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Finis Terrae – Bibiana Collado Cabrera

EMPEÑADOS con vehemencia en el olvido,
guardamos las fronteras con dragones.

Los mapas de nuestros pasados
rebosan de finis terrae,
cada amor agotado en su sierpe.

Vencido el breve espacio del ahora,
confusa en la conquista de los límites,
habrá que dejar de luchar
contra mí misma.

Abandono la ficción de las fronteras.
Cada uno de los confines
de esta tierra me señala.

El sol poniente – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

A los remotos mares de Occidente
llevas con majestad el paso lento,
¡oh sol resplandeciente!,
alma del orbe y de su vida aliento.

Otro hemisferio con tu luz el día
espera ansioso, y reverente adora
ya un rayo de alegría
con que te anuncia la risueña aurora.

Sobre ricas alfombras de oro y grana
que ante tus plantas el ocaso extiende,
tu mole soberana
lentamente agrandándose desciende.

La tierra que abandonas te saluda,
el mar tus rayos últimos refleja,
y la atmósfera muda
ve que contigo su esplendor se aleja.

Del lozano Posílipo la cumbre
ya oculta tu magnífica corona,
pero tu sacra lumbre
aún deja en pos una encendida zona;

y aún dora del Vesubio la agria frente,
y aún brilla en el espléndido plumaje
de humo y ceniza ardiente,
que sube hasta perderse en el celaje;

y aún esmalta con vivos resplandores,
y perfila con oro y con topacio,
los nítidos colores
de las nubes que cruzan el espacio.

Pero, a medida que de aquí te alejas,
tu regia pompa tras de ti camina,
y tan solo nos dejas
tibia luz pasajera y blanquecina.

Y queda sin color la tierra helada,
sin vislumbres la mar y sin reflejos,
y con niebla borrada
Capri se pierde entre confusos lejos;

mas también el crepúsculo volando
va en pos de ti, y al mar y tierra y cielo
la noche amortajando
con su impalpable y pavoroso velo.

¿Y no te siguen del mortal los ojos
anhelantes, confusos, arrasados;
y, al ver tus rayos rojos
desparecer, no quedan consternados?

¿No tiembla el hombre, y puede en su demencia
al sueño y al placer y a los amores
darse, sin que la ausencia
le aterre de tus puros resplandores?…

¿Quién la seguridad le da patente
(ni aun el orgullo de su ciencia vana)
de que al plácido Oriente
a darle vida y luz vendrás mañana?

¡Ay!… ¡Si el Criador del universo, airado
de ver tan solo en la rebelde tierra
el triunfo del malvado,
y la inicua ambición, y la impía guerra,

la inmensa hoguera en que ardes apagara
de un soplo, o de la ardiente
melena te llevara
a otro espacio su mano omnipotente!…

Mas no, fúlgido sol: vendrás mañana,
que no trastorna, no, su ley eterna
la mente soberana
que formó el universo y lo gobierna.

Mil veces y otras mil vendrás, en tanto
el plazo designado se consuma
que el Dios tres veces santo
dio a la creación en su sapiencia suma.

Sí; volverás y durarás, que tienes,
criatura predilecta, el don de vida,
y hermoso te mantienes,
burlando de los siglos la corrida.

No así nosotros, míseros humanos,
polvo que arrastra el hálito del viento,
efímeros gusanos
cuya vida es un rápido momento.

Nuestro afán debe ser solo, al mirarte
trasmontar y dejarnos noche umbría,
si aún vivos admirarte
no será concedido al otro día.

¡Ah!… ¿Quién sabe?… Tal vez, sol refulgente,
que has hoy mi pensamiento arrebatado,
mañana desde Oriente
darás tu luz a mi sepulcro helado.

Historia de amor – Antonio Colinas

Pesaba en nuestros cuerpos la hermosura
de un nuevo atardecer estremecido. 
Cruzábamos aquellos matorrales 
altos, desnudos, que en la primavera 
se aroman todos, se hacen más profundos 
con el trino y el juego de los pájaros. 
Brotaba una gran luna amoratada 
detrás de los zarzales y en el césped 
había escarcha, estrellas diminutas, 
hojas brillantes, mínimas de fuego 
que tanto nos gustaba contemplar. 
Volvíamos del río, de la orilla 
húmeda y vaporosa de los álamos. 
Luego, ya por las calles, todo el pueblo 
quedaba sorprendido, nos pedía 
razón de aquella luz que en nuestros ojos, 
apaciguada, estaba delatándonos. 
En nuestros rostros se alió el rubor 
con la alegría temerosa y clara 
del que le han sorprendido en buen secreto. 
Aquel tesoro acumulado lento, 
los callados instantes del abrazo, 
cada hora que el amado dio a la amada, 
quedaron descubiertos para siempre.
Alguien habló, dijeron que nosotros 
éramos de otro mundo, que en las frentes 
nos brillaba una luz desconocida. 
Hubo un júbilo extraño y cada casa 
abrió todas sus puertas a la historia 
fantástica y veraz de nuestro amor.



Balada – Francisco Villaespesa

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será algún sueño- le dije-
que viene a alegrar tu alma?

-¡Quizás! -contestó riendo...
Su risa y su voz soñaban.
Volvieron a llamar quedo
a las puertas de la casa...

-¿Será el amor?-grité, pálido,
llenos los ojos de lágrimas...
-Acaso- dijo mirándome...
Su voz de pasión temblaba...

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será la Muerte? -le dije...
Ella no me dijo nada...

Y se quedó inmóvil, rígida,
sobre la blanca almohada,
las manos como la cera
y las mejillas muy pálidas.

