Hembra que entre mis muslos callabas
de todos los favores que pude prometerte
te debo la locura.
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Crepúsculo en el solar – Juan José Vélez Otero
Aquí cada tarde se llevan los bancos
y nunca encienden las farolas.
Los jaramagos mueren de lepra
entre las ortigas densas
y el paisaje agoniza en la luz
quemada de los cementerios dormidos.
Es muy posible, justamente lo es,
que después de esta hora
el sol se serene
y venga de nuevo una noche madura,
desnuda por el mar,
a traer la soledad
de las lápidas blancas
y el lamento lejano
de un fado en el crepúsculo.
La sal ha secado el terreno
adonde sólo llega el bronce
multiplicado y roto de las campanas,
el gesto de arena de la melancolía,
las alas crujientes de los pájaros muertos.
Aquí nunca encienden las farolas,
y el viento seco del desamparo
aúlla como un lobo solitario
y perdido
entre el salicor y las piedras.
Los dos sueños – Rosa Lentini
Un haz frente a la costa
y un fuego que arde en el espejo,
ambos guardan los recuerdos:
el primero enturbia el viento que encrespa
al mar contra las calles nocturnas,
región de plegarias susurradas
por nuestros ahogados,
sueño de vastedades y caídas
con anhelos de escapar o dolerse,
callado como un buril puliendo la arena.
El otro se nutre de un mar de cera, y arde.
Rápido en borrar huellas,
el mar hubiera envuelto el labio en su frío
si en otra noche, con otra sal en la piel
escociendo furiosa, hubiera suplantado los recuerdos
en una de sus mareas.
Para luego entregarse a ti sobre todos ellos,
al dormir las memorias
en la arena, o aún en la ceniza.
El mar antepasado,
moviéndose en su rutina,
sin gaviotas volviendo a casa,
sin misiones de encendidas preguntas,
la ola en su paso sobre la ola,
llevaría o traería un murmullo de gente,
rostros radiantes dejados atrás,
cuerpos en un mundo oscuro,
sin latidos de ausencia
en lo definitivo del adiós.
Con el tiempo, el suelo seca
voces vírgenes o recónditas
que nos contestan raspando las estrellas
con sus lenguas que la luna platea;
y bajo el palio de este cielo
pasa el viento la página
del centenario libro de registros,
al que acudimos una y otra vez
en busca de nuestros nombres.
La tolerancia de la guadaña – Raquel Lanseros
Los distintos caminos que construyas
antes de atravesar el umbral de su casa,
a la muerte le son indiferentes.
Número seis – Pablo García Casado
me besa me desnuda hace de mí lo que quiere
estoy borracha todo me da vueltas tengo que ir
al baño dos veces para no vomitarle encima
se marcha temprano a toda prisa no hay despedida
nota justificativa o teléfono de contacto sólo dudas
todos los hombres son príncipes a las cinco de la mañana
todas las putas son tú cuando despiertas y no hay nadie
La voz de los muertos – Luis Rosales
Calla. Tienes que oírla. Es la voz de los muertos
polvo en el aire, polvo donde se aventa España;
abre a la luz los ojos que nunca amanecieron,
y las islas recuerdan que las unió la espuma,
y los mortales oyen:
Ya la tierra no existe,
la tierra que reposa, como un niño, en las aguas,
la tierra expedientada que mantiene en el aire
la duración del ser frente a la muerte clara.
Todo está desolado como un lecho vacío.
No hay que llorar.
No llores.
Escucha solamente
el ciego resbalar de la arena en el viento
cuanto tuvo sonrisa pertenece a la muerte,
y nace el resplandor en brazos del olvido.
¿Dónde está, tierra firme, tu sencilla entereza,
si los ojos del hombre, los ojos que llevaron
en su mirada amante toda la luz del día,
para siempre han perdido la memoria del tránsito
y reciben la luz como un túnel oscuro,
como una tierra estéril donde la mies se agota?
Y tú, ¿qué harás ahora? Tú, la España de siempre,
la vencida del mar, la pobre y la infinita,
la que buscaba tierras donde dar sepultura,
la que vuelve los ojos polvorientos al valle,
la España de ceniza, de espacio y de misterio
que nos brinda la sed y nos muestra el camino.
