Los dos sueños – Rosa Lentini

Un haz frente a la costa
y un fuego que arde en el espejo,
ambos guardan los recuerdos:
el primero enturbia el viento que encrespa
al mar contra las calles nocturnas,
región de plegarias susurradas
por nuestros ahogados,
sueño de vastedades y caídas
con anhelos de escapar o dolerse,
callado como un buril puliendo la arena.
El otro se nutre de un mar de cera, y arde.

Rápido en borrar huellas,
el mar hubiera envuelto el labio en su frío
si en otra noche, con otra sal en la piel
escociendo furiosa, hubiera suplantado los recuerdos
en una de sus mareas.
Para luego entregarse a ti sobre todos ellos,
al dormir las memorias
en la arena, o aún en la ceniza.
El mar antepasado,
moviéndose en su rutina,
sin gaviotas volviendo a casa,
sin misiones de encendidas preguntas,
la ola en su paso sobre la ola,
llevaría o traería un murmullo de gente,
rostros radiantes dejados atrás,
cuerpos en un mundo oscuro,
sin latidos de ausencia
en lo definitivo del adiós.

Con el tiempo, el suelo seca
voces vírgenes o recónditas
que nos contestan raspando las estrellas
con sus lenguas que la luna platea;
y bajo el palio de este cielo
pasa el viento la página
del centenario libro de registros,
al que acudimos una y otra vez
en busca de nuestros nombres.

Una representación hermosa del amor… – Emilio Adolfo Westphalen

Una representación hermosa del amor
Debería volver siempre sobre sí misma
Una y otra vez y otra vez
Y así indefinidamente
Deberían repetirse exactamente
Los mismos gestos
Los mismos movimientos
El mismo ruido de besos
Las mismas ondulaciones
De modo que la reproducción cinematográfica
Sumamente acelerada
De todos estos coitos sucesivos
En pequeños rectángulos situados
Encima de las mesas y sobre las paredes
Pudiera servir de instrumento regulador
De la marcha del tiempo
Y ser denominado
Reloj de amor.

Carta a la madre – Salvatore Quasimodo

“Mater dolcissima, ahora desciende la niebla,
el Naviglio choca confusamente sobre los diques,
los árboles se hinchan de agua, arde la nieve;
no estoy triste en el norte, no estoy
en paz conmigo mismo, pero no espero
el perdón de ninguno, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives
como todas las madres de los poetas, pobre
y escasa en tu provisión de amor
por los hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe.” Finalmente, dirás, dos palabras
de aquel muchacho que se fugó de noche, con una capa corta
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impetuoso,
lo matarán cualquier día, en cualquier lugar.
“Claro, lo recuerdo, fue de aquella gris estación
de trenes que llevábamos almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Pero ahora te agradezco,
es mi deseo, la ironía que has puesto
en mis labios, suave como la tuya.
Aquella sonrisa me ha salvado de llanos y dolores.
y no importa si ahora derramo lágrimas por ti,
por todos aquellos que como tú esperan
quién sabe qué. Ah, gentil muerte
no se te ocurra tocar el reloj de la cocina que suena en el muro
toda mi infancia ha pasado sobre el esmalte
de su marco, sobre aquellos diseños floridos:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Pero acaso alguno responde? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor.
Adiós, querida. Adiós mi dolcissima mater.”

Número seis – Pablo García Casado

me besa me desnuda hace de mí lo que quiere
estoy borracha todo me da vueltas tengo que ir
al baño dos veces para no vomitarle encima

se marcha temprano a toda prisa no hay despedida
nota justificativa o teléfono de contacto sólo dudas
todos los hombres son príncipes a las cinco de la mañana

todas las putas son tú cuando despiertas y no hay nadie

Mi padre hizo más mi alma que mi cuerpo – Francisco de Asís Fernández

Me pintó los ojos entre el cielo y el infierno
con árboles llenos de ángeles irracionales
mirando el infinito
y mi boca musitando imaginaciones íngrimas.
Me pintó con trazos largos el alba y los sueños,
me hizo con dudas, con significados arcanos,
con las manos vacías, sin cayos, sin armas, sin hazañas,
sin los mapas del hambre
y deshabitado.
Me puso en el mundo sin puertas ni ventanas
para detener el frío, la soledad.
Pero con una guitarra, cerca del mar.
Y me dio la poesía.

La voz de los muertos – Luis Rosales

Calla. Tienes que oírla. Es la voz de los muertos
polvo en el aire, polvo donde se aventa España;
abre a la luz los ojos que nunca amanecieron,
y las islas recuerdan que las unió la espuma,
y los mortales oyen:

                                     Ya la tierra no existe,
la tierra que reposa, como un niño, en las aguas,
la tierra expedientada que mantiene en el aire
la duración del ser frente a la muerte clara.

Todo está desolado como un lecho vacío.

No hay que llorar.
                                 No llores.
                                                    Escucha solamente
el ciego resbalar de la arena en el viento
cuanto tuvo sonrisa pertenece a la muerte,
y nace el resplandor en brazos del olvido.
¿Dónde está, tierra firme, tu sencilla entereza,
si los ojos del hombre, los ojos que llevaron
en su mirada amante toda la luz del día,
para siempre han perdido la memoria del tránsito
y reciben la luz como un túnel oscuro,
como una tierra estéril donde la mies se agota?

