mujeres
al azar. Me dice que a veces "pone los ojos en blanco".


Evita la niebla y las sombras del crepúsculo.
Demasiada neblina blanca hoy y no la espero.
Se exalta oyendo "Nabucco", suspira y se sacude
con la música, tiembla sin frío, y recuerda la patria.


Habla con eco, su saliva es dulce como la miel,
es pegajosa, abundante, visible cuando sale de su boca.
Estas son algunas de sus frases y preguntas:
"La soledad destruye a la mujer y completa


al hombre" que es dudosa cita de Chanel. "Cada
salida es una entrada", dicha en invierno.
¿Ofelia es hombre o mujer? pregunta siempre.
Los nuestros son amores intrincados y difíciles.