Archivo de la etiqueta: Poesia española

Himno de la espía – Leopoldo María Panero

No hay nadie en el mundo, se diría 
salvo la Espía.
¿Quién es la Espía?
                   Olana, se diría. 
Posada en el techo hay una mosca 
Olana allí me espía.
Miro al cielo, y él me mira:
¿no será Olana que me observa 
quizá, tal vez, desde una nube 
en forma de Espía?
Porque el cielo a nadie mira.
Recorro el mar con grandes piernas 
son dos las piernas, mas de pronto 
descubro al lado una tercera: mía no es, 
luego es de Olana, que me espía, 
ya no sé qué hacer sin esos ojos 
que allí en el frío me vigilan; 
mi figurón tiembla y vacila 
no sé quién soy ya sin la Espía.

Los esbeltos fantasmas de la lluvia… – Carlos Pujol

Los esbeltos fantasmas de la lluvia
van y vienen en gris, y se saludan
ceremoniosos por entre el hayedo.
Todos viven en casas con buhardillas
y jardines que alfombra la hojarasca,
son de frío y nostalgia de otros climas
donde la luz es esplendor del aire
y puede herir lo mismo que un cuchillo.
Pero Suabia es su reino,
su verde paraíso, sombras fieles
al parque, las callejas,
las vírgenes barrocas,
noviembre, el alto cielo
del color de sus almas,
y su ambiguo vagar entre nosotros.

Pequeña maraña – Bibiana Collado Cabrera

LA pequeña maraña nerviosa
de mi cuerpo colapsa.

Desde niña, el aire se me quiebra
en la boca y los ojos
rompen en mil pedacitos
las formas que me rodean.

Cuando deseo muy fuerte,
ese minuto, justo antes,
cuando retrasas el momento
de leer el mensaje, de apagar
la luz, de guardar por fin aquel
vestido en el armario.

Cuanto mayor es la certeza
de la futura herida,
más honda es la ceguera del sonido,
más oscura la cueva que lo alberga.

Y a veces, la imagen se ha enturbiado
de tal modo que, aunque no me espere
el filo hundido en la otra parte,
tardo más tiempo del que debo
en recomponer los prismas del mundo.

Por eso, retraso el momento de bajar
y espero a que el vagón se vacíe
mientras recompongo la forma
de mi abrigo, con la misma ansiedad
con la que recompondré el mundo
cuando baje y no te vea en la salida.

Luna de agosto – Carlos Barral

Insistió en no acercarse demasiado,
temerosa de la intimidad caliente del esfuerzo,
pero los que pasaban
cerca con los varales y las pértigas
nos sonreían,
y sentía con orgullo su presencia
y que fuese mi prima (aún recuerdo
sus ojos en la linde
del círculo de luz, brillando
como unos ojos de animal nocturno).
Yo quería que viese
aquel vivo episodio de argonautas
que era mi propiedad, de mi experiencia:

Primero las antorchas,
la llama desigual de gasolina,
luego, súbitamente,
la luz del petromax, violenta,
haciendo restallar los colores, el brillo
de la escama pegada a las amuras,
y los hombres,
veinte tal vez, que intentan,
azuzándose a gritos,
mover el casco hacia la mar
que latía detrás como un espejo.

-Mira, ya arranca-.
Una espina de palos
que caen en el momento
preciso, y gime la madera y cantan
los garfios en cubierta.
                                       Verde
esmeralda el agua
como menta al trasluz, y ellos
tensos como en un friso
segado por sus hojas, o trepando
desnudos mientras boga
suave olas adentro…

Luego, mientras la lancha se alejaba
se vieron cruzar cuerpos bajo el fanal,
músculos dilatados, armonía
física, y sentimos
que la brisa, como un objeto amable,
se apoderaba del lugar en que dejaron
una estela de huellas y carriles.
Miré a la altura de su voz. -¿Nos vamos?-
dijo, y la sombra azulada del cabello
la recortaba en una mueca triste.
Dulce.
               Me conmovió que fuera
cosa de la naturaleza, como parte
de su incierto castillo de hermosura.
Pero ahora que la hermosura me parece
cosa de la naturaleza sin misterio,
pienso si no sería por contraste,
si estaría pensando en las medidas
de su gloria cercana, en los silencios
de un atento aspirante al notariado
con zapatos lustrosos y un destino
decente…
                    Caminaba
despacio hacia la calle alborotada.
Las luces del festejo
brincaban en su blusa
como una gruesa sarta de abalorios.

Es un río interminable el silencio… – María Cinta Montagut

Es un río interminable el silencio		
en cuyas aguas sólo la vida,		
sólo los minutos cada día aprendidos		
traducen el destino y lo anuncian		
más allá de la muerte.		
También es río el camino del mar		
como la sangre o las palabras.		
Pero sólo el silencio es la suma		
de todo cuanto el tiempo ofreció		
y negó el tiempo.		