¡El amor de la muerte te quitó la hermosura,
y el mandamiento alegre de la espiga de trigo,
y el canto verdeante del ruiseñor, el canto
que acrecienta la efímera duración de las cosas,
y el espejo, o el cuerpo, de la mujer que amamos
por su evaporación de carne sucesiva!
¡Y aún descansa en tu frente la esperanza del mundo,
la unidad de las flores en el Cuerpo de Cristo,
la vigilia del agua que besa donde llega,
y derrama en los aires claridades y aroma!
Y tú, ¿qué harás ahora?
Ya la tierra no existe,
y habrá que unir de nuevo la arena entre las manos
para soñar, de nuevo, con su contorno huidizo.
¡Tus muertos no descansan ni conocen su tumba!
Y tú, la España unida por el polvo, la España
que nació, alguna vez, del tiempo y la promesa,
Y tú, ¿qué harás ahora?
Murieron los varones
cuya sola presencia cantaba en el silencio
llena de luz entera como el cuerpo del día,
quieta está para siempre la juventud del mundo,
quieta, sin movimiento que muestre su esperanza,
quieta tempranamente mientras la luna deja
su doliente esplendor sobre la carne joven.
Y tú ¿qué harás ahora cuando los muertos vuelven?
Sobre la arena sola, desnuda y sin rumores,
que consagró a los cuerpos su fervor silencioso,
sobre las aguas tristes que enlutaron la espuma
de sus olas en flor por los muertos que tienen
toda la mar de España por sepultura y gloria,
y de pie, sobre el viento melodioso y antiguo,
de pie, como murieron, ya sin peso en el aire,
vendrán todos los muertos al corazón del hombre,
vendrán a recordarnos la vida que tenemos,
la muerte que ganaron en penitencia súbita,
cansados de su cuerpo vendrán, y con la sangre
quieta, amante y vacía ya para siempre sola.
Y así en la tierra dura que el trigo amarillece
vuestro silencio ha sido la primera verdad.
silencio y luz de luna que la muerte hermosea,
silencio que ha de ser tierra para el arado,
¡gloria espaciosa y triste donde descansa España
su viril hermosura tan antigua y tan nueva!
¡Tierra de luto y sangre que crece con los muertos
y nos da nacimiento, costumbre y agonía!
Tierra que sólo brinda paciencia y superficie,
tierra para morir,
deshabitada y loca.
¡Oh trágico destino de España, madre España!
Hoy andaba debajo de mí mismo… – José Ángel Valente
Hoy andaba debajo de mí mismo
sin saber lo que hacía.
Hoy andaba debajo de la pena
con risa inexplicable.
Hoy andaba debajo de la risa
con todo el llanto a cuestas.
Hoy andaba debajo de las aguas
sin que fuese milagro comparable.
Hoy andaba debajo de la muerte
y no reconocía sus cimientos.
Andaba a la deriva por debajo del cuerpo
confundiendo los dedos con los ojos.
Hoy andaba debajo de mí mismo
sin poder contenerme.
La monja gitana – Federico García Lorca
Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.
Dulce desdén, si el daño que me haces… – Lope de Vega
Dulce desdén, si el daño que me haces
de la suerte que sabes te agradezco,
qué haré si un bien de tu rigor merezco,
pues sólo con el mal me satisfaces.
No son mis esperanzas pertinaces
por quien los males de tu bien padezco
sino la gloria de saber que ofrezco
alma y amor de tu rigor capaces.
Dame algún bien, aunque con él me prives
de padecer por ti, pues por ti muero
si a cuenta dél mis lágrimas recibes.
Mas ¿cómo me darás el bien que espero?,
si en darme males tan escaso vives
que ¡apenas tengo cuantos males quiero!
Amaranta – Rafael Alberti
Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados
pórticos de limones desviados
por el canal que asciende a tu garganta.
Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.
La soledad, dormida en la espesura
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.
Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura
entre Amaranta y su amador se tiende.