VERTE DESNUDA – Roque Dalton


                       a María del Carmen


Pececillos de la imaginación
desnudos caramelos que se perdieron
en la escalera al cielo
perlas hirsutas
entreabiertas abuelas
pepinos salados del alba
sabiduría metamorfoseada
¿por dónde os debo penetrar
oh colección de hierbas y cosas
organizada con el pretexto
de un nombre de mujer
de un modo de ilustrar
a la muchacha con que siempre soñé?

Balada del loco amor – José Ángel Buesa

                    I

No, nada llega tarde, porque todas las cosas
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.
No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío
saben secretamente que no hay amor tardío.
Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.


                   II

Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
viene con pasos lentos igual que viene a prisa;
pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.
Así ocurre que un niño travieso se divierte,
y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,
porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde
Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.


                  III

No, yo no diré nunca qué noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.
No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
la delicia culpable de contemplar tus senos.
Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.

Padre tiene la cabeza llena de estrellas – Mariana Bernárdez

Padre tiene la cabeza llena de estrellas
poco dice en enigmas de su visión oracular
pero mide el pálpito del día
al seguir los caprichos de la luz
trazando el contorno de la niebla
Despacio bebe a sorbos el elixir del olvido
como si en sus aguas bautismales encontrara al fin la clave para desvelar el misterio
como si importara certeza alguna
cuando sus labios faltan a la promesa de ser
Y ya siendo silencio
lejana debe parecerle
esta otra orilla
desde la cual
lo miro alejarse
en resplandor.

Coplas del vino – Nicanor Parra

Nervioso, pero sin duelo
a toda la concurrencia
por la mala voz suplico
perdón y condescendencia.

Con mi cara de ataúd
y mis mariposas viejas
yo también me hago presente
en esta solemne fiesta.

¿Hay algo, pregunto yo
más noble que una botella
de vino bien conversado
entre dos almas gemelas?

El vino tiene un poder
que admira y que desconcierta
transmuta la nieve en fuego
y al fuego lo vuelve piedra.

El vino es todo, es el mar
las botas de veinte leguas
la alfombra mágica, el sol
el loro de siete lenguas.

Algunos toman por sed
otros por olvidar deudas
y yo por ver lagartijas
y sapos en las estrellas.

El hombre que no se bebe
su copa sanguinolenta
no puede ser, creo yo
cristiano de buena cepa.

El vino puede tomarse
en lata, cristal o greda
pero es mejor en copihue
en fucsia o en azucena.

El pobre toma su trago
para compensar las deudas
que no se pueden pagar
con lágrimas ni con huelgas.

Si me dieran a elegir
entre diamantes y perlas
yo elegiría un racimo
de uvas blancas y negras.

El ciego con una copa
ve chispas y ve centellas
y el cojo de nacimiento
se pone a bailar la cueca.

El vino cuando se bebe
con inspiración sincera
sólo puede compararse
al beso de una doncella.

Por todo lo cual levanto
mi copa al sol de la noche
y bebo el vino sagrado
que hermana los corazones.

Profecía de tu piel maravillosa – Juan Antonio González Iglesias

Aunque nada sostiene la esperanza que canto
yo sumo aquí las sílabas del amor que te tengo
casi a tientas y pido que su fuego y su música
prendan el ruiseñor prisionero en tu torso.

Creo en un día soleado, mi esperanza lo siente
o lo quiere o lo teme o muere porque sea
cercano al fin sencillo como el puño de un niño.
Creo en el día luminoso en el que tú te rindas.

Podré atenerme entonces a tu piel verdadera.

Serás tú convertido en materia dulcísima.
Serás tú bajo forma de la forma preciosa
de tu cuerpo, en especie de sol y de hermosura.
Serás los treinta y siete grados maravillosos
que tu temperatura imprimirá en mis labios
y tu cuerpo será la mejor certidumbre.

Tú lo curarás todo, todo lo harás volverse
ceguera y luz de amor en la memoria nueva.
Las tardes solitarias, la verdad de las lágrimas
serán tan sólo suma de amor deslumbradora.

Fulgurará tu peso sobre mí repartido
miembro a miembro sellándome con tu forma adorada,
y el esplendor que irradian todas tus proporciones
traspasará los límites de mi piel hasta hacerme
hermano para siempre de la hermosura tuya.