De poder elegir… – José María Parreño

De poder elegir
sería una brizna
una gota
una gata

belleza
o no belleza
sin esfuerzo
armonía inédita
de la casualidad

de poder elegir
habría sido un paul klee:
un universo de colores libres
roturado sin vergüenza ni pena
un espacio tensado con humor

de poder elegir:
una patria digna
un rictus jovial
un pecho bastante para el corazón

de poder elegir

Himno a la castidad – Juan Gil-Albert

La canción ignorada entre las valvas
del corazón sospecho floreciente
como un ímpetu ciego que me tienta.
Que sea no lo sé, pero me llama
esta fruición oculta que sorprendo
dentro de mí tendiéndome en sus brazos
como en lecho de sierpes entre cercos
de algún rosal. Tristeza o alegría,
no sabría decirlo cuando sopla
un viento rumoroso en que vacila
el torpe sueño y déjame sumido
en una despiadada trascendencia,
mientras yo estoy rendido y arrullado
por unas leves coplas que acompañan
al feliz corazón. ¿Qué inarmonía
junta la desazón y el entusiasmo
en estas largas noches en que gime
la castidad? Las voces interiores
dícenme un embeleso de palabras
que cual un vino sienten derramarse
por los lánguidos miembros. Vanas ansias
del pecador mordido por el fuego
de aquella fuerza ignota cuando sangran
sus ilusiones. Mas todo se nubla,
y suspenso en su flor se desvanece
si una voz misteriosa nos convida
a sonreír cubiertos de laureles
como un fiel desposado al que se rinde
la falaz apariencia.

LA ODALISCA – JUAN AROLAS

¿De qué sirve a mi belleza
        la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
        gimo y lloro
por la dulce libertad?

Luenga barba y torvo ceño
        tiene el dueño
que con oro me compró,
y al ver la fatal gumía
       que ceñía,
de sus besos temblé yo.

¡Oh, bien hayan los cristianos,
        más humanos,
que veneran una cruz,
y dan a sus nazarenas
        por cadenas
auras libres, clara luz!

Ellas al festín de amores
       llevan flores,
sin velo se dejan ver,
y en cálices cristalinos
        beben vinos
que aconsejan el placer.

Tienen zambras con orquestas,
         y a sus fiestas
ricas en adornos van,
con el seno delicado
        mal guardado
de los ojos del galán.

Más valiera ser cristiana
        que sultana
con pena en el corazón,
con un eunuco atezado
        siempre al lado,
como negra maldición.

Dime, mar, que me aseguras
        brisas puras,
perlas y coral también,
si hay linfa en tu extensión larga
        más amarga
que mi lloro en el harén.

Dime, selva, si una esposa
        cariñosa
tiene el dulce ruiseñor,
¿por qué para sus placeres
         cien mujeres
tiene y guarda mi señor?

Decid, libres mariposas,
        que entre rosas
vagáis al amanecer,
¿por qué bajo llave dura,
         sin ventura,
gime esclava la mujer?

Dime, flor, siempre besada
        y halagada
del céfiro encantador,
¿por qué he de pasar un día
        de agonía
sin un beso del amor?

Yo era niña, y a mis solas
       en las olas
mis delicias encontré;
de la espuma que avanzaba
         retiraba
con temor nevado pie.

Del mar el sordo murmullo
        fue mi arrullo,
y el aura me adormeció:
¡triste la que duerme y sueña
        sobre peña
que la espuma salpicó!

De la playa que cercaron
        me robaron
los piratas de la mar:
¡ay de la que en dura peña
        duerme y sueña,
si es cautiva al despertar!

Crudos son con las mujeres
        esos seres
que adoran el interés,
y, tendidos sobre un leño,
        toman sueño
con abismos a sus pies.

Conducida en su galera,
        prisionera,
fui cruzando el mar azul;
mucho lloré, sordos fueron;
        me vendieron
al sultán en Estambul.

Él me llamó hurí de aroma
        que Mahoma
destinaba a su vergel;
de Alá gloria y alegría,
        luz del día,
paloma constante y fiel.

Vi en un murallado suelo
       como un cielo
de hermosuras de jazmín
cubiertas de ricas sedas;
        auras ledas
disfrutaban del jardín.

Unas padecían celos
        y desvelos;
lograban otras favor.
Quién por un desdén gemía,
        quién vivía
sin un goce del amor.

Mil esclavas me sirvieron
        y pusieron
rico alfareme en mi sien;
pero yo siempre lloraba
        y exclamaba
con voz triste en el harén:

«¿De qué sirve a mi belleza
        la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
        gimo y lloro
mi perdida libertad?».

Tomando místicamente el amor – Concha García


Raro debut de mi calambre.
Me costó la dicha saberla.
Me dijo panorama muy sancionadora.
Arrastré letargos y huecos días
mirándome las venas entre periódicos
releídos. Bajando la escalera del bar,
siempre con una enfermedad terrible
en mi soslayo recto. Entonces
supe desamar con elegancia,
sin diatribas.
Competencia de rosada quietud.
Dedos onomatopéyicos, o esa sed
tan rara.

La desesperación – José de Espronceda


Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

Te ahogaré en mi cuerpo… – María Rosal

Te ahogaré en mi cuerpo
una tarde de agosto,
mecido entre mis pechos
como árboles nocturnos.
Requisaré tu lengua para el perfil más duro
de mi carne. Hombre tú,
hombre siempre soñado.
Mas no ignoras la trampa y sabes
que te espero, cepo para tus huesos,
húmeda dentellada.
Y aunque caminas lento, llegas inexorable.
Te acercas y te vistes
sólo para el banquete.
Alacrán confiado, caballo desmedido.
Te acercas y te arranco la vida a dentelladas.

Sumisa cae la tarde de agosto
sobre tu piel de pájaro:
ángel asaeteado entre sábanas tibias
y un corazón latiendo
con las fauces abiertas.