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Blanco marfil, en ébano tallado… – Francisco de Figueroa

Blanco marfil, en ébano tallado;
suve voz indignamente oída;
dulce mirar -por quien tan larga herida
traigo en el corazón- mal ocupado.

Blanco pie por ajeno pie guiado,
oreja sorda a remediar mi vida,
y atenta al son de la razón perdida,
lado -no sé por qué- junto a tal lado;

raras, altas fortunas, ¿no me diera
la Fortuna cortés durar un hora
de alto bien desde vos reparte

o el sol, que cuanto mira, orna y colora
no me faltara aquí, porque no viera
un sol más claro en tan oscura parte?

 

Himno a Satán – Leopoldo María Panero

Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente
que induce suavemente 
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida:
yo que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus 
manos delicadas mis heces.
Tu símbolo era el ciervo
y el mío la luna
que caiga la lluvia sobre
nuestras faces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicidio, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y 
sangre las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.

Al fin y al cabo, Narciso – Josefa Parra

   Comprendo en ti la soledad sin tacha,
sin fisuras, del cuerpo que está amando a otro cuerpo
cuyas señas ignora, sin más conocimiento
que el de la carne abierta, su resplandor de venas
como pequeños ríos, su belleza impaciente,
su adelanto mortal de algún atlas secreto.
   Qué solitariamente te entregas. no te inquietan
preguntas, no te duele la memoria
del ser que frente a ti se desenreda
torpemente de otros pasados cuerpos.
Ni te hieren los nombres que no oíste,
sus sílabas de hielo rompiéndose en tus besos.
   Como una isla, tu contorno esquivo,
sin señas ni recuerdo, sin contactos, sin puentes,
se perfecciona a solas. Y contemplo tus playas
como un náufrago; toco la tierra de tu pecho
exiliada de ti antes de habitarte.

La pura soledad y el olvido que eliges te hacen cerco.

La meta – Susana March

He cambiado todas mis rosas
por un lugar cerca del fuego.

Por el sosiego de mi alma,
la negra seda de mi pelo.

He vendido mis esperanzas
por un puñado de recuerdos.

Mi corazón por un reloj
que sólo cuenta el tiempo muerto.

Mi última moneda de oro
se la di de limosna al viento.

Ahora ya no me queda nada.
Desnuda estoy como el desierto.

Un oasis de mansedumbre
está brotándome en el pecho.

Cosas que no tendremos – Josefa Parra

Cosas que no tendremos:

Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.

Cosas que me he perdido:

No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.

Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.

LA MANO FRÍA –  NICOMEDES-PASTOR DÍAZ

Breve fue y robado instante
a la amarga, inquieta vida,
en que el ánima rendida
rindió los miembros también.
Eran horas de alta noche,
y en mi solitario lecho
posaba tranquilo el pecho,
lenta pulsando la sien,

cuando súbito en el sueño
vibró el cuerpo estremecido,
y taladrando mi oído
grito de muerte sentí;
desperté, tendí con ansia
los yertos brazos al viento,
contuve tardo el aliento,
miré en torno… ¡y nada vi!

Todo era silencio y sombras,
todo oscuridad y calma;
solo el reposo del alma
despareciera fugaz;
que ella, que sin lumbre mira,
percibió negro y secreto,
más que la noche, el objeto
que a ahuyentar vino su paz.

Y en breve sentí arrastrarse,
como en la yerba un gusano,
áspera y fría una mano
que por mis miembros trepó:
una mano férrea, dura;
una mano sola, helada…,
cual de un muerto despegada…
¡que en mi frente se posó!

Posó; cual monte de hielo
su enorme peso oprimía,
sin dejarle a mi agonía
ni un ¡ay! de espanto lanzar;
porque en mis labios su dedo
sentí cual férrea mordaza,
que su sello de amenaza
imprimió muda al pasar.

¡Y pasó! Pasó la noche,
y el sueño, y la helada mano…
Y a la aurora esperé en vano
que disipara mi horror:
que horrible, más que las sombras,
su negra faz mostró el día…
¡Todo mudado se había
de mi vista en derredor!

Radiante no brilló el mundo,
ni iluminado el espacio,
ni su disco de topacio
trémulo ostentaba el sol;
ni del pabellón pendían
de un cielo desmantelado
nubes de gasa y brocado
recamadas de arrebol.

Trocara en árido polvo
su esmeralda la pradera;
en negros paños la esfera
su abrillantado turquí.
Y ante un sol descolorido,
sobre una tierra desierta…,
la naturaleza muerta…,
¡muerta la vida creí!

Tantas voces que armonía
daban, y concierto al mundo,
callaban en lo profundo
de medrosa soledad;
o sueltas a un tiempo, el caos
lanzaba al mundo aturdido,
en ráfagas, el rüido
de su eterna tempestad.

Y vía cruzar los hombres,
al azar, graves o inquietos,
ora errantes esqueletos
sin espíritu ni voz,
ora fantasmas siniestros,
derramando en su mirada
fuego el alma depravada,
sangre el corazón feroz.

Busqué entonces con recelo
en la universal negrura
una forma de hermosura,
un destello de beldad.
En vano, ¡ay Dios!…, que el conjuro
de aquella noche de espanto
de la belleza el encanto
robó también sin piedad.

Y vi inmóviles y mudos
los semblantes de las bellas,
apagadas sus centellas,
sus pupilas sin lucir.
Las vi, desecadas momias,
yertas pasando a mi lado,
su labio frío y cerrado,
y mi seno sin latir.

Sí, que como centro horrible
de aquel mundo en esqueleto,
sin calor quedara y quieto
cadáver mi corazón;
y la mano que en mi frente
sus dedos selló pasando,
se fijara en él, pesando
con perenne compresión.

¡Ay!… ¿Qué mano, santo cielo,
qué mano fue, vengadora,
la que con magia traidora
transformó el mundo o mi ser?
¿Era la mano del tiempo,
por dedos sus desengaños?
No…, no brillara veinte años
el sol desde mi nacer.

¿Era la mano de mármol
de emboscada muerte oscura,
abriendo la sepultura
de una existencia veloz;
asiéndome con la rabia
de implacable odio tirano,
que al fin fiaba a una mano
lo que no pudo una voz?…

No, que un día, en mis dolores,
vino la Parca a mi lecho,
y cruzadas en mi pecho
sus leves manos sentí;
y eran manos perfumadas,
suavísimas, deliciosas,
que festonaban de rosas
una tumba que perdí.

¿Fue acaso del infortunio
esa mano… o del destino?
¿Del cielo enojada vino
o de la infernal región?
No…, que al orgullo del hombre
sorprendí el horrible arcano…
de que era la helada mano…
¡la mano de la Razón!