Los perros – Martha Asunción Alonso

ESTOY llena de perros.
Tienen grandes cabezas y cabezas oscuras, todas llenas
de dientes,
hambre todas. Estoy llena de perros,
preñada hasta las cejas de perros con cadenas,
pero no me dan miedo. Soy hectáreas y hectáreas de
docilidad para la espuma
contagiosa. Y me retumban.
Un océano de perros mariachis de perfil ladrándole
a la luna aquí en mi útero.
Yo les grito: SIT!
Y ellos ladran peor, porque tal vez les va la muerte
en ello. Le ladran a la luna, pero la luna sana está
escribiéndose
por el otro hemisferio del dolor. Luego les grito:
¡Lorca!
Pero no. Tampoco. Ladra que te ladra.
Y me miran
con los ojos tapiados por la rabia,
como diciéndome: es la sangre. Como diciéndome:
quiérenos, o te muerdo.

Amor y psique – Carmen Jodra Davó

Amor, hijo de Poros y Penía,
pobre como su madre la Pobreza,
cazador sin fortuna,
un solo pensamiento en la cabeza.
Lo que intenta alcanzar se desvanece
apenas alcanzado;
vuelve a buscar, y busca,
lanzando redes, flechas y añagazas,
infatigable, pobre desgraciado.

La diosa se está peinando
entre cortina y cortina;
los cabellos son de oro,
el peine de plata fina,
y entre pasada y pasada
toma néctar y ambrosía.
y la diosa está envidiando
a una pobre ninfa
que se debate perpleja, tan joven, tan joven,
tan joven y hermosa
como perdida.

¿Y bien?… Que se quemó el Amor los dedos
sobre su propia antorcha
por esa tan hermosa que ha irritado
a Afrodita la hermosa.
Porque tiene el encanto incomprensible
de lo indefenso y lo recién nacido,
porque mira con ojos muy abiertos,
porque no entiende a Dios ni entiende el mundo,
y porque se devana la cabeza
tratando de entenderlos, y no puede,
y porque su estupor le pide a gritos
el trozo que ella siente que le falta…
Y porque el joven dios ve de repente
que ella es el trozo que le falta a él,
y todo hace que Afrodita sea
-tan fuerte, tan segura-, casi fea…

Y así fue, y así ha sido.
El uno que sabiendo lo que quiere
no logra mantenerlo,
la otra ignorante tanto de qué busca
como del modo de llegar a ello,
al margen de Afrodita,
al margen de la incomprensible espita
por la que orina el mundo incomprensible,
al margen de la vida y de la muerte,
para siempre abrazados.
Ahora son ya dos pobres desgraciados.
Pero dos. Para siempre.

Será – Elvira Sastre

Será que por ir contracorriente 
hemos acabado mirando en la misma dirección,
que mientras la gente nos llenaba de excusas
tú y yo solo pensábamos en besarnos, 
que justo cuando el mundo se quedaba sin palabras 
nos llenamos la boca con acentos de otro mundo 
y en cierto modo lo salvamos 
-nos salvamos-, 
y nos dio a nosotras en compensación.

Será que me levantaste la mirada del suelo 
mientras tú mirabas al cielo 
y el choque fue algo así con implosionar 
pero de ti para mí, 
y viceversa.

Será que me acariciaste así, 
como si fuera de mi cuerpo 
terminarán los límites de esta ciudad, 
y quise quedarme a vivir en tus manos 
más de lo que dura un beso.

Será que no nos esperábamos 
y por eso ahora no nos vamos, 
porque lo bonito de esto 
es ver que la sorpresa sigue ahí 
cuando abres los ojos

Haces de luz – Esther Giménez

Recuerdo que una vez te di un poema
con los ojitos prietos y asordado,
que aún no llegaba a ser, que era un poema
en estado embrionario.

Se haría de mayor un buen soneto.
Qué habría sido de él si a cada paso
torpe y atropellado, si al boceto
de cada simple hallazgo

no lo esperara un molde de sorpresa,
de asombro rescatado, tu crisol
tallando calabazas en calesa
como quien ve algo nuevo bajo el Sol.

Y al fin creció y se alzó de entre el tumulto;
se irguió luciendo altivo el capirote
de las maneras propias del adulto:
a ser sin ser y a hacer sin que se note.

Pero cuando la luz de la mesilla
-tu lámpara genial, tu falsa luna-
se apaga a largo trecho de la orilla
y vuelve El Coco raudo hacia la cuna,

le apremian veinte toques en el hombro:
¿por qué no das la luz de un nuevo asombro?