En tu gemir rendido y en tu animal furioso
me será revelada la luz de tu persona.
Tu forma de abrazarme y el modo de tus besos
darán sentido al nombre que te dieron tus padres.
Y yo que no soy nada probaré la ternura
que tienes cuando entregas tu ejército vencido.

Pero antes, antes, antes, abriendo, inaugurando
más bello y silencioso que los amaneceres
de la historia del mundo, no sé de qué manera
tú me dirás que sí y me darán tus ojos
la entrada, y lo que era a fuerza de soñarte
pelo tuyo, ojos tuyos, ojalá que no haya
nada tras el instante en el que tú te entregues.
No prosiga la vida su tejido confuso.

Entonces será dulce temblar ante tu piel
y morir, y acercarme, y sentir solamente
esa extensión suave de Dios entre mis manos.

Huyendo del destino – José María Hinojosa

En medio de este hueco redondo y transparente
que me persigue siempre a través de la tierra
retumban los hachazos que separan las ramas
brotadas en el tronco de mármol patinado
por el humo de pólvora y la luz de la luna
filtrada entre los dedos de tus manos de nieve.
Tus brazos recogían en sus siete colores
la lluvia de mi frente y la espuma del agua
perdiéndose en las aguas tu cabellera rubia
mientras que tu cabeza flotaba entre las olas
verde entre verdes algas con los labios abiertos
por la caricia última de mis labios de fuego.

Oración – José María Pemán

Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.

Yo sé que estás conmigo, porque he visto
En las cosas tu sombra, que es la paz;
Y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.

No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar...
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan.

 

Mar de fondo – Julia Santibáñez

La tarde aún no se acuesta
y el mar bate en el acantilado
a coletazos de espuma.
Me acerco a la orilla del peñasco.
Flexiono las piernas,
alistándome a saltar
como un suicida
que codicia el mareo del viento,
los nudos de agua que retumban.
Pero conozco un espasmo más fino:
enderezo el cuerpo,
bajo los brazos,
aferro los dedos de los pies
al borde de piedra.
Y me quedo ahí,
hasta la noche.

Matar a un poeta cuando duerme – Efraín Huerta

                1

Le dispararon aquí mismo, mire.
Mire y escuche mi sangre en esta arteria,
de abajo arriba, para que la bala llegara al cerebro
y deshiciera bruscamente su genio y su infinito amor.

(Los chacales erpianos se habían dicho:
“Que sea cuando esté dormido.
Los pobres poetas son muy sensibles…”)

Lo drogaron para matarlo
–porque para las bestias el mejor poeta
es un poeta muerto

Mire cómo ese río se detuvo
Oiga con cuidado la condenatoria palabra
del ceibo joven y el murmullo dolorido
de las maduras palmeras.

Dios de los dioses, qué canallísimos fueron
y qué suciamente manejaron ese crimen.

                2

Tan dulce, tan poeta, tan Roque,
tan mi Roquito Dalton.
Mira que te he llorado, camarada, muchas noches.
Óyeme que te he visto aquí, en México, y recordado
aquella noche de nuestro abrazo en el Tropicana;
las charlas afuera del Habana Libre;
en el Hotel Nacional y las discusiones
con el hermano Óscar Collazos;
la noche de diciembre de 1969 en que subiste
a mi habitación (la 544 del Nacional) a despedirte
para no vernos nunca más.
En una bolsa de papel llevabas un tesorito:
un limón gigante, dos naranjas, un jitomate
y el libro de poemas que me debías.

Pero esta noche de marzo,
a casi un año de que te asesinaron,
ya no tengo más libros tuyos
(sólo la carta que te escribió Retamar
y el poema de Mario Benedetti);
no tengo ya sino unas cuantas lágrimas.

Esta noche nuestra, Roquito,
mi Roquito, siento que un poco
un poco de tu nobilísima sangre salvadora
me corre por alguna vena
en esta conspiración de la vida
por hacer más larga mí agonía.

Pienso ahora en Otto-Rene Castillo,
en Humberto Alvarado y en Javier Heraud,
poetas, combatientes, mutilados.

Hoy quiero vivir más,
no mucho, por tu sonrisa magnifica,
flaco queridísimo,
     totalmente vivo:
     Roque Dalton

Poesía de todas la épocas y nacionalidades