Miel de vértigo – Jorge Riechmann

                                Amé todas las pérdidas
                                      Antonio Gamoneda


 

Tres días para lo alto, tres días para lo bajo, uno para la sabiduría. En sus manos pongo la llave —horizonte cárdeno y huesos— que abre la puerta de mi casa.

No un sistema mecánico de pesos y contrapesos, concebido para que a fin de cuentas jamás se modifique el circuito de la decisión; sino el equilibrio más delicado entre el pimentón y el invierno, entre la historia y la misericordia, entre la escarcha y la melancolía.

El que trajo las enredaderas de la hematopoiesis, el color amarillo y el color índigo, los granos de alimento amargo para el corazón. El que no quería dividirse entre la presión del glaciar y el escalonamiento de la libertad. El que caminaba sin navaja, soñaba sin licencia, custodiaba las metamorfosis.

De él diría: es un poeta, viene de lejos, si no pudiera afirmarse lo mismo de cualquier ser humano que haya vivido su tiempo con fidelidad al humo cálido del corazón.

Antonio Gamoneda escuchó, habló, calló, inequívoco en la cruz que forman la vertical del cosmos con la horizontal de la vida. Ahí donde cualquiera puede encontrarse, encontrarle. Él viene de muy lejos.

Tiempo de compartir el pan de escanda, la rueda de arenques y las grosellas negras. Antonio, bluesman a orillas del Bernesga, miel del vértigo, determinante acíbar de la poesía.

 

Si yo fuera Alejandra la fugaz… – Rosa Lentini

Si yo fuera Alejandra la fugaz,
de bellos ojos enquistados en la fiebre,
ojos que dibujan su forma,
cansados de leer palabras
que nombran y hacen
sombras sin carne,
sabiendo que se trata de eso,
de hacer la ausencia;
si yo fuera su fiebre,
su fruto mordido, su único
pájaro en el viento
o sus brazos, follaje mortecino,
transparencias a la luz del cielo,
amorosos restos de una biografía.
Al cruzar este mundo,
desde la otra orilla,
a través de su retina,
desde la barandilla de la barca
de la laguna Estigia,
toda la noche, diría:
escucho con mis ojos a los muertos.

Sirena – Louise Elisabeth Glück

Me convertí en una criminal al enamorarme.
Antes de eso era camarera.

No quería irme a Chicago contigo.
Quería casarme contigo, quería
que tu mujer sufriera.

Quería que su vida fuera como una obra de teatro
en la que todas las partes son partes tristes.

¿Piensa una buena persona
de esta manera? Me merezco

que se me reconozca la valentía.

Me senté a oscuras en tu porche delantero.
Lo tenía todo clarísimo:
si tu mujer no te dejaba libre
eso era prueba de que no te amaba.
Si te amaba
¿no querría que fueras feliz?

Ahora me parece
que si sintiera menos sería
una mejor persona. Era
una buena camarera
era capaz de cargar con ocho copas.

Solía contarte mis sueños.
Anoche vi a una mujer sentada en un oscuro autobús:
en el sueño ella llora, el autobús en el que va
se aleja. Con una mano
dice adiós; con la otra acaricia
un cartón de huevos llenos de bebés.

El sueño no supone la salvación de la doncella.

Vuelo del mirlo – Jesús Bernal

Rompió a volar el mirlo en la arboleda.
Su fuga desgarró
el cielo de la tarde.
Todo quedó abolido
con la detonación de su aleteo.
Batiendo la neblina
se perdió por un túnel de carrascas.
En la brasa del pico
hurtó la luz postrera de los bosques.
Tal vez todo esperaba
el gesto de esta ave,
su chasquido de pánico,
para entregarse inerme a la tiniebla.
Trajo ceniza el viento,
fueron plomo las frondas.
Avanzó incombatible la penumbra
por el valle asfixiado.
Se alimentó la noche vorazmente
con la negra resina de la tierra.

Medianoche – Louise Elisabeth Glück

Háblame, corazón dolorido: qué
ridícula misión te has inventado para estar
llorando en el oscuro garaje
con tu bolsa de basura: no es cosa tuya
sacar la basura, tu trabajo es
vaciar el lavavajillas. Otra vez alardeas,
exactamente igual que en tu niñez; ¿dónde
está tu lado complaciente, tu famoso
distanciamiento irónico? La luz de la luna alcanza
la ventana rota, una luna de verano, delicados
murmullos de la tierra con su pronta dulzura.
¿Es ésta la manera en que te comunicas
con tu marido, negándote a responder
cuando llama, o es esta la forma de comportarse
de un corazón apenado: queriendo estar
a solas con la basura? Si yo fueras tú,
miraría al futuro. Después de quince años,
su voz puede que empiece a cansarse; alguna noche
si no contestas, alguna otra sí lo hará.

Tender un puente firme – Dolores Catarineu

Tender un puente firme
en esta noche clara,
desde mi pensamiento
a tu dormido ensueño.

