Archivo de la etiqueta: Poesia española

Deriva – Antonio Martínez Sarrión

Paraísos que nunca se perdieron,		
se hallaban emboscados simplemente		
en las encrucijadas del futuro		
adoptando las formas más disímiles:		
azulados caballos que dibujan		
los escapes del gas, arborescencias		
en bucle del asfalto derretido, palomas		
que vuelven al sombrero del prestímano		
abatidas por la cohetería		
que clausura entre palmas un siglo tan feliz.		

Entre estos intervalos de esplendor		
se deslizaba el tiempo como un buque		
con las luces cegadas, el gobernalle roto		
y una leve modorra en el pasaje		
que en vano interrogaba a la marinería		
por el dudoso muelle del atraque final.

EL dibujo en el agua – Felipe Benítez Reyes

Bien sabes que estos años pasarán,
que todo acabará en literatura:
la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos.

                         Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos.

Un dibujo en el agua es la memoria
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.

Tú harás ese dibujo.

                       Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.

Blues del nacimiento – Antonio Gamoneda

Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
y no me la dejaron ver despacio.		
Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
pero me la quitaron de las manos.		

Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y habla conmigo y ella ve mi rostro.		
Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y canta y piensa pero ve mi rostro.		

Yo ahora ya no me pregunto		
por qué se ama a un rostro ensangrentado.

Poetas andaluces de ahora – Antonio Hernández

Salvo a Vicente y su callada riqueza
y salvo a Rafael y su escrutinio
de lo bello, nunca los vi. Porque la guerra
los puso lejos como un barco arrugado
en la memoria, no vi a Luis Cernuda,
ni a Federico, ni a Emilio Prados
o a Altolaguirre.
                  Ellos cantaban
la luz como los potros de mi pueblo
y extraían claveles de sus venas
astrales. Con mi edad, o mejor dicho
un poco más expertos en los astros
terrestres, se marcharon, con el ave
de la muerte o del exilio, a otros mundos
lejanos, perseguidos por la doble
sombra de la derrota para que,
de nuevo, se cumpliera el destino
de quien canta y quien ama.
                          (No los vi
y ahora serían amigos, a los cuales
cuesta trabajo visitar por miedo
a visitar la propia egolatría,
la de uno, la que al fin desaparece
con los versos de ellos.)

No los vi, y lo repito en un sollozo
con la herida cerrada, lo repito
con una salva póstuma de aplausos
y como un corazón para que todos
sepan que se recuerda con doliente
armonía a lo desconocido
que hace presencia en unos versos suyos
porque aparezca el Sur en la distancia,
habite el mundo entero, no disponga
la Tierra de lugar para otro sueño.

Para que, acaso, pueda contemplarlos
aún —no los vi— pues permanecen rotos.
Igual duran la gloria y la injusticia.

Ella y sus ojos – Pureza Canelo

Lo mejor de sus Ojos,		
mi constancia.		

Deprisa quieren madrugada,		
mi ofrecimiento.		

Si los miro		
prendiendo fuego al vértice		
crecen dentro, y hablan.		

Lo mejor de sus Ojos		
es un punto que comienza		
en el asombro.		

Y su hebra, a lo mejor		
es la mía, que busca		
la materia.		

Va y viene.		
Llamo al mundo. Se hace mundo.		
Golpea, pero no a esta boca hiere.		
Si lo hiciera, un brote de luz		
bajaría		
del paladar a los labios.		

Es mi espacio de emoción		
y la tela más pura		
a mi único brazo.		

Es la creación.		
En la creación.		
En sus Ojos.		

Donde da la luz – Antonio Hernández

Se hace la pequeñez como un relámpago
que ilumina un instante cuanto observa
callado —cuanto
es parte de ella misma, también poco—
y entonces se engrandece.
                          Acaso sea
vivir para los otros nuestra forma
de ser el mundo entero, lo que existe
y lo que revelamos en el trance
del amor que nos crea.
                       Acaso crear sea
encender nuestras breves miniaturas.

