Su boca blanca
llama a la nieve de la muerte;
su corazón encadenado
se entrega al ángel negro de su pecho
que lo devora.
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Mira mi pie que ondea acercándose a tus labios,… – Clara Janés
Mira mi pie que ondea acercándose a tus labios,
es un fruto que entre velos te ofrece la danza,
mientras todo mi cuerpo va dibujando dunas
y oleajes, los brazos en forma de palmera
se extienden, y el cabello simula la caricia
del aire. Y sinuoso, como un sol, sigue el vientre,
no cejando en su alarde de redondez mullida,
pues su acoso insistente predispone el momento
sagrado en que, alzada la piña, un dios hace fluir
el polen fecundante, como indican las puertas
del palacio real de Korsabad.
Columna del infinito – Clara Janés
Levanta el índice, Brancusi,
y delimita el vuelo de los pájaros
ahora que anochece.
Con tu ecuación perfecta
que proyectada en alto
dará siempre infinito
—la concretes en cien, cincuenta o
veintisiete eslabones
más eslabón truncado—
distribuye
los espacios furiosos
que acechan
el ocaso.
Amatista – Clara Janés
Hurta al rojo su ardiente y noble vena
y al azul la devota condición
y con ambos ornatos constituye
el destello violeta.
Opuesta a la ebriedad es su hermosura
que a los lirios efímeros ofende,
perfecto poliedro que al juicio
el equilibrio presta.
Idilio en el café – Jaime Gil de Biedma
Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con nosotros vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.
Insomnio – Aurora Luque
La noche desemboca su latido
en un río de noches caudalosas.
Turbio y efervescente,
un minuto es afluente de un minuto.
Aceptas el insomnio como un libro
de páginas sin fondo cuyas letras
resbalan hacia fosas submarinas.
Qué atrocidad vivir, qué enloquecido
temblar en los rincones de las horas.
Si la muerte tuviera guardarropa,
dejaría los guantes del lenguaje
para frotar la nada con los dedos.
Manuales heredados – Bibiana Collado Cabrera
MANUALES heredados de padres
y abuelos de otros.
Los míos estaban en el campo,
el esparto no llegó a absorber la tinta.
Hubiera querido que la inocencia
de nuestras cartulinas de colores
hubiera sido izada con las cañas
usadas para varear los almendros.
Pero el cerro es ya una piedra
donde sentarse a inventarnos los ayeres.
Las lindes no se aprecian desde el llano.
El sol de este domingo no refulge.
Sentados en el parque distinguimos
las urnas-dormitorio donde acecha
la verdad proclamada de la infancia.
Del carcaj – Gloria Gil
Sin que tiemblen más tus dedos,
la mano hacia la espalda
atrapa del carcaj
la penúltima flecha que resiste.
Silenciosa como sueles,
te agazapas en la jara.
Sabemos que lo sientes aun sin verlo.
Concentras tus pupilas
hacia el cuerpo que recorres,
nervios y sistemas en alto.
Vas a disparar un pacto:
que nadie se mueva.
Mi frailecico – Blas de Otero
Conmigo está mi dueño
leyendo su lectura silenciosa.
Mi dueño es muy pequeño,
mas tiene voz de rosa
cuando del alma el canto le rebosa.
Leyendo está mi amigo,
y yo con él, penando vivo y muero.
A solas, sin testigo,
así es como le quiero,
hablándome un sentido muy de vero.
Con este frailecico,
el alma se recoge y empavesa;
¡qué importa si es tan chico,
si el alma es la que besa
y amigos son sus labios de Teresa!
Con ella, y con su voce,
no quiero otro coloquio, por ventura.
En ella está mi goce;
con ella, la Hermosura
de amor que me da fiebre y calentura.
Que si ella es, castellana
de Dios, lo que del mundo yo más quiero,
él tiene una fontana
tan rica de venero,
que en ella me adolezco, peno y muero.
Por ella yo quisiera
dormirme entre los brazos del Esposo,
muriendo de manera
tan alta, y silencioso,
que abriérame este pecho que reboso.
Ruidos – Miguel Ángel Velasco
EL tic-tac del reloj como un insecto
que maquina la ruina de las vigas,
araña que edifica
su minuciosa red en mis oídos.
Los yambos y troqueos que fabrica
el oído acorralado.
El dáctilo metálico en el tímpano.
Los ruidos de las tripas
del gato que se extingue lentamente
en la silla de al lado.
Los ruidos de las mías
con su oscuro gruñido indiferente
de vieja cañería.
Maullidos de otros gatos enzarzados
en reyerta de espinas.
El maullido del viento;
su arañazo de esparto entre los pinos.
El mismo viento como un mar de lija.
Crepitar de rescoldos.
El crujido de un hueso en la mandíbula.
El motor de tu coche que se acerca.
El ruido de la verja. La puerta del garaje.
Tus pasos cuando subes la escalera.
La puerta de la casa, su chirrido.
Las pezuñas del perro en las baldosas.
El roce de tu cuerpo en la cortina.
La bulliciosa esquila cuando orinas
deshaciendo la trama de los ruidos.