Dos patrias – José Martí

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
su majestad el sol, con largos velos
y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
que en la mano le tiembla! Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón. Ya es hora
de empezar a morir. La noche es buena
para decir adiós. La luz estorba
y la palabra humana. El universo
habla mejor que el hombre.
Cual bandera
que invita a batallar, la llama roja
de la vela flamea. Las ventanas
abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
las hojas del clavel, como una nube
que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…

La carga – Manuel del Cabral

Mi cuerpo estaba allí... nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir... le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa...
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo...
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable...
Yo quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.

Al fin y al cabo, Narciso – Josefa Parra

   Comprendo en ti la soledad sin tacha,
sin fisuras, del cuerpo que está amando a otro cuerpo
cuyas señas ignora, sin más conocimiento
que el de la carne abierta, su resplandor de venas
como pequeños ríos, su belleza impaciente,
su adelanto mortal de algún atlas secreto.
   Qué solitariamente te entregas. no te inquietan
preguntas, no te duele la memoria
del ser que frente a ti se desenreda
torpemente de otros pasados cuerpos.
Ni te hieren los nombres que no oíste,
sus sílabas de hielo rompiéndose en tus besos.
   Como una isla, tu contorno esquivo,
sin señas ni recuerdo, sin contactos, sin puentes,
se perfecciona a solas. Y contemplo tus playas
como un náufrago; toco la tierra de tu pecho
exiliada de ti antes de habitarte.

La pura soledad y el olvido que eliges te hacen cerco.

La meta – Susana March

He cambiado todas mis rosas
por un lugar cerca del fuego.

Por el sosiego de mi alma,
la negra seda de mi pelo.

He vendido mis esperanzas
por un puñado de recuerdos.

Mi corazón por un reloj
que sólo cuenta el tiempo muerto.

Mi última moneda de oro
se la di de limosna al viento.

Ahora ya no me queda nada.
Desnuda estoy como el desierto.

Un oasis de mansedumbre
está brotándome en el pecho.

Cosas que no tendremos – Josefa Parra

Cosas que no tendremos:

Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.

Cosas que me he perdido:

No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.

Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.

Pequeñas lecciones de erotismo – Gioconda Belli

                  I
 
Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
Es dar la vuelta al mundo
Atravesar sin brújula la rosa de los vientos
Islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
No es tarea fácil –sí placentera–
No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas
 
                  II
 
El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado
Encuentras un astro y quizá deberás empezar
Corregir el rumbo cuando nube huracán o aullido profundo
Te pongan estremecimientos
Cuenco de la mano que no sospechaste
 
                  III
 
Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos cúmulos nimbus de los pulmones
Niebla en el cerebro
Temblor de las piernas
Maremoto adormecido de los besos
 
                  IV
 
Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar la cima
Retrasa la puerta del paraíso
Acuna tu ángel caído revuélvele la espesa cabellera con la Espada de fuego usurpada
Muerde la manzana
 
                  V
 
Huele
Duele
Intercambia miradas saliva imprégnate
Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
Pie hallazgo al final de la pierna
Persíguelo busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías formando arqueado caminar
Gústalos
 
                 VI
 
Escucha caracola del oído
Como gime la humedad
Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
Poros que se alzan formando diminutas montañas
Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente nuca desciende al mar pecho
Marea del corazón susúrrale
Encuentra la gruta del agua
 
               VII
 
Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
navega loco en la juntura de los océanos
Cruza las algas ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama de olivo llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas de asombro
Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas abre ventanas de la nariz
 
              VIII
 
Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
—el mar como un vasto cristal azogado—
duérmete náufrago

LA MANO FRÍA –  NICOMEDES-PASTOR DÍAZ

Breve fue y robado instante
a la amarga, inquieta vida,
en que el ánima rendida
rindió los miembros también.
Eran horas de alta noche,
y en mi solitario lecho
posaba tranquilo el pecho,
lenta pulsando la sien,

cuando súbito en el sueño
vibró el cuerpo estremecido,
y taladrando mi oído
grito de muerte sentí;
desperté, tendí con ansia
los yertos brazos al viento,
contuve tardo el aliento,
miré en torno… ¡y nada vi!