Nueva Oda Elemental – Antonio Hernández

Reina del universo
que en todas partes te hallas
y en todas partes eres
aceptada, aplaudida,
flor de la discreción, 
pulpa del sí que elogias
para se elogiada,
estrella de papel
de plata que perdonas
los pecados del mundo
con tu apariencia humilde,
cabeza de recato,
corazón de eutrapelia,
más feliz, orgullosa
de tu prebenda ignara,
iris de la modestia, sabes
que tan sólo arrastrándose
se llega al objetivo,
trepando al cielo,
al trono, de rodillas,
oh, tú, falsa, farsante, 
diosa de bestsellers,
apártate de mí,
recluta esclavos lejos
de donde yo me encuentre,
que el espolique disfrazado, 
el fámulo con máscara,
el siervo con librea
y el plagiario, el negrero,
el capataz, el cómitre
te amparen con su mierda
y con su látigo
y que te perpetúen
en tu reino, pues tú
misma eres su estampa
por mucho que te vistas
de sol, mediocridad,
mediocridad dorada,
luz de los académicos.

Abres los ojos y es una cosecha… – Antonio Hernández

Abres los ojos y es una cosecha
en la mañana nueva. En paz celeste
que quisiera bañar de alas el mundo
la pureza en tus ojos reaparece.
No cabe nada más en tu mirada,
que estrena y baña una luz inocente
con esa fe del río en los arroyos
y el lagar en las uvas de septiembre.
Acaso nada más, ni nada menos
porque no falta nada en lo que tiene
la plenitud del bosque al que la mano
del sol ha acariciado y ya se quiere
porque lo ha pretendido inexcusable
como explica el columpio a quien lo mece.
Si te dijera que te amo por mí,
que si te quiero es porque me quieres,
estoy seguro de que me oiría
sin escucharme, y sin querer creerme.
(Y sin que tú aceptaras pensar que esa
inocencia es tu embozo conveniente).
Porque el amor no admite que ha mentido
quien lo tejió, lo hizo de ignorar que
se quería a sí mismo. Y lo que es más
impúdico: tan sólo de quererse.

Dime oráculo – Pilar Adón

Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Es siempre la hoja marrón una hoja marchita,
o puede ocurrir también, oh Oráculo, Ser de las Adivinaciones,
que la hoja marrón crezca fuerte y fresca, carnosa y viva,
como cualquier otra hoja verde, con ramificaciones blancas?

Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Poseo una mano pálida y hábil para las enseñanzas de la tierra?
¿Poseo la capacidad de dar vida a lo inanimado?
¿O me veré relegada, como mis antepasadas, a engendrar,
a sentir en mi vientre los movimientos líquidos, lentos y densos,
de un ser creciente dentro de mí?
¿Podré tocar piedra y decir “Vive piedra”
y hacer que la piedra viva?
¿Podré poner la mano en río y decir “Avanza río”
y conseguir que las aguas fluyan sin sequía posible?
¿Podré traer al hombre de la camisa blanca de vuelta a este hogar
y decir “Hombre, vuelve y permanece”,
y lograr que me acune de nuevo
entre sus brazos de largo caminante,
sobre sus piernas de sagaz observador?

Estoy jugando a danzar entre las nubes y arañas de tierra seca.
Estoy jugando a buscar entre las rocas azules
tesoros de antiguas civilizaciones salvajes y crueles con los débiles.
Estoy jugando a hallar en las uñas negras de mis dedos
los restos de la tierra que penetro con las manos doloridas, sucias,
y cada vez más hábiles. Dime, Oráculo.
¿Dónde están mis manos, blancas,
capaces manos de acariciar los cabellos
de aquel que llegó por el sendero abandonado hasta la casa
que habitamos,
mientras me mecía
y me susurraba al oído canciones de un mar que no he visto?
¿Dónde están mis manos blancas mientras penetro la tierra
con estos sucios
y fríos dedos,
que no sienten ya el rastro de la arena entre ellos?