Y tú, ¿qué harás ahora? Tú, la España de siempre,
la vencida del mar, la pobre y la infinita,
la que buscaba tierras donde dar sepultura,
la que vuelve los ojos polvorientos al valle,
la España de ceniza, de espacio y de misterio
que nos brinda la sed y nos muestra el camino.
¡El amor de la muerte te quitó la hermosura,
y el mandamiento alegre de la espiga de trigo,
y el canto verdeante del ruiseñor, el canto
que acrecienta la efímera duración de las cosas,
y el espejo, o el cuerpo, de la mujer que amamos
por su evaporación de carne sucesiva!
¡Y aún descansa en tu frente la esperanza del mundo,
la unidad de las flores en el Cuerpo de Cristo,
la vigilia del agua que besa donde llega,
y derrama en los aires claridades y aroma!

Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Ya la tierra no existe,
y habrá que unir de nuevo la arena entre las manos
para soñar, de nuevo, con su contorno huidizo.
¡Tus muertos no descansan ni conocen su tumba!
Y tú, la España unida por el polvo, la España
que nació, alguna vez, del tiempo y la promesa,
Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Murieron los varones
cuya sola presencia cantaba en el silencio
llena de luz entera como el cuerpo del día,
quieta está para siempre la juventud del mundo,
quieta, sin movimiento que muestre su esperanza,
quieta tempranamente mientras la luna deja
su doliente esplendor sobre la carne joven.

Y tú ¿qué harás ahora cuando los muertos vuelven?
Sobre la arena sola, desnuda y sin rumores,
que consagró a los cuerpos su fervor silencioso,
sobre las aguas tristes que enlutaron la espuma
de sus olas en flor por los muertos que tienen
toda la mar de España por sepultura y gloria,
y de pie, sobre el viento melodioso y antiguo,
de pie, como murieron, ya sin peso en el aire,
vendrán todos los muertos al corazón del hombre,
vendrán a recordarnos la vida que tenemos,
la muerte que ganaron en penitencia súbita,
cansados de su cuerpo vendrán, y con la sangre
quieta, amante y vacía ya para siempre sola.

Y así en la tierra dura que el trigo amarillece
vuestro silencio ha sido la primera verdad.
silencio y luz de luna que la muerte hermosea,
silencio que ha de ser tierra para el arado,
¡gloria espaciosa y triste donde descansa España
su viril hermosura tan antigua y tan nueva!
¡Tierra de luto y sangre que crece con los muertos
y nos da nacimiento, costumbre y agonía!
Tierra que sólo brinda paciencia y superficie,
tierra para morir,
                                 deshabitada y loca.
¡Oh trágico destino de España, madre España!

Hoy andaba debajo de mí mismo… – José Ángel Valente

Hoy andaba debajo de mí mismo
sin saber lo que hacía.

Hoy andaba debajo de la pena
con risa inexplicable.

Hoy andaba debajo de la risa
con todo el llanto a cuestas.

Hoy andaba debajo de las aguas
sin que fuese milagro comparable.

Hoy andaba debajo de la muerte
y no reconocía sus cimientos.

Andaba a la deriva por debajo del cuerpo
confundiendo los dedos con los ojos.

Hoy andaba debajo de mí mismo
sin poder contenerme.

Sextina de los desiguales – Carlos Germán Belli

Un asno soy ahora, y miro a yegua,
bocado del caballo y no del asno,
y después rozo un pétalo de rosa,
con estas ramas cuando mudo en olmo,
en tanto que mi lumbre de gran día,
el pubis ilumina de la noche.

Desde siempre amé a la secreta noche,
exactamente igual como a la yegua,
una esquiva por ser yo siempre día,
y la otra por mirarme no más asno,
que ni cuando me cambio en ufano olmo,
conquistar puedo a la exquisita rosa.

Cuánto he soñado por ceñir a rosa,
o adentrarme en el alma de la noche,
mas solitario como día u olmo
he quedado y aun ante rauda yegua,
inalcanzable en mis momentos de asno,
tan desvalido como el propio día.

Si noche huye mi ardiente luz de día,
y por pobre olmo olvídame la rosa,
¿Cómo me las veré luciendo en asno?
Que sea como fuere, ajena noche,
no huyáis del día; ni del asno, ¡oh yegua!;
ni vos, flor, del eterno inmóvil olmo.

Mas sé bien que la rosa nunca a olmo
pertenecerá ni la noche al día,
ni un híbrido de mí querrá la yegua;
y sólo alcanzo espinas de la rosa,
en tanto que la impenetrable noche,
me esquiva por ser día y olmo y asno.

Aunque mil atributos tengo de asno,
en mi destino pienso siendo olmo,
ante la orilla misma de la noche;
pues si fugaz mi paso cuando día,
o inmóvil punto al lado de la rosa,
que vivo y muero por la fina yegua.

¡Ay! ni olmo a la medida de la rosa,
y aun menos asno de la esquiva yegua,
mas yo día ando siempre tras la noche.