Tener la certidumbre
de que esperas, sin duda,
y sentir palpitar
como un pájaro herido,
tu corazón en lucha
que reclama el silencio.

Estar en el deseo
como bruma azulada
que acaricia tus párpados
con desvelo de nido.

Ordenar las estrellas
que velarán tu sueño;
y sentirte latir
en la onda sonora
que trae tu sentimiento.

Parábola del Rey – Louise Elisabeth Glück

El gran rey al mirar hacia delante
vio no el destino sino simplemente
el reluciente amanecer sobre
la isla desconocida: como rey
pensaba en imperativos; mejor
no reconsiderar el mundo, mejor
seguir yendo hacia adelante
sobre el resplandor del agua. De todos modos,
qué es el destino sino una estrategia para ignorar
la historia, con sus dilemas
mortales, una forma de entender
el presente, donde se toman
las decisiones, como el necesario
vínculo entre el pasado (imágenes del rey
como un joven príncipe) y el glorioso futuro (imágenes
de jóvenes esclavas). Fuese lo que fuese
lo que tenía en frente, ¿por qué tenía que ser
tan deslumbrante? ¿Quién iba a saber
que no se trataba del sol de siempre
sino de las llamas en ascenso sobre un mundo
a punto de extinguirse?

Respiro y descanso… – Carlota Caulfield

Encontrado entre los papeles inéditos de George Sand.
                                      Se cree que esta carta fue escrita en Mallorca
                                                          en medio de su pasión por Federico

Respiro y descanso
al mirarte desnudo.
Este acompañarnos y saber callar
por los caminos de nuestro dolor:
mi escritura se teje
sobre las paredes
del incomparable acorde de tus manos.

Tranquilo atardecer – Louise Elisabeth Glück

Me tomas de la mano, estamos solos
en el peligro mortal del bosque. Casi inmediatamente

estamos en una casa; Noah es
ya mayor y se ha marchado; las clematis tras diez años
dan flores blancas de repente.

Más que cualquier otra cosa en el mundo
amo estos atardeceres en que estamos juntos,
los tranquilos atardeceres de verano, el cielo iluminado
aún a estas horas.

Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,
no para retenerlo sino para grabarle
esta paz en la memoria:

a partir de este punto, el silencio que atravieses
será mi voz que te persigue.

El último Beethoven – Adam Zagajewski

No he encontrado a nadie que ame la virtud
con la misma intensidad que la belleza corporal.

Confucio

Nadie sabe quién era, la Amada
Inmortal. Aparte de eso, todo está
claro. Ligeras notas descansan
apaciblemente sobre los hilos del pentagrama
como golondrinas que acaban
de llegar del Atlántico. ¿Qué debería ser yo
para poder hablar de él, que todavía está
creciendo? Ahora caminamos solos
sin fantasmas ni banderas. Viva el
caos, dicen nuestras bocas solitarias.
Sabemos que vestía descuidadamente,
que era dado a los ataques de avaricia, que no era
siempre justo con sus amigos.
Los amigos llegan cien años
tarde con sus sonrisas impecables. ¿Quién
era la Amada Inmortal? Ciertamente,
amaba más la virtud que la belleza.
Pero un dios de la belleza habitaba
en él y obligaba su obediencia.
Improvisaba durante horas. Anotaba unos pocos
minutos de cada improvisación.
Estos minutos no pertenecen ni al siglo diecinueve
ni al veinte; como si ácido hidroclórico
quemara una ventana de terciopelo, abriendo
así un pasadizo hacia un terciopelo
aún más suave, delicado como
una telaraña. Ahora ponen su nombre
a barcos y perfumes. No saben quién
era la Amada Inmortal, de lo contrario
nuevas ciudades y bloques de viviendas llevarían su nombre.
Pero es inútil. Sólo el terciopelo
que crece bajo el terciopelo, como una hoja escondida
bajo otra sin peligro. Luz en la oscuridad.
Adagios interminables. Así de cansada respira
la libertad. Los biógrafos sólo argumentan
los detalles. Por qué atormentaba tanto
a su sobrino Karl. Por qué
caminaba tan rápido. Por qué no fue
a Londres. Aparte de eso, todo está claro.
No sabemos lo que es la música. Quién habla
en ella. A quién está dirigida. Por qué es
tan obstinadamente silenciosa. Por qué da vueltas y regresa
en vez de dar una respuesta clara
como exige el evangelio. Las profecías
no se cumplieron. Los chinos no llegaron
al Rin. Una vez más, resultó
que el mundo real no existe, para el inmenso
alivio de los anticuarios. El secreto estaba escondido
en otro lugar, no en las mochilas
de los soldados, sino en algunos cuadernos.
Grillparzer, él, Chopin. Los generales están
modelados en plomo y oropel para
dar a la llama del infierno un momento de respiro
después de kilovatios de paja. Adagios interminables.
Pero ante todo alegría, alegría
salvaje de forma, la hermana reidora de la muerte.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades