Habitarás mi silencio – Jorge Riechmann

A veces		
gritar es acariciarte los muslos, o torpemente		
girar con el escualo de tu sueño aterido		

Tropezar en la blancura,		
sumir la negra boca en tu pelo y sentir		
hambre en las raíces		

A veces aullar es amarte,		
jugar a los dados con un lobo, otear		
en el aire arrasado las naves		
de la sangre. Creí que te besaba		
cuando la hoz solar me cercenó los labios.

Con once heridas mortales – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".

El enemigo – Rafael Cadenas

De pronto aparece en la puerta, como tallado, el
acreedor. Viene en busca de su salario. Tiende su
mano izquierda desde la entrada, inmóvil. Los dos
nos miramos sin comprender.

Se insinúa con sigilo o irrumpe sin avisar.
Reconozco que estoy condenado a hacerle el juego.
Si ambos fuésemos reales no nos desgastaríamos en
esta persecución, pero nuestra servidumbre es la
misma: somos personajes. Nos acompaña el miedo.
 
Mi costumbre es tomar su bando. Le permito que
hable por mí.
Me convierte en plato de su odio.
Soy su aliado.
Sí, me usa, me usa para sus fines, que también se
vuelven contra él. La fuente que lo envenena rebosa
con jirones míos, suyos. Nos confundimos, nos 
entretejemos, nos intrincamos, sin querer. Hasta nos
perdemos de vista, y ya no sabemos quién es el que
persigue.

Tengo que contrarrestar, con otra voz, sus cargos,
pero casi siempre estoy de su parte.

¿Cuándo tuvo lugar este desplazamiento? Son pocos
los días en que el enemigo no ha contado con mi
apoyo. Nunca en realidad he sido contrapeso para sus
demandas. Me consta, me consta en mi carne. Siempre
firmé sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus
 listas de agravios. Siempre contó con el respaldo que
yo necesitaba para mi tarea. Sí, siempre a mi acusador lo encontré más eficaz, y a su casuística atroz
sólo podía oponerle unos ojos inmóviles.

Mutación – María Clara González

«…Cuándo así me acosan ansias andariegas
¡Qué pena tan honda me da ser mujer!»
Juana de Ibarbourou

No te apenes Juana
que ahora podemos
hartarnos de luna
caminar por sendas que locas invitan
abrir andariegas puertas misteriosas
y asomar la sed

Podemos ahora
como tu anhelabas
navegar por campos
caminar el mar
pero para hacerlo
sin saber el modo
¡como las serpientes cambiamos de piel!

Poesía de todas la épocas y nacionalidades