Todo era silencio y sombras,
todo oscuridad y calma;
solo el reposo del alma
despareciera fugaz;
que ella, que sin lumbre mira,
percibió negro y secreto,
más que la noche, el objeto
que a ahuyentar vino su paz.

Y en breve sentí arrastrarse,
como en la yerba un gusano,
áspera y fría una mano
que por mis miembros trepó:
una mano férrea, dura;
una mano sola, helada…,
cual de un muerto despegada…
¡que en mi frente se posó!

Posó; cual monte de hielo
su enorme peso oprimía,
sin dejarle a mi agonía
ni un ¡ay! de espanto lanzar;
porque en mis labios su dedo
sentí cual férrea mordaza,
que su sello de amenaza
imprimió muda al pasar.

¡Y pasó! Pasó la noche,
y el sueño, y la helada mano…
Y a la aurora esperé en vano
que disipara mi horror:
que horrible, más que las sombras,
su negra faz mostró el día…
¡Todo mudado se había
de mi vista en derredor!

Radiante no brilló el mundo,
ni iluminado el espacio,
ni su disco de topacio
trémulo ostentaba el sol;
ni del pabellón pendían
de un cielo desmantelado
nubes de gasa y brocado
recamadas de arrebol.

Trocara en árido polvo
su esmeralda la pradera;
en negros paños la esfera
su abrillantado turquí.
Y ante un sol descolorido,
sobre una tierra desierta…,
la naturaleza muerta…,
¡muerta la vida creí!

Tantas voces que armonía
daban, y concierto al mundo,
callaban en lo profundo
de medrosa soledad;
o sueltas a un tiempo, el caos
lanzaba al mundo aturdido,
en ráfagas, el rüido
de su eterna tempestad.

Y vía cruzar los hombres,
al azar, graves o inquietos,
ora errantes esqueletos
sin espíritu ni voz,
ora fantasmas siniestros,
derramando en su mirada
fuego el alma depravada,
sangre el corazón feroz.

Busqué entonces con recelo
en la universal negrura
una forma de hermosura,
un destello de beldad.
En vano, ¡ay Dios!…, que el conjuro
de aquella noche de espanto
de la belleza el encanto
robó también sin piedad.

Y vi inmóviles y mudos
los semblantes de las bellas,
apagadas sus centellas,
sus pupilas sin lucir.
Las vi, desecadas momias,
yertas pasando a mi lado,
su labio frío y cerrado,
y mi seno sin latir.

Sí, que como centro horrible
de aquel mundo en esqueleto,
sin calor quedara y quieto
cadáver mi corazón;
y la mano que en mi frente
sus dedos selló pasando,
se fijara en él, pesando
con perenne compresión.

¡Ay!… ¿Qué mano, santo cielo,
qué mano fue, vengadora,
la que con magia traidora
transformó el mundo o mi ser?
¿Era la mano del tiempo,
por dedos sus desengaños?
No…, no brillara veinte años
el sol desde mi nacer.

¿Era la mano de mármol
de emboscada muerte oscura,
abriendo la sepultura
de una existencia veloz;
asiéndome con la rabia
de implacable odio tirano,
que al fin fiaba a una mano
lo que no pudo una voz?…

No, que un día, en mis dolores,
vino la Parca a mi lecho,
y cruzadas en mi pecho
sus leves manos sentí;
y eran manos perfumadas,
suavísimas, deliciosas,
que festonaban de rosas
una tumba que perdí.

¿Fue acaso del infortunio
esa mano… o del destino?
¿Del cielo enojada vino
o de la infernal región?
No…, que al orgullo del hombre
sorprendí el horrible arcano…
de que era la helada mano…
¡la mano de la Razón!